viernes, 8 de junio de 2012

2 El Templo y su Dedicación

SALOMÓN ejecutó sabiamente el plan de erigir un templo para el Señor, como David lo había deseado durante mucho tiempo. Durante siete años Jerusalén se vió llena de obreros activamente ocupados en nivelar el sitio escogido, construir grandes paredes de retención, echar amplios cimientos de "grandes piedras, piedras de precio, . . . y piedras labradas" (1 Rey. 5: 17), dar forma a las pesadas maderas traídas de los bosques del Líbano y erigir el magnífico santuario.
Simultáneamente con la preparación de la madera y de las piedras a la cual muchos millares dedicaban sus energías, progresaba constantemente la elaboración de los muebles para el templo, bajo la dirección de Hiram de Tiro, "un hombre hábil y entendido, . . . el cual" sabía "trabajar en oro, y plata, y metal, y hierro, en piedra y en madera, en púrpura y en cárdeno, en lino y en carmesí." (2 Crón. 2: 13, 14.)
Mientras el edificio se iba levantando silenciosamente en el monte Moria con "piedras que traían ya acabadas; de tal manera que cuando la edificaban, ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro" (1 Rey. 6: 7), los hermosos adornos se ejecutaban de acuerdo con los modelos confiados por David a su hijo, "todos los vasos para la casa de Dios." Estas cosas incluían el altar del incienso, la mesa para los panes de la proposición, el candelero y sus lámparas, así como los vasos e instrumentos relacionados con el ministerio de los sacerdotes en el lugar santo, todo "de oro, de oro perfecto." (2 Crón. 4: 19, 21.) Los enseres de bronce: el altar de los holocaustos, la gran cuba sostenida por doce bueyes, las fuentes de menor tamaño, los muchos otros vasos, "fundiólos el rey en los 26 llanos del Jordán, en tierra arcillosa, entre Suchot y Seredat." (2 Crón. 4: 17.) Esos enseres fueron provistos en abundancia, para que no se careciese de ellos.
De una belleza insuperable y esplendor sin rival era el palacio que Salomón y quienes le ayudaban erigieron para Dios y su culto. Adornado de piedras preciosas, rodeado por atrios espaciosos y recintos magníficos, forrado de cedro esculpido y de oro bruñido, el templo, con sus cortinas bordadas y muebles preciosos, era un emblema adecuado de la iglesia viva de Dios en la tierra, que a través de los siglos ha estado formándose de acuerdo con el modelo divino, con materiales comparados a "oro, plata, piedras preciosas," "labradas a manera de las de un palacio." (1 Cor. 3: 12; Sal. 144: 12.) De este templo espiritual es "la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo; en el cual, compaginado todo el edificio, va creciendo para ser un templo santo en el Señor." (Efe. 2: 20, 21.)
Por fin quedó terminado el templo proyectado por el rey David y construido por su hijo Salomón. "Y todo lo que Salomón tuvo en voluntad de hacer en la casa de Jehová y en su casa, fue prosperado." (2 Crón. 7: 11.) Entonces, a fin de que el palacio que coronaba las alturas del monte Moria fuese en verdad, como tanto lo había deseado David, una morada no destinada al "hombre, sino para Jehová Dios" (1 Crón. 29: 1), quedaba por realizarse la solemne ceremonia de dedicarlo formalmente a Jehová y su culto.
El sitio en que se construyó el templo se venía considerando desde largo tiempo atrás como lugar consagrado. Allí era donde Abrahán, padre de los fieles, se había demostrado dispuesto a sacrificar a su hijo en obediencia a la orden de Jehová. Allí Dios había renovado con Abrahán el pacto de la bendición, que incluía la gloriosa promesa mesiánica de que la familia humana sería liberada por el sacrificio del Hijo del Altísimo. Allí era donde, por medio del fuego celestial, Dios había contestado a David cuando éste ofreciera holocaustos y sacrificios pacíficos a fin de detener la espada vengadora del ángel 27 destructor. Y nuevamente los adoradores de Jehová volvían a presentarse allí delante de su Dios para repetir sus votos de fidelidad a él.
El momento escogido para la dedicación era muy favorable: el séptimo mes, cuando el pueblo de todas partes del reino solía reunirse en Jerusalén para celebrar la fiesta de las cabañas, que era preeminentemente una ocasión de regocijo. Las labores de la cosecha habían terminado, no habían empezado todavía los trabajos del nuevo año; la gente estaba libre de cuidados y podía entregarse a las influencias sagradas y placenteras del momento.
A la hora señalada, las huestes de Israel, con representantes ricamente ataviados de muchas naciones extranjeras, se congregaron en los atrios del templo. Era una escena de esplendor inusitado. Salomón, con los ancianos de Israel y los hombres de más influencia entre el pueblo, había regresado de otra parte de la ciudad, de donde habían traído el arca del testamento. De las alturas de Gabaón había sido transferido el antiguo " tabernáculo del testimonio, y todos los vasos del santuario que estaban en el tabernáculo" (2 Crón. 5: 5); y estos preciosos recuerdos de los tiempos en que los hijos de Israel habían peregrinado en el desierto y conquistado Canaán hallaron albergue permanente en el magnífico edificio erigido para reemplazar la estructura portátil.
Cuando llevó al templo el arca sagrada que contenía las dos tablas de piedra sobre las cuales el dedo de Dios había escrito los preceptos del Decálogo, Salomón siguió el ejemplo de su padre David. A cada intervalo de seis pasos ofreció un sacrificio. Con cantos, música y gran pompa, " los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el oratorio de la casa, en el lugar santísimo." (2 Crón 5: 7.) Al salir del santuario interior, se colocaron en los lugares que les habían sido asignados. Los cantores, que eran levitas ataviados de lino blanco y equipados con címbalos, salterios y arpas, se hallaban en el extremo situado al oriente del altar, y con ellos había 28 120 sacerdotes que tocaban las trompetas. (2 Crón. 5: 12.)
"Sonaban pues las trompetas, y cantaban con la voz todos a una, para alabar y confesar a Jehová: y cuando alzaban la voz con trompetas y címbalos e instrumentos de música, cuando alababan a Jehová, diciendo: Porque es bueno, porque su misericordia es para siempre: la casa se llenó entonces de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había henchido la casa de Dios." (2 Crón. 5: 13, 14.)
Comprendiendo el significado de esta nube, Salomón declaró: "Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad. Yo pues he edificado una casa de morada para ti, y una habitación en que mores para siempre." (2 Crón. 6: 1, 2.)
"Jehová reinó, temblarán los pueblos:
El está sentado sobre los querubines,
Conmoveráse la tierra.
Jehová en Sión es grande,
Y ensalzado sobre todos los pueblos.
Alaben tu nombre grande y tremendo:
El es santo . . . .
Ensalzad a Jehová nuestro Dios,
Y encorvaos al estrado de sus pies:
El es santo." (Salmo 99: 1-5.)
"En medio del atrio" del templo se había erigido "un púlpito de metal," o plataforma de "cinco codos de largo, y cinco codos de ancho, y de altura tres codos." Sobre esta plataforma se hallaba Salomón, quién, con las manos alzadas, bendecía a la vasta multitud delante de él. "Y toda la congregación de Israel estaba en pie." (2 Crón. 6: 13, 3.)
Exclamó Salomón: "Bendito sea Jehová Dios de Israel, el cual con su mano ha cumplido lo que habló por su boca a David mi padre, diciendo: . . . A Jerusalem he elegido para que en ella esté mi nombre." (2 Crón. 6: 4, 6.)
Luego Salomón se arrodilló sobre la plataforma, y a oídos de todo el pueblo, elevó la oración dedicatoria. Alzando las manos hacia el cielo, mientras la congregación se postraba a 29 tierra sobre sus rostros, el rey rogó: "Jehová Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti en el cielo ni en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos que caminan delante de ti de todo su corazón . . . . ¿Es verdad que Dios ha de habitar con el hombre en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte: ¿cuánto menos esta casa que he edificado? Mas tú mirarás a la oración de tu siervo, y a su ruego, oh Jehová Dios mío, para oír el clamor y la oración con que tu siervo ora delante de ti. Que tus ojos estén abiertos sobre esta casa de día y de noche, sobre el lugar del cual dijiste, Mi nombre estará allí; que oigas la oración con que tu siervo ora en este lugar. Asimismo que oigas el ruego de tu siervo, y de tu pueblo Israel, cuando en este lugar hicieren oración, que tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada: que oigas y perdones . . . .
"Si tu pueblo Israel cayere delante de los enemigos, por haber prevaricado contra ti, y se convirtieren, y confesaren tu nombre, y rogaren delante de ti en esta casa, tú oirás desde los cielos, y perdonarás el pecado de tu pueblo Israel, y los volverás a la tierra que diste a ellos y a sus padres. Si los cielos se cerraren, que no haya lluvias por haber pecado contra ti, si oraren a ti en este lugar, y confesaren tu nombre, y se convirtieren de sus pecados, cuando los afligieres, tú los oirás en los cielos, y perdonarás el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, y les enseñarás el buen camino para que anden en él, y darás lluvia sobre tu tierra, la cual diste por heredad a tu pueblo. Y si hubiere hambre en la tierra, o si hubiere pestilencia, si hubiere tizoncillo o añublo, langosta o pulgón; o si los cercaren sus enemigos en la tierra de su domicilio; cualquiera plaga o enfermedad que sea; toda oración y todo ruego que hiciere cualquier hombre, o todo tu pueblo Israel, cualquiera que conociere su llaga y su dolor en su corazón, si extendiere sus manos a esta casa, tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu habitación, y perdonarás, y darás a cada uno conforme a sus caminos, habiendo conocido su corazón; . . . para que te teman 30 y anden en tus caminos, todos los días que vivieren sobre la haz de la tierra que tú diste a nuestros padres.
"Y también al extranjero que no fuere de tu pueblo Israel, que hubiere venido de lejanas tierras a causa de tu grande nombre, y de tu mano fuerte, y de tu brazo extendido, si vinieren, y oraren en esta casa, tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, y harás conforme a todas las cosas por las cuales hubiere clamado a ti el extranjero; para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y te teman como tu pueblo Israel, y sepan que tu nombre es invocado sobre esta casa que he edificado yo. Si tu pueblo saliere a la guerra contra sus enemigos por el camino que tú los enviares, y oraren a ti hacia esta ciudad que tú elegiste, hacia la casa que he edificado a tu nombre, tú oirás desde los cielos su oración y su ruego, y ampararás su derecho. Si pecaren contra ti, (pues no hay hombre que no peque,) y te airares contra ellos, y los entregares delante de sus enemigos, para que los que los tomaren los lleven cautivos a tierra de enemigos, lejos o cerca, y ellos volvieren en sí en la tierra donde fueren llevados cautivos; si se convirtieren, y oraren a ti en la tierra de su cautividad, y dijeren: Pecamos, hemos hecho inicuamente, impíamente hemos obrado; si se convirtieren a ti de todo su corazón y de toda su alma en la tierra de su cautividad, donde los hubieren llevado cautivos, y oraren hacia su tierra que tú diste a sus padres, hacia la ciudad que tú elegiste, y hacia la casa que he edificado a tu nombre; tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, su oración y su ruego, y ampararás su causa, y perdonarás a tu pueblo que pecó contra ti.
"Ahora pues, oh Dios mío, ruégote estén abiertos tus ojos, y atentos tus oídos a la oración en este lugar. Oh Jehová Dios, levántate ahora para habitar en tu reposo, tú y el arca de tu fortaleza; sean, oh Jehová Dios, vestidos de salud tus sacerdotes, y gocen de bien tus santos. Jehová Dios, no hagas volver el rostro de tu ungido: acuérdate de las misericordias de David tu siervo." (2 Crón. 6: 14-42.) 31
Cuando Salomón terminó su oración, "el fuego descendió de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas." Los sacerdotes no podían entrar en el templo, porque "la gloria de Jehová hinchió la casa." "Y como vieron todos los hijos de Israel . . . la gloria de Jehová sobre la casa, cayeron en tierra sobre sus rostros en el pavimento, y adoraron, confesando a Jehová y diciendo: Que es bueno, que su misericordia es para siempre."
Entonces el rey y el pueblo ofrecieron sacrificios delante de Jehová. "Así dedicaron la casa de Dios el rey y todo el pueblo." (2 Crón. 7:15.) Durante siete días las multitudes de todas partes del reino, desde los confines "de Hamath hasta el arroyo de Egipto," "una grande congregación," celebraron un alegre festín. La semana siguiente fue dedicada por la muchedumbre feliz a observar la fiesta de las cabañas. Al fin del plazo de reconsagración y regocijo, todos regresaron a sus hogares, "alegres y gozosos de corazón por los beneficios que Jehová había hecho a David, y a Salomón, y a su pueblo Israel." (2 Crón. 7: 8, 10.)
El rey había hecho cuanto estaba en su poder por alentar al pueblo a entregarse por completo a Dios y a su servicio y a magnificar su santo nombre. Y nuevamente, como sucediera en Gabaón al principio de su reinado, recibió el gobernante de Israel una evidencia de la aceptación y la bendición divinas. En una visión nocturna, el Señor se le apareció y le dio este mensaje: "Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio. Si yo cerrare los cielos, que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre los cuales mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos, y atentos mis oídos, a la oración en este lugar: pues que ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; 32 y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre." (2 Crón. 7: 12-16.)
Si Israel hubiese permanecido fiel a Dios, aquel edificio glorioso habría perdurado para siempre, como señal perpetua del favor especial de Dios hacia su pueblo escogido. Dios declaró: "Y a los hijos de los extranjeros que se llegaren a Jehová para ministrarle, y que amaren el nombre de Jehová para ser tus siervos: a todos los que guardaren el sábado de profanarlo, y abrazaren mi pacto, yo los llevaré al monte de mi santidad, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa, casa de oración será llamada de todos los pueblos." (Isa. 56: 6, 7.)
En relación con esta promesa de aceptación, el Señor indicó claramente el deber que le incumbía al rey. "Y tú ­le dijo,­ si anduvieres delante de mí, como anduvo David tu padre, e hicieres todas las cosas que yo te he mandado, y guardares mis estatutos y mis derechos, yo confirmaré el trono de tu reino, como concerté con David tu padre, diciendo: No faltará varón de ti que domine en Israel." (2 Crón. 7: 17, 18.)
Si Salomón hubiese continuado sirviendo al Señor con humildad, todo su reinado habría ejercido una poderosa influencia para el bien sobre las naciones circundantes, que habían recibido una impresión tan favorable del reinado de David su padre y de las sabias palabras y obras magníficas realizadas durante los primeros años de su propio reinado. Previendo las terribles tentaciones que acompañarían la prosperidad y los honores mundanales, Dios dio a Salomón una advertencia contra el mal de la apostasía, y predijo los espantosos resultados del pecado. Aun el hermoso templo que acababa de dedicarse, declaró, llegaría a ser "proverbio y fábula en todos los pueblos," si los israelitas dejaban "a Jehová Dios de sus padres" (2 Crón. 7: 20, 22), y persistían en la idolatría.
Fortalecido en su corazón y muy alentado por el aviso celestial de que su oración en favor de Israel había sido oída, Salomón inició el período más glorioso de su reinado, durante 33 el cual "todos los reyes de la tierra" procuraban acercársele, para "oír su sabiduría, que Dios había puesto en su corazón." (2 Crón. 9: 23.) Muchos venían para ver cómo gobernaba y para recibir instrucciones acerca de cómo manejar asuntos difíciles.
Cuando esas personas visitaban a Salomón, les enseñaba lo referente al Dios Creador de todas las cosas, y regresaban a sus hogares con un concepto más claro del Dios de Israel, así como de su amor por la familia humana. En las obras de la naturaleza contemplaban entonces una expresión del amor de Dios una revelación de su carácter; y muchos eran inducidos a adorarle como Dios suyo.
La humildad manifestada por Salomón cuando comenzó a llevar las cargas del estado, al reconocer delante de Dios: "Yo soy un niño pequeño" (1 Rey. 3: 7, V.M.); su notable amor a Dios, su profunda reverencia por las cosas divinas, su desconfianza de sí mismo y su ensalzamiento del Creador infinito, todos estos rasgos de carácter, tan dignos de emulación, se revelaron durante los servicios relacionados con la terminación del templo, cuando al elevar su oración dedicatoria lo hizo de rodillas, en la humilde posición de quien ofrece una petición. Los discípulos de Cristo deben precaverse hoy contra la tendencia a perder el espíritu de reverencia y temor piadoso. Las Escrituras enseñan a los hombres cómo deben acercarse a su Hacedor, a saber con humildad y reverencia, por la fe en un Mediador divino. El salmista declaró:
"Porque Jehová es Dios grande;
Y Rey grande sobre todos los dioses. . . .
Venid, adoremos y postrémonos;
Arrodillémonos delante de Jehová nuestro hacedor."
(Sal. 95: 3, 6.)
Tanto en el culto público como en el privado, nos incumbe inclinarnos de rodillas delante de Dios cuando le dirigimos nuestras peticiones. Jesús, nuestro ejemplo, "puesto de rodillas, oró." (Luc. 22: 41.) Acerca de sus discípulos quedó 34 registrado que también "Pedro puesto de rodillas, oró." (Hech. 9: 40.) Pablo declaró: "Doblo mis rodillas al Padre de nuestro Señor Jesucristo." (Efe. 3: 14.) Cuando Esdras confesó delante de Dios los pecados de Israel, se arrodilló. (Esd. 9: 5.) Daniel "hincábase de rodillas tres veces al día, y oraba, y confesaba delante de su Dios." (Dan. 6: 10.)
La verdadera reverencia hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia. Este sentido del Invisible debe impresionar profundamente todo corazón. La presencia de Dios hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados. Y al manifestar reverencia por nuestra actitud y conducta, se profundiza en nosotros el sentimiento que la inspira. "Santo y temible es su nombre" (Sal. 111: 9, V.M.), declara el salmista. Los ángeles se velan el rostro cuando pronuncian ese nombre. ¡Con qué reverencia debieran pronunciarlo nuestros labios, puesto que somos seres caídos y pecaminosos!.
¡Cuán apropiado sería que jóvenes y ancianos ponderasen las palabras de la Escritura que demuestran cómo debe considerarse el lugar señalado por la presencia especial de Dios! El ordenó a Moisés, al lado de la zarza ardiente: "Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es." (Exo. 3: 5.)
Jacob, después de contemplar la visión del ángel, exclamó: "Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía . . . . No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo." (Gén. 28: 16, 17.)
En lo que dijo durante el servicio de dedicación, Salomón había procurado eliminar del ánimo de los presentes las supersticiones relativas al Creador que habían confundido a los paganos. El Dios del cielo no queda encerrado en templos hechos por manos humanas, como los dioses de los paganos; y sin embargo puede reunirse con sus hijos por su Espíritu cuando ellos se congregan en la casa dedicada a su culto.
Siglos más tarde, Pablo enseñó la misma verdad en estas 35 palabras: "El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, éste, como sea Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos, ni es honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues él da a todos vida, y respiración, y todas las cosas; . . . para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros: porque en él vivimos, y nos movemos, y somos." (Hech. 17: 24 - 28.)
"¡Dichosa la nación cuyo Dios es Jehová;
el pueblo que él escogió como herencia para sí!
Desde el cielo mira Jehová;
ve a todos los hijos de los hombres:
desde el lugar de su morada
observa a todos los moradores de la tierra."
"Jehová ha establecido su trono en los cielos,
y su reino domina sobre todos."
"¡Oh Dios, en santidad es tu camino!
¿qué dios es grande como Dios?
¡Tú eres el Dios que haces maravillas!
has dado a conocer entre las naciones tu poder."
(Salmos 33: 12-14; 103: 19; 77: 13, 14, V.M.)
Aunque Dios no mora en templos hechos por manos humanas, honra con su presencia las asambleas de sus hijos. Prometió que cuando se reuniesen para buscarle, para reconocer sus pecados, y orar unos por otros, él los acompañaría por su Espíritu. Pero los que se congregan para adorarle deben desechar todo lo malo. A menos que le adoren en espíritu y en verdad, así como en hermosura de santidad, de nada valdrá que se congreguen. Acerca de tales ocasiones el Señor declara: "Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí. Mas en vano me honran." (Mat. 15: 8, 9.) Los que adoran a Dios deben adorarle "en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren." (Juan 4: 23.)
"Mas Jehová está en su santo templo: calle delante de él toda la tierra." (Hab. 2: 20.) 36

12 La Tentación

Y JESÚS, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto." Las palabras de Marcos son aun más significativas. El dice: "Y luego el Espíritu le impele al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado de Satanás; y estaba con las fieras." "Y no comió cosa en aquellos días." Cuando Jesús fue llevado al desierto para ser tentado, fue llevado por el Espíritu de Dios. El no invitó a la tentación. Fue al desierto para estar solo, para contemplar su misión y su obra. Por el ayuno y la oración, debía fortalecerse para andar en la senda manchada de sangre que iba a recorrer. Pero Satanás sabía que el Salvador había ido al desierto, y pensó que ésa era la mejor ocasión para atacarle
Grandes eran para el mundo los resultados que estaban en juego en el conflicto entre el Príncipe de la Luz y el caudillo del reino de las tinieblas. Después de inducir al hombre a pecar, Satanás reclamó la tierra como suya, y se llamó príncipe de este mundo. Habiendo hecho conformar a su propia naturaleza al padre y a la madre de nuestra especie, pensó establecer aquí su imperio. Declaró que el hombre le había elegido como soberano suyo. Mediante su dominio de los hombres, dominaba el mundo. Cristo había venido para desmentir la pretensión de Satanás. Como Hijo del hombre, Cristo iba a permanecer leal a Dios. Así se demostraría que Satanás no había obtenido completo dominio de la especie humana, y que su pretensión al reino del mundo era falsa. Todos los que deseasen liberación de su poder, podrían ser librados. El dominio que Adán había perdido por causa del pecado, sería recuperado
Desde el anuncio hecho a la serpiente en el Edén: "Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya,'* Satanás sabía que no ejercía dominio absoluto sobre el mundo. Veía en los hombres la obra de un poder que resistía a su autoridad. Con intenso interés, consideró los sacrificios ofrecidos por Adán y sus hijos. En esta ceremonia discernía el símbolo de la comunión entre la tierra y el cielo. Se dedicó a interceptar esta comunión. Representó falsamente a Dios, así como los ritos que señalaban al Salvador. Los hombres fueron inducidos a temer a Dios como a un ser que se deleitaba en la destrucción. Los sacrificios que debían revelar su amor, eran ofrecidos únicamente para apaciguar su ira. Satanás excitaba las malas pasiones de los hombres a fin de asegurar su dominio sobre ellos. Cuando fue dada la palabra escrita de Dios, Satanás estudió las profecías del advenimiento del Salvador. De generación en generación, trabajó para cegar a la gente acerca de esas profecías, a fin de que rechazase a Cristo en ocasión de su venida
Al nacer Jesús, Satanás supo que había venido un Ser comisionado divinamente para disputarle su dominio. Tembló al oír el mensaje del ángel que atestiguaba la autoridad del Rey recién nacido. Satanás conocía muy bien la posición que Cristo había ocupado en el cielo como amado del Padre. El hecho de que el Hijo de Dios viniese a esta tierra como hombre le llenaba de asombro y aprensión. No podía sondear el misterio de este gran sacrificio. Su alma egoísta no podía comprender tal amor por la familia engañada. La gloria y la paz del cielo y el gozo de la comunión con Dios, eran débilmente comprendidos por los hombres; pero eran bien conocidos para Lucifer, el querubín cubridor. Puesto que había perdido el cielo, estaba resuelto a vengarse haciendo participar a otros de su caída. Esto lo lograría induciéndolos a menospreciar las cosas celestiales, y poner sus afectos en las terrenales
No sin obstáculos iba el Generalísimo del cielo a ganar las almas de los hombres para su reino. Desde su infancia en Belén, fue continuamente asaltado por el maligno. La imagen de Dios se manifestaba en Cristo, y en los concilios de Satanás se había resuelto vencerle. Ningún ser humano había venido al mundo y escapado al poder del engañador. Las fuerzas de la confederación del mal asediaban su senda para entablar guerra con él, y, si era posible, prevalecer contra él
En ocasión del bautismo del Salvador, Satanás se hallaba entre los testigos. Vio la gloria del Padre que descansaba sobre su Hijo. Oyó la voz de Jehová atestiguar la divinidad de Jesús. Desde el pecado de Adán, la especie humana había estado privada de la comunión directa con Dios; el trato entre el cielo y la tierra se había realizado por medio de Cristo; pero ahora que Jesús había venido "en semejanza de carne de pecado,"* el Padre mismo habló. Antes se había comunicado con la humanidad por medio de Cristo; ahora se comunicaba con la humanidad en Cristo. Satanás había esperado que el aborrecimiento que Dios siente hacia el mal produjera una eterna separación entre el cielo y la tierra
Pero ahora era evidente que la relación entre Dios y el hombre había sido restaurada
Satanás vio que debía vencer o ser vencido. Los resultados del conflicto significaban demasiado para ser confiados a sus ángeles confederados
Debía dirigir personalmente la guerra. Todas las energías de la apostasía se unieron contra el Hijo de Dios. Cristo fue hecho el blanco de toda arma del infierno
Muchos consideran este conflicto entre Cristo y Satanás como si no tuviese importancia para su propia vida; y para ellos tiene poco interés. Pero esta controversia se repite en el dominio de todo corazón humano. Nunca sale uno de las filas del mal para entrar en el servicio de Dios, sin arrostrar los asaltos de Satanás. Las seducciones que Cristo resistió son las mismas que nosotros encontramos tan difíciles de resistir. Le fueron infligidas en un grado tanto mayor cuanto más elevado es su carácter que el nuestro. Llevando sobre sí el terrible peso de los pecados del mundo, Cristo resistió la prueba del apetito, del amor al mundo, y del amor a la ostentación que conduce a la presunción. Estas fueron las tentaciones que vencieron a Adán y Eva, y que tan fácilmente nos vencen a nosotros
Satanás había señalado el pecado de Adán como prueba de que la ley de Dios era injusta, y que no podía ser acatada. En nuestra humanidad, Cristo había de resarcir el fracaso de Adán. Pero cuando Adán fue asaltado por el tentador, no pesaba sobre él ninguno de los efectos del pecado. Gozaba de una plenitud de fuerza y virilidad, así como del perfecto vigor de la mente y el cuerpo. Estaba rodeado por las glorias del Edén, y se hallaba en comunión diaria con los seres celestiales. No sucedía lo mismo con Jesús cuando entró en el desierto para luchar con Satanás. Durante cuatro mil años, la familia humana había estado perdiendo fuerza física y mental, así como valor moral; y Cristo tomó sobre sí las flaquezas de la humanidad degenerada. Únicamente así podía rescatar al hombre de las profundidades de su degradación
Muchos sostienen que era imposible para Cristo ser vencido por la tentación. En tal caso, no podría haberse hallado en la posición de Adán; no podría haber obtenido la victoria que Adán dejó de ganar. Si en algún sentido tuviésemos que soportar nosotros un conflicto más duro que el que Cristo tuvo que soportar, él no podría socorrernos. Pero nuestro Salvador tomó la humanidad con todo su pasivo. Se vistió de la naturaleza humana, con la posibilidad de ceder a la tentación. No tenemos que soportar nada que él no haya soportado
Para Cristo, como para la santa pareja del Edén, el apetito fue la base de la primera gran tentación. Precisamente donde empezó la ruina, debe empezar la obra de nuestra redención. Así como por haber complacido el apetito Adán cayó, por sobreponerse al apetito Cristo debía vencer. "Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y llegándose a él el tentador, dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan. Mas él respondiendo, dijo: Escrito está: No con sólo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios." Desde el tiempo de Adán hasta el de Cristo, la complacencia de los deseos propios había aumentado el poder de los apetitos y pasiones, hasta que tenían un dominio casi ilimitado. Así los hombres se habían degradado y degenerado, y por sí mismos no podían vencer. Cristo venció en favor del hombre, soportando la prueba más severa. Por nuestra causa, ejerció un dominio propio más fuerte que el hambre o la misma muerte. Y esta primera victoria entrañaba otros resultados, de los cuales participan todos nuestros conflictos con las potestades de las tinieblas
Cuando Jesús entró en el desierto, fue rodeado por la gloria del Padre
Absorto en la comunión con Dios, se sintió elevado por encima de las debilidades humanas. Pero la gloria se apartó de él, y quedó solo para luchar con la tentación. Esta le apremiaba en todo momento. Su naturaleza humana rehuía el 93 conflicto que le aguardaba. Durante cuarenta días ayunó y oró. Débil y demacrado por el hambre, macilento y agotado por la agonía mental, "desfigurado era su aspecto más que el de cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de Adán." * Entonces vio Satanás su oportunidad. Pensó que podía vencer a Cristo
Como en contestación a las oraciones del Salvador, se le presentó un ser que parecía un ángel del cielo. Aseveró haber sido comisionado por Dios para declarar que el ayuno de Cristo había terminado. Así como Dios había enviado un ángel para detener la mano de Abrahán a fin de que no sacrificase a Isaac, así también, satisfecho con la buena disposición de Cristo para entrar por la senda manchada de sangre, el Padre había enviado un ángel para librarlo. Tal era el mensaje traído a Jesús. El Salvador se hallaba debilitado por el hambre, y deseaba con vehemencia alimentos cuando Satanás se le apareció repentinamente. Señalando las piedras que estaban esparcidas por el desierto, y que tenían la apariencia de panes, el tentador dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan." Aunque se presentó como ángel de luz delataban su carácter estas primeras palabras: "Si eres Hijo de Dios." En ellas se insinuaba la desconfianza. Si Jesús hubiese hecho lo que Satanás sugería, habría aceptado la duda. El tentador se proponía derrotar a Cristo de la misma manera en que había tenido tanto éxito con la especie humana en el principio. ¡Cuán arteramente se había acercado Satanás a Eva en el Edén! "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?"* Hasta ahí las palabras del tentador eran verdad; pero en su manera de expresarlas, se disfrazaba el desprecio por las palabras de Dios. Había una negativa encubierta, una duda de la veracidad divina. Satanás trató de insinuar a Eva el pensamiento de que Dios no haría lo que había dicho, que el privarlos de una fruta tan hermosa contradecía su amor y compasión por el hombre. Así también el tentador trató de inspirar a Cristo sus propios sentimientos: "Si eres el Hijo de Dios." Las palabras repercuten con amargura en su mente. En el tono de su voz hay una expresión de completa incredulidad. ¿Habría de tratar Dios así a su propio Hijo? ¿Lo dejaría en el desierto con las fieras, sin alimento, sin compañía, sin consuelo? Le insinúa que Dios nunca quiso que su Hijo estuviese en tal estado. "Si eres el Hijo de Dios," muéstrame tu poder aliviándote a ti mismo de esta hambre apremiante. Ordena que estas piedras sean transformadas en pan
Las palabras del Cielo: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento," * resonaban todavía en los oídos de Satanás. Pero estaba resuelto a hacer dudar a Cristo de este testimonio. La palabra de Dios era para Cristo la garantía de su misión divina. El había venido para vivir como hombre entre los hombres, y esta palabra declaraba su relación con el cielo. Era el propósito de Satanás hacerle dudar de esa palabra. Si la confianza de Cristo en Dios podía ser quebrantada, Satanás sabía que obtendría la victoria en todo el conflicto. Vencería a Jesús. Esperaba que bajo el imperio de la desesperación y el hambre extrema, Cristo perdería la fe en su Padre, y obraría un milagro en su propio favor. Si lo hubiera hecho habría malogrado el plan de salvación
Cuando Satanás y el Hijo de Dios se encontraron por primera vez en conflicto, Cristo era el generalísimo de las huestes celestiales; y Satanás, el caudillo de la rebelión del cielo, fue echado fuera. Ahora su condición está aparentemente invertida, y Satanás se aprovecha de su supuesta ventaja. Uno de los ángeles más poderosos, dijo, ha sido desterrado del cielo. El aspecto de Jesús indica que él es aquel ángel caído, abandonado de Dios y de los hombres. Un ser divino podría sostener su pretensión realizando un milagro: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan." Un acto tal de poder creador, insistía el tentador, sería evidencia concluyente de su divinidad. Pondría término a la controversia
No sin lucha pudo Jesús escuchar en silencio al supremo engañador. Pero el Hijo de Dios no había de probar su divinidad a Satanás, ni explicar la razón de su humillación. Accediendo a las exigencias del rebelde, no podía ganar nada para beneficio del hombre ni la gloria de Dios. Si Cristo hubiese obrado de acuerdo con la sugestión del enemigo, Satanás habría dicho aún: "Muéstrame una señal para que crea que eres el Hijo de Dios." La evidencia habría sido inútil para quebrantar el poder de la rebelión en su corazón. Y Cristo no había de ejercer el poder divino para su propio beneficio. Había venido para soportar la prueba como debemos soportarla nosotros, dejándonos un ejemplo de fe y sumisión. Ni en esta ocasión, ni en ninguna otra ulterior en su vida terrenal, realizó él un milagro en favor suyo. Sus obras admirables fueron todas hechas para beneficio de otros. Aunque Jesús reconoció a Satanás desde el principio, no se sintió provocado a entrar en controversia con él
Fortalecido por el recuerdo de la voz del cielo, se apoyó en el amor de su Padre. No quiso parlamentar con la tentación
Jesús hizo frente a Satanás con las palabras de la Escritura. "Escrito está," dijo. En toda tentación, el arma de su lucha era la Palabra de Dios. Satanás exigía de Cristo un milagro como señal de su divinidad
Pero aquello que es mayor que todos los milagros, una firme confianza en un "así dice Jehová," era una señal que no podía ser controvertida
Mientras Cristo se mantuviese en esa posición, el tentador no podría obtener ventaja alguna
Fue en el tiempo de la mayor debilidad cuando Cristo fue asaltado por las tentaciones más fieras. Así Satanás pensaba prevalecer. Por este método había obtenido la victoria sobre los hombres. Cuando faltaba la fuerza y la voluntad se debilitaba, y la fe dejaba de reposar en Dios, entonces los que habían luchado valientemente por lo recto durante mucho tiempo, eran vencidos. Moisés se hallaba cansado por los cuarenta años de peregrinaciones de Israel cuando su fe dejó de asirse momentáneamente del poder infinito. Fracasó en los mismos límites de la tierra prometida. Así también sucedió con Elías, que había permanecido indómito delante del rey Acab y había hecho frente a toda la nación de Israel, encabezada por los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Después de aquel terrible día pasado sobre el Carmelo, cuando se había muerto a los falsos profetas y el pueblo había declarado su fidelidad a Dios, Elías huyó para salvar su vida, ante las amenazas de la idólatra Jezabel. Así se había aprovechado Satanás de la debilidad de la humanidad. Y aun hoy sigue obrando de la misma manera. Siempre que una persona esté rodeada de nubes, se halle perpleja por las circunstancias, o afligida por la pobreza y angustia, Satanás está listo para tentarla y molestarla. Ataca los puntos débiles de nuestro carácter. Trata de destruir nuestra confianza en Dios porque él permite que exista tal estado de cosas. Nos vemos tentados a desconfiar de Dios y a poner en duda su amor. Muchas veces el tentador viene a nosotros como se presentó a Cristo, desplegando delante de nosotros nuestras debilidades y flaquezas. Espera desalentar el alma y quebrantar nuestra confianza en Dios. Entonces está seguro de su presa. Si nosotros le hiciéramos frente como lo hizo Jesús, evitaríamos muchas derrotas. Parlamentando con el enemigo, le damos ventajas
Cuando Cristo dijo al tentador: "No con sólo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios," repitió las palabras que más de catorce siglos antes había dicho a Israel: "Acordarte has de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, . . . y te afligió, e hízote tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido; para hacerte saber que el hombre no vivirá de sólo pan, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre."* En el desierto, cuando todos los medios de sustento se habían agotado, Dios envió a su pueblo maná del cielo, y esto en una provisión suficiente y constante. Dicha provisión había de enseñarles que mientras confiasen en Dios y anduviesen en sus caminos, él no los abandonaría. El Salvador puso ahora en práctica la lección que había enseñado a Israel. La palabra de Dios había dado socorro a la hueste hebrea, y la misma palabra se lo daría también a Jesús. Esperó el tiempo en que Dios había de traerle alivio
Se hallaba en el desierto en obediencia a Dios, y no iba a obtener alimentos siguiendo las sugestiones de Satanás. En presencia del universo, atestiguó que es menor calamidad sufrir lo que venga, que apartarse en un ápice de la voluntad de Dios
"No con sólo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios." Muchas veces el que sigue a Cristo se ve colocado en donde no puede servir a Dios y llevar adelante sus empresas mundanales
Tal vez le parezca que la obediencia a algún claro requerimiento de Dios le privará de sus medios de sostén. Satanás quisiera hacerle creer que debe sacrificar las convicciones de su conciencia. Pero lo único en que podemos confiar en este mundo es la Palabra de Dios. "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas." * Aun en esta vida, no puede beneficiarnos el apartarnos de la voluntad de nuestro Padre celestial. Cuando aprendamos a conocer el poder de su palabra no seguiremos las sugestiones de Satanás para obtener alimento o salvarnos la vida. Lo único que preguntaremos será: ¿Cuál es la orden de Dios, y cuál es su promesa? Conociéndolas, obedeceremos la primera y confiaremos en la segunda
En el último gran conflicto de la controversia con Satanás, los que sean leales a Dios se verán privados de todo apoyo terrenal. Porque se niegan a violar su ley en obediencia a las potencias terrenales, se les prohibirá comprar o vender. Finalmente será decretado que se les dé muerte.* Pero al obediente se le hace la promesa: "Habitará en las alturas: fortalezas de rocas serán su lugar de acogimiento; se le dará su pan, y sus aguas serán ciertas."* Los hijos de Dios vivirán por esta promesa. Serán alimentados cuando la tierra esté asolada por el hambre
"No serán avergonzados en el mal tiempo; y en los días de hambre serán hartos.'* El profeta Habacuc previó este tiempo de angustia, y sus palabras expresan la fe de la iglesia: "Aunque la higuera no florecerá, ni en las vides habrá frutos; mentirá la obra de la oliva, y los labrados no darán mantenimiento, y las ovejas serán quitadas de la majada, y no habrá vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salud."* De todas las lecciones que se desprenden de la primera gran tentación de nuestro Señor, ninguna es más importante que la relacionada con el dominio de los apetitos y pasiones. En todas las edades, las tentaciones atrayentes para la naturaleza física han sido las más eficaces para corromper y degradar a la humanidad. Mediante la intemperancia, Satanás obra para destruir las facultades mentales y morales que Dios dio al hombre como un don inapreciable. Así viene a ser imposible para los hombres apreciar las cosas de valor eterno. Mediante la complacencia de los sentidos, Satanás trata de borrar del alma todo vestigio de la semejanza divina
La sensualidad irrefrenada y la enfermedad y degradación consiguientes, que existían en tiempos del primer advenimiento de Cristo, existirán, con intensidad agravada, antes de su segunda venida. Cristo declara que la condición del mundo será como en los días anteriores al diluvio, y como en tiempos de Sodoma y Gomorra. Todo intento de los pensamientos del corazón será de continuo el mal. Estamos viviendo en la víspera misma de ese tiempo pavoroso, y la lección del ayuno del Salvador debe grabarse en nuestro corazón. Únicamente por la indecible angustia que soportó Cristo podemos estimar el mal que representa el complacer sin freno los apetitos. Su ejemplo demuestra que nuestra única esperanza de vida eterna consiste en sujetar los apetitos y pasiones a la voluntad de Dios
En nuestra propia fortaleza, nos es imposible negarnos a los clamores de nuestra naturaleza caída. Por su medio, Satanás nos presentará tentaciones. Cristo sabía que el enemigo se acercaría a todo ser humano para aprovecharse de las debilidades hereditarias y entrampar, mediante sus falsas insinuaciones, a todos aquellos que no confían en Dios. Y recorriendo el terreno que el hombre debe recorrer, nuestro Señor ha preparado el camino para que venzamos. No es su voluntad que seamos puestos en desventaja en el conflicto con Satanás. No quiere que nos intimiden ni desalienten los asaltos de la serpiente. "Tened buen ánimo -dice; - yo he vencido al mundo."* Considere al Salvador en el desierto de la tentación todo aquel que lucha contra el poder del apetito. Véale en su agonía sobre la cruz cuando exclamó: "Sed tengo." El padeció todo lo que nos puede tocar sufrir. Su victoria es nuestra
Jesús confió en la sabiduría y fuerza de su Padre celestial. Declara: "Jehová el Señor me ayudará; por tanto no he sido abochornado; ... y sé que no seré avergonzado.... He aquí que Jehová me ayudará." Llamando la atención a su propio ejemplo, él nos dice: "¿Quién hay de entre vosotros que teme a Jehová, . . . que anda en tinieblas y no tiene luz? ¡Confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios!"* "Viene el príncipe de este mundo-dice Jesús;-mas no tiene nada en mí.'* No había en él nada que respondiera a los sofismas de Satanás. El no consintió en pecar. Ni siquiera por un pensamiento cedió a la tentación
Así también podemos hacer nosotros. La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad. Fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacernos participantes de la naturaleza divina. Mientras estemos unidos con él por la fe, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección
Y Cristo nos ha mostrado cómo puede lograrse esto. ¿Por medio de qué venció él en el conflicto con Satanás? -Por la Palabra de Dios. Sólo por medio de la Palabra pudo resistir la tentación. "Escrito está," dijo. Y a nosotros "nos son dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fueseis hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia."* Toda promesa de la Palabra de Dios nos pertenece. Hemos de vivir de "toda palabra que sale de la boca de Dios." Cuando nos veamos asaltados por las tentaciones, no miremos las circunstancias o nuestra debilidad, sino el poder de la Palabra. Toda su fuerza es nuestra. "En mi corazón he guardado tus dichos-dice el salmista,-para no pecar contra ti." "Por la palabra de tus labios yo me he guardado de las vías del destructor."*

3 El Orgullo de la Prosperidad

MIENTRAS Salomón exaltó la ley del cielo, Dios estuvo con él, y le dio sabiduría para gobernar a Israel con imparcialidad y misericordia. Al principio, aun cuando obtenía riquezas y honores mundanales, permaneció humilde, y grande fue el alcance de su influencia. "Y Salomón señoreaba sobre todos los reinos, desde el río [Eufrates] de la tierra de los Filisteos hasta el término de Egipto." "Tuvo paz por todos lados en derredor suyo. Y Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera, . . . todos los días de Salomón." (1 Rey. 4: 21, 24, 25.)
Pero después de un amanecer muy promisorio, su vida quedó obscurecida por la apostasía. La historia registra el triste hecho de que el que había sido llamado Jedidiah, "Amable a Jehová" (2 Sam. 12: 25), el que había sido honrado por Dios con manifestaciones de favor divino tan notables que su sabiduría e integridad le dieron fama mundial; el que había inducido a otros a loar al Dios de Israel, se desvió del culto de Jehová para postrarse ante los ídolos de los paganos.
Centenares de años antes que Salomón llegase al trono, el Señor, previendo los peligros que asediarían a los que fuesen escogidos príncipes de Israel, dio a Moisés instrucciones para guiarlos. El que hubiese de sentarse en el trono de Israel debía escribir "para sí en un libro un traslado de esta ley, del original de delante de los sacerdotes Levitas; y ­dijo el Señor­ lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de aquesta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra: para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se 37 aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra: a fin que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel."
En relación con estas instrucciones, el Señor previno en forma especial al que fuese ungido rey, y recomendó: "Ni tampoco ha de multiplicar para sí mujeres, porque no se aparte de mí su corazón; ni ha de aumentar para sí plata ni oro en sumo grado." (Deut. 17: 18-20; 17, V.M.)
Salomón conocía bien estas advertencias, y durante cierto tiempo les prestó atención. Su mayor deseo era vivir y gobernar de acuerdo con los estatutos dados en el Sinaí. Su manera de dirigir los asuntos del reino contrastaba en forma sorprendente con las costumbres de las naciones de su tiempo, que no temían a Dios, y cuyos gobernantes pisoteaban su santa ley.
Al procurar fortalecer sus relaciones con el poderoso reino situado al sur de Israel, Salomón penetró en terreno prohibido. Satanás conocía los resultados que acompañarían la obediencia; y durante los primeros años del reinado de Salomón, que fueron gloriosos por la sabiduría, la beneficencia y la integridad del rey, procuró introducir influencias que minasen insidiosamente la lealtad de Salomón a los buenos principios, y le indujesen a separarse de Dios. Por el relato bíblico sabemos que el enemigo tuvo éxito en ese esfuerzo: "Y Salomón hizo parentesco con Faraón rey de Egipto, porque tomó la hija de Faraón, y trájola a la ciudad de David." (1 Rey. 3: 1.)
Desde un punto de vista humano, este casamiento, aunque contrariaba las enseñanzas de la ley de Dios, pareció resultar en una bendición; porque la esposa pagana de Salomón se convirtió y participaba con él en el culto del verdadero Dios. Además, Faraón prestó un señalado servicio a Israel al tomar a Gezer, matar a "los Cananeos que habitaban la ciudad," y darla "en don a su hija, la mujer de Salomón." (1 Rey. 9: 16.) Salomón reedificó esa ciudad, y con ello fortaleció aparentemente su reino a lo largo de la costa del Mediterráneo. Pero al formar alianza con una nación pagana, y al sellar esa alianza por su casamiento con una princesa idólatra, Salomón despreció 38 temerariamente la sabia provisión hecha por Dios para conservar la pureza de su pueblo. La esperanza de que su esposa egipcia se convirtiese era una excusa muy débil para pecar.
Durante un tiempo, Dios, en su misericordia compasiva, pasó por alto esta terrible equivocación; y el rey, por una conducta prudente, podría haber mantenido en jaque, por lo menos en gran medida, las fuerzas malignas que su imprudencia había desatado. Pero Salomón había comenzado a perder de vista la Fuente de su poder y gloria. A medida que sus inclinaciones cobraban ascendiente sobre la razón, aumentaba su confianza propia, y procuraba cumplir a su manera el propósito del Señor. Razonaba que las alianzas políticas y comerciales con las naciones circundantes comunicarían a esas naciones un conocimiento del verdadero Dios; y contrajo alianzas profanas con una nación tras otra. Con frecuencia estas alianzas quedaban selladas por casamientos con princesas paganas. Los mandamientos de Jehová eran puestos a un lado en favor de las costumbres de aquellos otros pueblos.
Salomón se había congratulado de que su sabiduría y el poder de su ejemplo desviarían a sus esposas de la idolatría al culto del verdadero Dios, y que las alianzas así contraídas atraerían a las naciones de en derredor a la órbita de Israel. ¡Vana esperanza! El error cometido por Salomón al considerarse bastante fuerte para resistir la influencia de asociaciones paganas, fue fatal. Lo fue también el engaño que le indujo a esperar que no obstante haber despreciado él la ley de Dios, otros podrían ser inducidos a reverenciar y obedecer sus sagrados preceptos.
Las alianzas y relaciones comerciales del rey con las naciones paganas le reportaron fama, honores y riquezas de este mundo. Pudo traer oro de Ofir y plata de Tarsis en gran abundancia. "Y puso el rey plata y oro en Jerusalem como piedras, y cedro como cabrahigos que nacen en los campos en abundancia." (2 Crón. 1: 15.) En el tiempo de Salomón, era cada vez mayor el número de personas que obtenían riquezas, 39 con todas las tentaciones acompañantes; pero el oro fino del carácter quedaba empañado y contaminado.
Tan gradual fue la apostasía de Salomón que antes de que él se diera cuenta de ello, se había extraviado lejos de Dios. Casi imperceptiblemente comenzó a confiar cada vez menos en la dirección y bendición divinas, y cada vez más en su propia fuerza. Poco a poco fue rehusando a Dios la obediencia inquebrantable que debía hacer de Israel un pueblo peculiar, y conformándose cada vez más estrechamente a las costumbres de las naciones circundantes. Cediendo a las tentaciones que acompañaban sus éxitos y sus honores, se olvidó de la Fuente de su prosperidad. La ambición de superar a todas las demás naciones en poder y grandeza le indujo a pervertir con fines egoístas los dones celestiales que hasta entonces había empleado para glorificar a Dios. El dinero que debería haber considerado como un cometido sagrado para beneficio de los pobres dignos de ayuda y para difundir en todo el mundo los principios del santo vivir, se gastó egoístamente en proyectos ambiciosos.
Embargado por un deseo avasallador de superar en ostentación a las demás naciones, el rey pasó por alto la necesidad de adquirir belleza y perfección de carácter. Al procurar glorificarse delante del mundo, perdió su honor e integridad. Las enormes rentas adquiridas al comerciar con muchos países, fueron suplementadas por gravosas contribuciones. Así el orgullo, la ambición, la prodigalidad y la sensualidad dieron frutos de crueldad y exacciones. El espíritu concienzudo y considerado que había señalado su trato con el pueblo durante la primera parte de su reinado, había cambiado. Después de haber sido el gobernante más sabio y más misericordioso, degeneró en un tirano. Antes había sido para el pueblo un guardián compasivo y temeroso de Dios; pero llegó a ser opresor y déspota. Cobraba al pueblo un impuesto tras otro, a fin de que hubiese recursos con que sostener una corte lujosa. El pueblo empezó a quejarse. El respeto y la admiración que antes tributara 40 a su rey se trocaron en desafecto y aborrecimiento.
A fin de crear una salvaguardia contra la tendencia a confiar en el brazo de la carne, el Señor había advertido a los que hubieran de gobernar a Israel que no debían multiplicar el número de los caballos que poseyeran. Sin embargo, en completo desprecio de esta orden, "sacaban caballos . . . de Egipto." "Sacaban también caballos para Salomón, de Egipto y de todas las provincias." "Y juntó Salomón carros y gente de a caballo; y tenía mil cuatrocientos carros, y doce mil jinetes, los cuales puso en las ciudades de los carros, y con el rey en Jerusalem." (2 Crón. 1: 16; 9: 28; 1 Rey. 10: 26.)
Cada vez más el rey llegó a considerar los lujos, la sensualidad y el favor del mundo como indicios de grandeza. Hizo traer mujeres hermosas y atractivas de Egipto, Fenicia, Edom, Moab, y muchos otros lugares. Esas mujeres se contaban por centenares. Su religión se basaba en el culto de los ídolos, y se les había enseñado a practicar ritos crueles y degradantes. Hechizado por su belleza, el rey descuidaba sus deberes hacia Dios y su reino.
Sus mujeres ejercieron una influencia poderosa sobre él, y gradualmente le indujeron a participar de su culto. Salomón había despreciado las instrucciones que Dios había dado para que sirviesen como barrera contra la apostasía, y llegó a entregarse al culto de los dioses falsos. "Y ya que Salomón era viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos; y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David. Porque Salomón siguió a Astaroth, diosa de los Sidonios, y a Milcom, abominación de los Ammonitas." (1 Rey. 11: 4, 5.)
En la eminencia meridional del monte de las Olivas, frente al monte Moria, donde estaba el hermoso templo de Jehová, Salomón erigió una imponente acumulación de edificios destinados a servir como centro de idolatría. A fin de agradar a sus esposas colocó enormes ídolos, abominables imágenes de madera y piedra, entre los huertos de mirtos y olivos. Allí, 41 delante de los altares de las divinidades paganas, "Chemos, abominación de Moab" y "Moloch, abominación de los hijos de Ammón" (1 Rey. 11: 7), se practicaban los ritos más degradantes del paganismo.
La conducta de Salomón atrajo su inevitable castigo. Al separarse de Dios para relacionarse con los idólatras se acarreó la ruina. Al ser infiel a Dios, perdió el dominio propio. Desapareció su eficiencia moral. Sus sensibilidades delicadas se embotaron, su conciencia se cauterizó. El que durante la primera parte de su reinado había manifestado tanta sabiduría y simpatía al devolver un niño desamparado a su madre infortunada (1 Rey. 3: 16-28), degeneró al punto de consentir en que se erigiese un ídolo al cual se sacrificaban niños vivos. El que en su juventud había sido dotado de discreción y entendimiento, el que en pleno vigor de su edad adulta se había sentido inspirado para escribir: "Hay camino que al hombre parece derecho: empero su fin son caminos de muerte" (Prov. 1: 12), se apartó tanto de la pureza en años ulteriores que toleraba los ritos licenciosos y repugnantes relacionados con el culto de Chemos y Astarot, o Astarte. El que en ocasión de la dedicación del templo había dicho a su pueblo: "Sea pues perfecto vuestro corazón para con Jehová nuestro Dios" (1 Rey. 8: 61), transgredió él mismo y negó sus propias palabras en su corazón y en su vida. Consideró erróneamente la libertad como licencia. Procuró, pero ¡a qué costo! unir la luz con las tinieblas, el bien con el mal, la pureza con la impureza, Cristo con Belial.
Después de haber sido uno de los mayores reyes que hayan empuñado un cetro, Salomón se transformó en licencioso, instrumento y esclavo de otros. Su carácter, una vez noble y viril, se trocó en enervado y afeminado. Su fe en el Dios viviente quedó suplantada por dudas ateas. La incredulidad destruía su felicidad, debilitaba sus principios y degradaba su vida. La justicia y magnanimidad de la primera parte de su reinado se transformaron en despotismo y tiranía. ¡Pobre y 42 frágil naturaleza humana! Poco puede hacer Dios en favor de los hombres que pierden el sentido de cuánto dependen de él.
Durante aquellos años de apostasía, progresó de continuo la decadencia espiritual de Israel. ¿Cómo podría haber sido de otra manera cuando su rey había unido sus intereses con los agentes satánicos? Mediante estos agentes, el enemigo obraba para confundir a los israelitas acerca del culto verdadero y del falso; y ellos resultaron una presa fácil. El comercio con las demás naciones los ponía en relación estrecha con aquellos que no amaban a Dios, y disminuyó enormemente el amor que ellos mismos le profesaban. Se amortiguó su agudo sentido del carácter elevado y santo de Dios. Rehusando seguir en la senda de la obediencia, transfirieron su reconocimiento al enemigo de la justicia. Vino a ser práctica común el casamiento entre idólatras e israelitas, y éstos perdieron pronto su aborrecimiento por el culto de los ídolos. Se toleraba la poligamia. Las madres idólatras enseñaban a sus hijos a observar los ritos paganos. En algunas vidas, una idolatría de la peor índole reemplazó el servicio religioso puro instituído por Dios.
Los cristianos deben mantenerse distintos y separados del mundo, de su espíritu y de su influencia. Dios tiene pleno poder para guardarnos en el mundo, pero no debemos formar parte de él. El amor de Dios no es incierto ni fluctuante. El vela siempre sobre sus hijos con un cuidado inconmensurable. Pero requiere una fidelidad indivisa. "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón." (Mat. 6: 24.)
Salomón había sido dotado de sabiduría admirable; pero el mundo le atrajo y le desvió de Dios. Los hombres de hoy no son más fuertes que él; propenden tanto como él a ceder a las influencias que ocasionaron su caída. Así como Dios advirtió a Salomón el peligro que corría, hoy amonesta a sus hijos para que no pongan sus almas en peligro por la afinidad con el mundo. Les ruega: "Por lo cual salid de en medio de ellos, y 43 apartaos, . . . no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros me seréis a mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso." (2 Cor. 6: 17, 18.)
El peligro acecha en medio de la prosperidad. A través de los siglos, las riquezas y los honores han hecho peligrar la humildad y la espiritualidad. No es la copa vacía la que nos cuesta llevar; es la que rebosa la que debe ser llevada con cuidado. La aflicción y la adversidad pueden ocasionar pesar; pero es la prosperidad la que resulta más peligrosa para la vida espiritual. A menos que el súbdito humano esté constantemente sometido a la voluntad de Dios, a menos que esté santificado por la verdad, la prosperidad despertará la inclinación natural a la presunción.
En el valle de la humillación, donde los hombres dependen de que Dios les enseñe y guíe cada uno de sus pasos, están comparativamente seguros. Pero los hombres que están, por así decirlo, en un alto pináculo, y quienes, a causa de su posición, son considerados como poseedores de gran sabiduría, éstos son los que arrostran el peligro mayor. A menos que tales hombres confíen en Dios, caerán.
Cuando quiera que se entreguen al orgullo y la ambición, su vida se mancilla; porque el orgulloso, no sintiendo necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del Cielo. El que procura glorificarse a sí mismo se encontrará destituído de la gracia de Dios, mediante cuya eficiencia se adquieren las riquezas más reales y los goces más satisfactorios. Pero el que lo da todo y lo hace todo para Cristo, conocerá el cumplimiento de la promesa: "La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella." (Prov. 10: 22.) Con el toque suave de la gracia, el Salvador destierra del alma la inquietud y ambición profanas, y trueca la enemistad en amor y la incredulidad en confianza. Cuando habla al alma diciendo: "Sígueme," queda roto el hechizo del mundo. Al sonido de su voz, el espíritu de codicia y ambición huye del corazón, y los hombres, emancipados, se levantan para seguirle. 44