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sábado, 2 de junio de 2012

12. Abrahán en Canaán

ABRAHÁN Volvió a Canaán "riquísimo en ganado, en plata y oro." Lot aún estaba con él, y de nuevo llegaron a Betel, y establecieron su campamento junto al altar que habían erigido anteriormente. Pronto comprendieron que las riquezas acrecentadas aumentaban las dificultades. En medio de las penurias y las pruebas habían vivido juntos en perfecta armonía, pero en su prosperidad había peligro de discordias entre ellos. Los pastos no eran suficientes para el ganado de ambos; y las frecuentes disputas entre los pastores fueron traídas ante sus amos para que las resolviesen. Era evidente que debían separarse : Abrahán era mayor que Lot, y superior a él en parentesco, riqueza y posición; no obstante, él fue el primero en sugerir planes para mantener la paz. A pesar de que Dios mismo le había dado toda esa tierra, muy cortésmente renunció a su derecho.
"No haya ahora altercado -dijo Abrahán- entre mi y ti, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos. ¿No está toda la tierra delante de ti? Yo te ruego que te apartes de mi. Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha: y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda." (Gén. 13:1-9.)
Este caso puso de manifiesto el noble y desinteresado espíritu de Abrahán. ¡Cuántos, en circunstancias semejantes, habrían procurado a toda costa sus preferencias y derechos personales! ¡Cuántas familias se han desintegrado por esa razón! ¡Cuántas iglesias se han dividido, dando lugar a que la causa de la verdad sea objeto de las burlas y el menosprecio de los impíos! "No haya ahora altercado entre mí y ti," dijo Abrahán, "porque somos hermanos." No sólo lo eran por parentesco natural sino también como adoradores del verdadero 126 Dios. Los hijos de Dios forman una sola familia en todo el mundo, y debería guiarlos el mismo espíritu de amor y concordia. "Amándoos los unos a los otros con caridad fraternal; previniéndoos con honra los unos a los otros" (Rom. 12: 10), es la enseñanza de nuestro Salvador. El cultivo de una cortesía uniforme, y la voluntad de tratar a otros como deseamos ser tratados nosotros, eliminaría la mitad de las dificultades de la vida. El espíritu de ensalzamiento propio es el espíritu de Satanás; pero el corazón que abriga el amor de Cristo poseerá esa caridad que no busca lo suyo. El tal cumplirá la orden divina: "No mirando cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros." (Fil. 2: 4.)
Aunque Lot debía su prosperidad a su relación con Abrahán, no manifestó gratitud hacia su bienhechor. La cortesía hubiese requerido que él dejase escoger a Abrahán; pero en vez de hacer eso, trató egoístamente de apoderarse de las mejores ventajas. "Y alzó Lot sus ojos, y vio toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego, . . . como el huerto de Jehová, como la tierra de Egipto entrando en Zoar." (Gén. 13:10-13.)
La región más feraz de toda Palestina era el valle del Jordán, que a todos aquellos que lo veían les recordaba el paraíso perdido, pues igualaba en hermosura y producción a las llanuras fertilizadas por el Nilo que hacia tan poco tiempo habían dejado. También había ciudades, ricas y hermosas, que invitaban a hacer provechosas ganancias mediante el intercambio comercial en sus concurridos mercados. Ofuscado por sus visiones de ganancias materiales, Lot pasó por alto los males morales y espirituales que encontraría allí. Los habitantes de la llanura eran "malos y pecadores para con Jehová en gran manera,' pero Lot ignoraba eso, o si lo sabía, le dio poca importancia. "Entonces Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán...... y fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma." (Vers. 13, 11.) ¡Cuán mal previó los terribles resultados de esa elección egoísta! 127
Después de separarse de Lot, Abrahán recibió otra vez del Señor la promesa de que todo el país sería suyo. Poco tiempo después, se mudó a Hebrón, levantó su tienda bajo el encinar de Mamre y al lado erigió un altar para el Señor. En esas frescas mesetas, con sus olivares y viñedos, sus ondulantes campos de trigo y las amplias tierras de pastoreo circundadas de colinas, habitó Abrahán, satisfecho de su vida sencilla y patriarcal, dejando a Lot el peligroso lujo del valle de Sodoma.
Abrahán fue honrado por los pueblos circunvecinos como un príncipe poderoso y un caudillo sabio y capaz. No dejó de ejercer su influencia entre sus vecinos. Su vida y su carácter, en contraste con la vida y el carácter de los idólatras, ejercían una influencia notable en favor de la verdadera fe. Su fidelidad hacia Dios fue inquebrantable, en tanto que su afabilidad y benevolencia inspiraban confianza y amistad, y su grandeza sin afectación imponía respeto y honra.
No retuvo su religión como un tesoro precioso que debía guardarse celosamente y pertenecer exclusivamente a su poseedor. La verdadera religión no puede considerarse así, pues un espíritu tal sería contrario a los principios del Evangelio. Mientras Cristo more en el corazón, será imposible esconder la luz de su presencia, u obscurecerla. Por el contrario, brillará cada vez más a medida que día tras día las nieblas del egoísmo y del pecado que envuelven el alma sean disipadas por los brillantes rayos del Sol de justicia.
Los hijos de Dios son sus representantes en la tierra y él quiere que sean luces en medio de las tinieblas morales de este mundo. Esparcidos por todos los ámbitos de la tierra, en pueblos, ciudades y aldeas, son testigos de Dios, los medios por los cuales él ha de comunicar a un mundo incrédulo el conocimiento de su voluntad y las maravillas de su gracia. El se propone que todos los que participan de la gran salvación sean sus misioneros. La piedad de los cristianos constituye la norma mediante la cual los infieles juzgan al Evangelio. 128 Las pruebas soportadas pacientemente, las bendiciones recibidas con gratitud, la mansedumbre, la bondad, la misericordia y el amor manifestados habitualmente, son las luces que brillan en el carácter ante el mundo, y ponen de manifiesto el contraste que existe con las tinieblas que proceden del egoísmo del corazón natural.
Abrahán, además de ser rico en fe, noble y generoso, inquebrantable en la obediencia, y humilde en la sencillez de su vida de peregrino, era sabio en la diplomacia, y valiente y diestro en la guerra. A pesar de ser conocido como maestro de una nueva religión, tres príncipes, hermanos entre sí y soberanos de las llanuras de los amorreos donde él vivía, le demostraron su amistad invitándolo a aliarse con ellos para alcanzar mayor seguridad; pues el país estaba lleno de violencia y opresión., Muy pronto se le presentó una oportunidad para valerse de esta alianza.
Chedorlaomer, rey de Elam, había invadido la tierra de Canaán hacía catorce años, y la había hecho su tributario. Varios de los príncipes se habían rebelado ahora, y el rey elamita, con cuatro aliados, marchó de nuevo contra el país con el fin de someterlo. Cinco reyes de Canaán unieron sus fuerzas, y salieron al encuentro de los invasores en el valle de Sidim, pero sólo para ser derrotados. Una gran parte del ejército fue destruida totalmente, y los que pudieron escapar huyeron a las montañas en busca de seguridad. Los invasores victoriosos saquearon las ciudades de la llanura, y se marcharon llevándose un rico botín y muchos prisioneros, entre los cuales iban Lot y su familia.
Abrahán, que habitaba tranquilamente en el encinar de Mamre, fue enterado por un fugitivo de lo ocurrido en aquella batalla y de la desgracia de su sobrino. No había albergado en su corazón resentimiento por la ingratitud de Lot. Se despertó por él todo su afecto, y decidió rescatarlo. Buscando ante todo el consejo divino, Abrahán se preparó para la guerra. En su propio campamento reunió a trescientos 129 dieciocho de sus siervos adiestrados, hombres educados en el temor de Dios, en el servicio de su señor y en el uso de las armas. Sus aliados, Mamre, Escol y Aner, se le unieron con sus grupos, y juntos salieron en persecución de los invasores.
Los elamitas y sus aliados habían acampado en Dan, en la frontera septentrional de Canaán. Envalentonados por su victoria, y sin temer un asalto de parte de sus enemigos vencidos, se habían entregado por completo a la orgía. El patriarca dividió sus fuerzas de tal manera que éstas se aproximaran por distintos puntos, y convergieran en el campamento enemigo, atacándolo durante la noche. Su ataque, vigoroso e inesperado, logró una rápida victoria. El rey de Elam fue muerto, y sus fuerzas, presas de pánico, fueron totalmente derrotadas. Lot y su familia, con todos los demás prisioneros y sus bienes, fueron recuperados, y un rico botín de guerra cayó en poder de los vencedores.
Después de Dios, el triunfo se debió a Abrahán. El adorador de Jehová no sólo había prestado un gran servicio al país, sino que también se había revelado hombre de valor. Se vio que la justicia no es cobarde, y que la religión de Abrahán le daba valor para mantener el derecho y defender a los oprimidos. Su heroica hazaña le dio amplia influencia entre las tribus circunvecinas. A su regreso, el rey de Sodoma le salió al encuentro con su séquito para honrarlo como conquistador. Le pidió que conservase los bienes, solicitándole sólo la entrega de los prisioneros. Conforme a las leyes de la guerra, el botín pertenecía a los vencedores; pero Abrahán no había emprendido esta expedición con el objeto de obtener lucro, y rehusó aprovecharse de los desdichados; sólo estipuló que sus aliados recibiesen la porción a que tenían derecho.
Muy pocos, si fueran sometidos a la misma prueba, se hubiesen mostrado tan nobles como Abrahán. Pocos hubiesen resistido la tentación de asegurarse tan rico botín. Su ejemplo es un reproche para los espíritus egoístas y mercenarios. Abrahán tuvo en cuenta las exigencias de la justicia y la 130 humanidad. Su conducta ilustra la máxima inspirada: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Lev. 19:18.) "He alzado mi mano -dijo- a Jehová Dios alto, poseedor de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta la correa de un calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo, porque no digas: Yo enriquecí a Abram." (Gén. 14:22, 23.) No quería darles motivo para que creyesen que había emprendido la guerra con miras de lucro, ni que atribuyeran su prosperidad a sus regalos o a su favor. Dios había prometido bendecir a Abrahán, y a él debía adjudicársela la gloria.
Otro que salió a dar la bienvenida al victorioso patriarca fue Melquisedec, rey de Salem, quién trajo pan y vino para alimentar al ejército. Como "sacerdote del Dios alto," bendijo a Abrahán, y dio gracias al Señor, quien había obrado tan grande liberación por medio de su siervo. Y "diole Abram los diezmos de todo." (Vers. 20.)
Abrahán regresó alegremente a su campamento y a sus ganados; pero su espíritu estaba perturbado por pensamientos que no le abandonaban. Había sido hombre de paz, y hasta donde había podido, había evitado toda enemistad y contienda; y con horror recordaba la escena de matanza que había presenciado. Las naciones cuyas fuerzas había derrotado intentarían sin duda invadir de nuevo a Canaán, y le harían a él objeto especial de su venganza. Enredado en esta forma en las discordias nacionales, vería interrumpirse la apacible quietud de su vida. Por otro lado, no había tomado posesión de Canaán, ni podía esperar ya un heredero en quien la promesa se hubiese de cumplir.
En una visión nocturna, Abrahán oyó otra vez la voz divina: "No temas, Abram - fueron las palabras del Príncipe de los príncipes; - yo soy tu escudo, y tu galardón sobremanera grande" (Gén. 15:1) Pero tenía el ánimo tan deprimido por los presentimientos que no pudo esta vez aceptar la promesa con absoluta confianza como lo había hecho antes. Rogó que se le diera una evidencia tangible de que la promesa 131 sería cumplida., ¿Cómo iba a cumplirse la promesa del pacto, mientras se le negaba la dádiva de un hijo? "¿Qué me has de dar - dijo Abrahán, - siendo así que ando sin hijo? ... Y he aquí que es mi heredero uno nacido en mi casa." (Vers. 2, 3.) Se proponía adoptar a su fiel siervo Eliezer como hijo y heredero. Pero se le aseguró que un hijo propio había de ser su heredero. Entonces Dios lo llevó fuera de su tienda, y le dijo que mirara las innumerables estrellas que brillaban en el firmamento; y mientras lo hacía le fueron dirigidas las siguientes palabras: "Así será tu simiente." "Y creyó Abrahán a Dios, y le fue atribuido a justicia." (Vers. 5; Rom. 4:3.)
Aun así el patriarca suplicó que se le diese una señal visible para confirmar su fe, y como evidencia para las futuras generaciones de que los bondadosos propósitos que Dios tenían para con ellas se cumplirían. El Señor se dignó concertar un pacto con su siervo, empleando las formas acostumbradas entre los hombres para la ratificación de contratos solemnes. En conformidad con las indicaciones divinas, Abrahán sacrificó una novilla, una cabra y un carnero, cada uno de tres años de edad, dividió cada cuerpo en dos partes y colocó las piezas a poca distancia la una de la otra. Añadió una tórtola y un palomino, que no fueron partidos. Hecho esto, Abrahán pasó reverentemente entre las porciones del sacrificio, haciendo un solemne voto a Dios de obediencia perpetua.
Atenta y constantemente permaneció al lado de los animales partidos, hasta la puesta del sol, para que no fuesen profanados o devorados por las aves de rapiña. Al atardecer se durmió profundamente; y "el pavor de una grande obscuridad cayó sobre él." (Gén. 15:12.) Y oyó la voz de Dios diciéndole que no esperase la inmediata posesión de la tierra prometida, y anunciándole los sufrimientos que su posteridad tendría que soportar antes de tomar posesión de Canaán. Le fue revelado el plan de redención, en la muerte de Cristo, el gran sacrificio, y su venida en gloria. También vio Abrahán la, tierra restaurada a su belleza edénica, que se le daría a él 132 para siempre, como pleno y final cumplimiento de la promesa.
Como garantía de este pacto de Dios con el hombre, "dejóse ver un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasó entre los animales divididos," y aquellos símbolos de la presencia divina consumieron completamente las víctimas. Y otra vez oyó Abrahán una voz que confirmaba la dádiva de la tierra de Canaán a sus descendientes, "desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates." (Vers. 18.)
Cuando hacía casi veinticinco años que Abrahán estaba en Canaán, el Señor se le apareció y le dijo: "Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto." (Véase Gén. 17:1- 16.) Con reverencia el patriarca se postró, y el mensaje continuó así: "Yo, he aquí mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de gentes." Como garantía del cumplimiento de este pacto, su nombre, que hasta entonces era Abram, fue cambiado en "Abrahán," que significa: "padre de muchedumbre de gentes." El nombre de Sarai se cambió por el de Sara, "princesa;" pues, dijo la divina voz, "vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos serán de ella."
En ese tiempo el rito de la circuncisión fue dado a Abrahán "por sello de la justicia de la fe que tuvo en la incircuncisión." (Rom. 4:11.) Este rito había de ser observado por el patriarca y sus descendientes como señal de que estaban dedicados al servicio de Dios, y por consiguiente separados de los idólatras y aceptados por Dios como su tesoro especial. Por este rito se comprometían a cumplir, por su parte, las condiciones del pacto hecho con Abrahán. No debían contraer matrimonio con los paganos; pues haciéndolo perderían su reverencia hacia Dios y hacia su santa ley, serían tentados a participar de las prácticas pecaminosas de otras naciones, y serían inducidos a la idolatría.
Dios confirió un gran honor a Abrahán. Los ángeles del cielo anduvieron y hablaron con él como con un amigo. Cuando los juicios de Dios estaban por caer sobre Sodoma, 133 este hecho no le fue ocultado y él se convirtió en intercesor de los pecadores para con Dios. Su entrevista con los ángeles presenta también un hermoso ejemplo de hospitalidad.
En un caluroso mediodía estival, el patriarca estaba sentado a la puerta de su tienda, contemplando el tranquilo panorama, cuando vio a lo lejos a tres viajeros que se aproximaban. Antes de llegar a su tienda, los forasteros se detuvieron, como para consultarse respecto al camino que debían seguir. Sin esperar que le solicitasen favor alguno, Abrahán se levantó rápidamente, y cuando ellos parecían volverse hacia otra dirección, él se apresuró a acercarse a ellos, y con la mayor cortesía les pidió que le honrasen deteniéndose en su casa para descansar. Con sus propias manos les trajo agua para que se lavasen los pies y se quitasen el polvo del camino. El mismo escogió los alimentos para los visitantes y mientras descansaban bajo la sombra refrescante, se sirvió la mesa, y él se mantuvo respetuosamente al lado de ellos, mientras participaban de su hospitalidad.
Este acto de cortesía fue considerado por Dios de suficiente importancia como para registrarlo en su Palabra; y mil años más tarde, un apóstol inspirado se refirió a él, diciendo: "No olvidéis la hospitalidad, porque por ésta algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles." (Heb. 13:2.)
Abrahán no había visto en sus huéspedes más que tres viajeros cansados. No imaginó que entre ellos había Uno a quien podría adorar sin cometer pecado. En ese momento le fue revelado el verdadero carácter de los mensajeros celestiales. Aunque iban en camino como mensajeros de ira, a Abrahán, el hombre de fe, le hablaron primeramente de bendiciones. Aunque Dios es riguroso para notar la iniquidad y castigar la transgresión, no se complace en la venganza. La obra de la destrucción es una "extraña obra" (Isa. 28:21) para el que es infinito en amor.
"El secreto de Jehová es para los que le temen." (Sal. 25: 14) Abrahán había honrado a Dios, y el Señor le honró, 134 haciéndole partícipe de sus consejos, y revelándole sus propósitos. "¿Encubriré yo a Abrahán lo que voy a hacer?" dijo el Señor. "El clamor de Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora, y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, saberlo he." (Véase Gén. 18:17-33.) Dios conocía bien la medida de la culpabilidad de Sodoma; pero se expresó a la manera de los hombres, para que la justicia de su trato fuese comprendida. Antes de descargar sus juicios sobre los transgresores, iría él mismo a examinar su conducta; si no habían traspasado los límites de la misericordia divina, les concedería todavía más tiempo para que se arrepintieran.
Dos de los mensajeros celestiales se marcharon dejando a Abrahán solo con Aquel a quien reconocía ahora como el Hijo de Dios. Y el hombre de fe intercedió en favor de los habitantes de Sodoma. Una vez los había salvado mediante su espada, ahora trató de salvarlos por medio de la oración. Lot y su familia habitaban aún allí; y el amor desinteresado que movió a Abrahán a rescatarlo de los elamitas, trató ahora de salvarlo de la tempestad del juicio divino, si era la voluntad de Dios.
Con profunda reverencia y humildad rogó: "He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza." En su súplica no había confianza en sí mismo, ni jactancia de su propia justicia. No pidió un favor basado en su obediencia, o en los sacrificios que había hecho en cumplimiento de la voluntad de Dios. Siendo él mismo pecador, intercedió en favor de los pecadores. Semejante espíritu deben tener todos los que se acercan a Dios. Abrahán manifestó la confianza de un niño que suplica a un padre a quien ama. Se aproximó al mensajero celestial, y fervientemente le hizo su petición. A pesar de que Lot habitaba en Sodoma, no participaba de la impiedad de sus habitantes. Abrahán pensó que en aquella populosa ciudad 135 debía haber otros adoradores del verdadero Dios. Y tomando en consideración este hecho, suplicó: "Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; nunca tal hagas. El juez de toda la tierra ¿no ha de hacer lo que es justo?" (Gén. 18:25.) Abrahán no imploró sólo una vez, sino muchas. Atreviéndose a más a medida que se le concedía lo pedido, persistió hasta que obtuvo la seguridad de que aunque hubiese allí sólo diez personas justas, la ciudad sería perdonada.
El amor hacia las almas a punto de perecer inspiraba las oraciones de Abrahán. Aunque detestaba los pecados de aquella ciudad corrompida, deseaba que los pecadores pudieran salvarse. Su profundo interés por Sodoma demuestra la ansiedad que debemos experimentar por los impíos. Debemos sentir odio hacia el pecado, y compasión y amor hacia el pecador. Por todas partes, en derredor nuestro, hay almas que van hacia una ruina tan desesperada y terrible como la que sobrecogió a Sodoma. Cada día termina el tiempo de gracia para algunos. Cada hora, algunos pasan más allá del alcance de la misericordia. ¿Y dónde están las voces de amonestación y súplica que induzcan a los pecadores a huir de esta pavorosa condenación? ¿Dónde están las manos extendidas para sacar a los pecadores de la muerte? ¿Dónde están los que con humildad y perseverante fe ruegan a Dios por ellos?
El espíritu de Abrahán fue el espíritu de Cristo. El mismo Hijo de Dios es el gran intercesor en favor del pecador. El que pagó el precio de su redención conoce el valor del alma humana. Sintiendo hacia la iniquidad un antagonismo que sólo puede existir en una naturaleza pura e inmaculada, Cristo manifestó hacia el pecador un amor que sólo la bondad infinita pudo concebir. En la agonía de la crucifixión, él mismo, cargado con el espantoso peso de los pecados del mundo, oró por sus vilipendiadores y asesinos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." (Luc. 23: 34) 136
De Abrahán está escrito que "fue llamado amigo de Dios," "padre de todos los creyentes." (Sant. 2: 23; Rom. 4: 11) El testimonio de Dios acerca de este fiel patriarca es: "Oyó Abrahán mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes." Y en otro lugar dice: "Yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abrahán lo que ha hablado acerca de él." (Gén. 26:5; 18: 19)
Fue un gran honor para Abrahán ser el padre del pueblo que durante siglos fue guardián y preservador de la verdad de Dios para el mundo, de aquel pueblo por medio del cual todas las naciones de la tierra iban a ser bendecidas con el advenimiento del Mesías prometido. El que llamó al patriarca le juzgó digno. Es Dios el que habla. El que entiende los pensamientos desde antes y desde muy lejos y justiprecia a los hombres, dice: "Lo he conocido." En lo que tocaba a Abrahán, no traicionaría la verdad por motivos egoístas. Guardaría la ley y se conduciría recta y justamente. Y no sólo temería al Señor, sino que también cultivaría la religión en su hogar. Instruiría a su familia en la justicia. La ley de Dios sería la norma de su hogar.
La familia de Abrahán comprendía más de mil almas. Los que por sus enseñanzas eran inducidos a adorar al Dios único encontraban un hogar en su campamento; y allí, como en una escuela, recibían una instrucción que los preparaba para ser representantes de la verdadera fe. Así que pesaba sobre Abrahán una gran responsabilidad. Educaba a los padres de familia, y sus métodos de gobierno eran puestos en práctica en las casas que ellos presidían.
En la antigüedad el padre era el jefe y el sacerdote de su propia familia, y ejercía autoridad sobre sus hijos, aun después de que éstos tenían sus propias familias. Sus descendientes aprendían a considerarle como su jefe, tanto en los asuntos religiosos como en los seculares. Abrahán trató de 137 perpetuar este sistema patriarcal de gobierno, pues tendía a conservar el conocimiento de Dios. Era necesario vincular a los miembros de la familia, para construir una barrera contra la idolatría tan generalizada y arraigada en aquel entonces. Abrahán trataba por todos los medios a su alcance de evitar que los habitantes de su campamento se mezclaran con los paganos y presenciaran sus prácticas idólatras; pues sabía muy bien que la familiaridad con el mal iría corrompiendo insensiblemente los sanos principios. Ponía el mayor cuidado en excluir toda forma de religión falsa y en hacer comprender a los suyos la majestad y gloria del Dios viviente como único objeto del culto.
Era sabio arreglo, dispuesto por Dios mismo, el que consistía en aislar a su pueblo, en lo posible, de toda relación con los paganos, para hacer de él un pueblo separado, que no se contase entre las naciones. El había separado a Abrahán de sus parientes idólatras, para que el patriarca pudiese adiestrar y educar a su familia alejada de las influencias seductoras que la hubieran rodeado en Mesopotamia, y para que la verdadera fe fuese conservada en su pureza por sus descendientes, de generación en generación.
El afecto de Abrahán hacia sus hijos y su casa le movió a resguardar su fe religiosa, y a inculcarles el conocimiento de los estatutos divinos, como el legado más precioso que pudiera dejarles a ellos y por su medio al mundo. A todos les enseñó que estaban bajo el gobierno del Dios del cielo. No debía haber opresión de parte de los padres, ni desobediencia de parte de los hijos. La ley de Dios había designado a cada uno sus obligaciones, y sólo mediante la obediencia a dicha ley se podía obtener la felicidad y la prosperidad.
Su propio ejemplo, la silenciosa influencia de su vida cotidiana, era una constante lección. La integridad inalterable, la benevolencia y la desinteresada cortesía, que le habían granjeado la admiración de los reyes, se manifestaban en el hogar. Había en esa vida una fragancia, una nobleza y una 138 dulzura de carácter que revelaban a todos que Abrahán estaba en relación con el Cielo. No descuidaba siquiera al más humilde de sus siervos. En su casa no había una ley para el amo, y otra para el siervo; no había un camino real para el rico, y otro para el pobre. Todos eran tratados con justicia y simpatía, como coherederos de la gracia de la vida.
El "mandará a su casa después de sí." En Abrahán no se vería negligencia pecaminosa en lo referente a restringir las malas inclinaciones de sus hijos, ni tampoco habría favoritismo imprudente, indulgencia o debilidad; no sacrificaría su convicción del deber ante las pretensiones de un amor mal entendido. No sólo daría Abrahán la instrucción apropiada, sino que mantendría la autoridad de las leyes justas y rectas.
¡Cuán pocos son los que siguen este ejemplo actualmente! Muchos padres manifiestan un sentimentalismo ciego y egoísta, un mal llamado amor, que deja a los niños gobernarse por su propia voluntad cuando su juicio no se ha formado aún y los dominan pasiones indisciplinadas. Esto es ser cruel hacia la juventud, y cometer un gran mal contra el mundo. La indulgencia de los padres provoca muchos desórdenes en las familias y en la sociedad. Confirma en los jóvenes el deseo de seguir sus inclinaciones, en lugar de someterse a los requerimientos divinos. Así crecen con aversión a cumplir la voluntad de Dios, y transmiten su espíritu irreligioso e insubordinado a sus hijos y a sus nietos. Así como Abrahán, los padres deberían "mandar a su casa después de sí." Enséñese a los niños a obedecer a la autoridad de sus padres, e impóngase esta obediencia como primer paso en la obediencia a la autoridad de Dios.
El poco aprecio en que aun los dirigentes religiosos tienen la ley de Dios ha producido muchos males. La enseñanza tan generalizada de que los estatutos divinos ya no están en vigor es, en sus efectos morales sobre las personas, semejante a la idolatría. Los que procuran disminuir los requerimientos de la santa ley de Dios están socavando directamente el fundamento 139 del gobierno de familias y naciones. Los padres religiosos que no andan en los estatutos de Dios, no mandan a su familia que siga el camino del Señor. No hacen de la ley de Dios la norma de la vida. Los hijos, al fundar sus propios hogares, no se sienten obligados a enseñar a sus propios hijos lo que nunca se les enseñó a ellos. Y éste es el motivo porque hay tantas familias impías; ésta es la razón porque la depravación se ha arraigado y extendido tanto.
Mientras que los mismos padres no anden conforme a la ley del Señor con corazón perfecto, no estarán preparados para "mandar a sus hijos después de sí." Es preciso hacer en este respecto una reforma amplia y profunda. Los padres deben reformarse. Los ministros necesitan reformarse; necesitan a Dios en sus hogares. Si quieren ver un estado de cosas diferente, deben dar la Palabra de Dios a sus familias, y deben hacerla su consejera. Deben enseñar a sus hijos que esta es la voz de Dios a ellos dirigida y que deben obedecerle implícitamente. Deben instruir con paciencia a sus hijos; bondadosa e incesantemente deben enseñarles a vivir para agradar a Dios. Los hijos de tales familias estarán preparados para hacer frente a los sofismas de la incredulidad. Aceptaron la Biblia como base de su fe, y por consiguiente, tienen un fundamento que no puede ser barrido por la ola de escepticismo que se avecina.
En muchos hogares, se descuida la oración. Los padres creen que no disponen de tiempo para el culto matutino o vespertino. No pueden invertir unos momentos en dar gracias a Dios por sus abundantes misericordias, por el bendito sol y las lluvias que hacen florecer la vegetación, y por el cuidado de los santos ángeles. No tienen tiempo para orar y pedir la ayuda y la dirección divinas, y la permanente presencia de Jesús en el hogar. Salen a trabajar como va el buey o el caballo, sin dedicar un solo pensamiento a Dios o al cielo. Poseen almas tan preciosas que para que no sucumbieran en la perdición eterna, el Hijo de Dios dio su vida por su 140 rescate; sin embargo, aprecian las grandes bondades del Señor muy poco más que las bestias que perecen.
Como los patriarcas de la antigüedad, los que profesan amar a Dios deberían erigir un altar al Señor dondequiera que se establezcan. Si alguna vez hubo un tiempo cuando todo hogar debería ser una casa de oración, es ahora. Los padres y las madres deberían elevar sus corazones a menudo hacia Dios para suplicar humildemente por ellos mismos y por sus hijos. Que el padre, como sacerdote de la familia, ponga sobre el altar de Dios el sacrificio de la mañana y de la noche, mientras la esposa y los niños se le unen en oración y alabanza. Jesús se complace en morar en un hogar tal.
De todo hogar cristiano debería irradiar una santa luz. El amor debe expresarse en hechos. Debe manifestarse en todas las relaciones del hogar y revelarse en una amabilidad atenta, en una suave y desinteresada cortesía. Hay hogares donde se pone en práctica este principio, hogares donde se adora a Dios, y donde reina el amor verdadero. De estos hogares, de mañana y de noche, la oración asciende hacia Dios como un dulce incienso, y las misericordias y las bendiciones de Dios descienden sobre los suplicantes como el rocío de la mañana.
Un hogar piadoso bien dirigido constituye un argumento poderoso en favor de la religión cristiana, un argumento que el incrédulo no puede negar. Todos pueden ver que una influencia obra en la familia y afecta a los hijos y que el Dios de Abrahán está con ellos. Si los hogares de los profesos cristianos tuviesen el debido molde religioso, ejercerían una gran influencia en favor del bien. Serían, ciertamente, "la luz del mundo." El Dios del cielo habla a todo padre fiel por medio de las palabras dirigidas a Abrahán: "Porque yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos, y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia, y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abrahán lo que ha hablado acerca de él.141

11. El Llamamiento de Abrahán

DESPUES de la dispersión de Babel, la idolatría llegó a ser otra vez casi universal, y el Señor dejó finalmente que los transgresores empedernidos siguiesen sus malos caminos, mientras elegía a Abrahán del linaje de Sem, a fin de hacerle depositario de su ley para las futuras generaciones.
Abrahán se había criado en un ambiente de superstición y paganismo. Aun la familia de su padre, en la cual se había conservado el conocimiento de Dios, estaba cediendo a las seductoras influencias que la rodeaban, "y servían a dioses extraños" (Jos. 24: 2), en vez de servir a Jehová. Pero la verdadera fe no había de extinguirse. Dios ha conservado siempre un remanente para que le sirva. Adán, Set, Enoc, Matusalén, Noé, Sem (véase el Apéndice, nota 2), en línea ininterrumpida, transmitieron de generación en generación las preciosas revelaciones de su voluntad. El hijo de Taré se convirtió en el heredero de este santo cometido. Por doquiera le invitaba la idolatría, pero en vano. Fiel entre los fieles, incorrupto en medio de la prevaleciente apostasía, se mantuvo firme en la adoración del único Dios verdadero. "Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras." (Sal. 145: 18.) El comunicó su voluntad a Abrahán, y le dio un conocimiento claro de los requerimientos de su ley, y de la salvación que alcanzaría mediante Cristo.
A Abrahán se le dio la promesa, muy apreciada por la gente de aquel entonces, de que tendría numerosa posteridad y grandeza nacional: "Y haré de ti una nación grande, y bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición." (Gén. 12: 2.) Además, el heredero de la fe recibió la promesa que para él era la más precisa de todas, a saber que de su 118 linaje descendería el Redentor del mundo: "Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra." (Vers. 3) Sin embargo, como condición primordial para su cumplimiento, su fe iba a ser probada; se le exigiría un sacrificio.
El mensaje de Dios a Abrahán era: "Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré." (Vers. 1.) A fin de que Dios pudiese capacitarlo para su gran obra como depositario de los sagrados oráculos, Abrahán debía separarse de los compañeros de su niñez. La influencia de sus parientes y amigos impediría la educación que el Señor intentaba dar a su siervo. Ahora que Abrahán estaba, en forma especial, unido con el cielo, debía morar entre extraños. Su carácter debía ser peculiar, diferente del de todo el mundo. Ni siquiera podía explicar su manera de obrar para que la entendiesen sus amigos. Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente, y sus motivos y acciones no eran comprendidos por sus parientes idólatras.
"Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por heredad; y salió sin saber dónde iba." (Heb. 11:8.) La obediencia incondicional de Abrahán es una de las más notables evidencias de fe de toda la Sagrada Escritura. Para él, la fe era "la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven." (Vers. 1.) Confiando en la divina promesa, sin la menor seguridad externa de su cumplimiento, abandonó su hogar, sus parientes, y su tierra nativa; y salió, sin saber adónde iba, fiel a la dirección divina. "Por fe habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en cabañas con Isaac y Jacob, herederos juntamente de la misma promesa." (Vers. 9.)
No fue una prueba ligera la que soportó Abrahán, ni tampoco era pequeño el sacrificio que se requirió de él. Había fuertes vínculos que le ataban a su tierra, a sus parientes y a su hogar. Pero no vaciló en obedecer al llamamiento. Nada preguntó en cuanto a la tierra prometida. No averiguó si era 119 feraz y de clima saludable, si los campos ofrecían paisajes agradables, o sí habría oportunidad para acumular riquezas. Dios había hablado, y su siervo debía obedecer; el lugar más feliz de la tierra para él era dónde Dios quería que estuviese.
Muchos continúan siendo probados como lo fue Abrahán. No oyen la voz de Dios hablándoles directamente desde el cielo; pero, en cambio, son llamados mediante las enseñanzas de su Palabra y los acontecimientos de su providencia. Se les puede pedir que abandonen una carrera que promete riquezas y honores, que dejen afables y provechosas amistades, y que se separen de sus parientes, para entrar en lo que parezca ser sólo un sendero de abnegación, trabajos y sacrificios. Dios tiene una obra para ellos; pero una vida fácil y la influencia de las amistades y los parientes impediría el desarrollo de los rasgos esenciales para su realización. Los llama para que se aparten de las influencias y los auxilios humanos, y les hace sentir la necesidad de su ayuda, y de depender sólo de Dios, para que él mismo pueda revelarse a ellos. ¿Quién está listo para renunciar a los planes que ha abrigado y a las relaciones familiares en cuanto le llame la Providencia? ¿Quién aceptará nuevas obligaciones y entrará en campos inexplorados para hacer la obra de Dios con buena voluntad y firmeza y contar sus pérdidas como ganancia por amor a Cristo? El que haga esto tiene la fe de Abrahán, y compartirá con él el "sobremanera alto y eterno peso de gloria," con el cual no se puede comparar "lo que en este tiempo se padece." (2 Cor. 4:17; Rom. 8:18.)
El llamamiento del cielo le llegó a Abrahán por primera vez mientras vivía en "Ur de los Caldeos" (Gén. 11:31) y, obediente, se trasladó a Harán. Hasta allí lo acompañó la familia de su padre, pues con su idolatría ella mezclaba la adoración del Dios verdadero. Allí permaneció Abrahán hasta la muerte de Taré. Pero después de la muerte de su padre la voz divina le ordenó proseguir su peregrinación. Su hermano Nacor, con toda su familia, se quedó en su hogar 120 y con sus ídolos. Además de Sara, la esposa de Abrahán, sólo Lot, cuyo padre Harán había fallecido hacía mucho tiempo, escogió participar de la vida de peregrinaje del patriarca. Sin embargo, fue una gran compañía la que salió de Mesopotamia. Abrahán ya poseía gran cantidad de ganado vacuno y lanar, que eran las riquezas del Oriente, e iba acompañado de un gran número de criados y personas dependientes de él. Se alejaba de la tierra de sus padres para nunca más volver, y llevó consigo todo lo que poseía, "toda su hacienda que habían ganado, y las almas que habían adquirido en Harán." (Gén. 12:5.) Entre los que le acompañaban muchos eran guiados por motivos más altos que el interés propio. Mientras estuvieron en Harán, Abrahán y Sara los habían inducido a adorar y servir al Dios verdadero. Estos se agregaron a la familia del patriarca, y le acompañaron a la tierra prometida. "Y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron." (Vers. 5.)
El sitio donde se detuvieron primero fue Siquem. A la sombra de las encinas de Moré, en un ancho y herboso valle, con olivos y ricas fuentes, entre los montes de Ebal y Gerizim, Abrahán estableció su campamento. El patriarca había entrado en un país hermoso y bueno, "tierra de arroyos, de aguas, de fuentes, de abismos que brotan por vegas y montes; tierra de trigo y cebada, y de vides, e higueras, y granados; tierra de olivas, de aceite, y de miel." (Deut. 8:7, 8.) Pero, para el adorador de Jehová, una espesa sombra descansaba sobre las arboladas colinas y el fructífero valle. "El cananeo estaba entonces en la tierra."
Abrahán había alcanzado el blanco de sus esperanzas, pero había encontrado el país ocupado por una raza extraña y dominada por la idolatría. En los bosques había altares consagrados a los dioses falsos, y se ofrecían sacrificios humanos en las alturas vecinas. Aunque Abrahán se aferraba a la divina promesa, estableció allí su campamento con penosos presentimientos. Entonces "apareció Jehová a Abram, y le 121 dijo: A tu simiente daré esta tierra." (Gén. I2:7.) Su fe se fortaleció con esta seguridad de que la divina presencia estaba con él, y de que no estaba abandonado a merced de los impíos. "Y edificó allí un altar a Jehová, que le había aparecido." (Vers. 7.) Continuando aún como peregrino, pronto se marchó a un lugar cerca de Betel, y de nuevo erigió un altar e invocó el nombre del Señor.
Abrahán, el "amigo de Dios" (Sant. 2:23), nos dio un digno ejemplo. Fue la suya una vida de oración. Dondequiera que establecía su campamento, muy cerca de él también levantaba su altar, y llamaba a todos los que le acompañaban al sacrificio matutino y vespertino. Cuando retiraba su tienda, el altar permanecía allí. En los años subsiguientes, hubo entre los errantes cananeos algunos que habían sido instruidos por Abrahán; y siempre que uno de ellos llegaba al altar, sabía quién había estado allí antes que él; y después de levantar su tienda, reparaba el altar y allí adoraba al Dios viviente.
Abrahán continuó su viaje hacia el sur; y otra vez fue probada su fe. El cielo retuvo la lluvia, los arroyos cesaron de correr por los valles, y se marchitó la hierba de las llanuras. Los ganados no encontraban pastos, y el hambre amenazaba a todo el campamento. ¿No pondría ahora el patriarca en tela de juicio la dirección de la Providencia? ¿No miraría hacia atrás anhelando la abundancia de las llanuras caldeas? Todos observaban ansiosamente para ver qué haría Abrahán, a medida que una dificultad sucedía a la otra. Al ver su confianza inquebrantable, comprendían que había esperanza; sabían que Dios era su amigo y seguía guiándole.
Abrahán no podía explicar la dirección de la Providencia; sus esperanzas no se habían cumplido; pero mantuvo su confianza en la promesa: "Y bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición." (Gén. 12:2.) Con oraciones fervientes consideró la manera de preservar la vida de su pueblo y de su ganado, pero no permitió que las circunstancias 122 perturbaran su fe en la palabra de Dios. Para escapar del hambre fue a Egipto. No abandonó a Canaán, ni tampoco en su extrema necesidad se volvió a la tierra de Caldea de la cual había venido, donde no habla escasez de pan; sino que buscó refugio temporal tan cerca como fuese posible de la tierra prometida, con la intención de regresar pronto al sitio donde Dios le había puesto.
En su providencia, el Señor proporcionó esta prueba a Abrahán para enseñarle lecciones de sumisión, paciencia y fe, lecciones que habían de conservarse por escrito para beneficio de todos los que posteriormente iban a ser llamados a soportar aflicciones. Dios dirige a sus hijos por senderos que ellos desconocen; pero no olvida ni desecha a los que depositan su confianza en él. Permitió que Job fuese atribulado pero no le abandonó. Consintió en que el amado Juan fuese desterrado a la solitaria isla de Patmos, pero el Hijo de Dios le visitó allí, y pudo ver escenas de gloria inmortal.
Dios permite que las pruebas asedien a los suyos, para que mediante su constancia y obediencia puedan enriquecerse espiritualmente, y para que su ejemplo sea una fuente de poder para otros. "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal." (Jer. 29: 11.) Los mismos sufrimientos que prueban más severamente nuestra fe, y que nos hacen pensar que Dios nos ha olvidado, sirven para llevarnos más cerca de Cristo, para que echemos todas nuestras cargas a sus pies, y para que sintamos la paz que nos ha de dar en cambio.
Dios probó siempre a su pueblo en el crisol de la aflicción. Es en el fuego del crisol donde la escoria se separa del oro puro del carácter cristiano. Jesús vigila la prueba; él sabe qué se necesita para purificar el precioso metal, a fin de que refleje la luz de su amor. Es mediante pruebas estrictas y reveladoras cómo Dios disciplina a sus siervos. El ve que algunos tienen aptitudes que pueden usarse en el progreso de su obra, y los somete a pruebas. En su providencia, los 123 coloca en situaciones que prueban su carácter, y revelan defectos y debilidades que estaban ocultos para ellos mismos. Les da la oportunidad de corregir estos defectos, y de prepararse para su servicio. Les muestra sus propias debilidades, y les enseña a depender de él; pues él es su única ayuda y salvaguardia. Así se alcanza su propósito. Son educados, adiestrados, disciplinados y preparados para cumplir el gran propósito para el cual recibieron sus capacidades. Cuando Dios los llama a obrar, están listos, y los ángeles pueden ayudarles en la obra que debe hacerse en la tierra.
Durante su estada en Egipto, Abrahán dio evidencias de que no estaba libre de la imperfección y la debilidad humanas. Al ocultar el hecho de que Sara era su esposa, reveló desconfianza en el amparo divino, una falta de esa fe y ese valor elevadísimos tan noble y frecuentemente manifestados en su vida. Sara era una "mujer hermosa de vista," y Abrahán no dudó de que los egipcios de piel obscura codiciarían a la hermosa extranjera, y que para conseguirla, no tendrían escrúpulos en matar a su esposo. Razonó que no mentía al presentar a Sara como su hermana; pues ella era hija de su padre, aunque no de su madre. Pero este ocultamiento de la verdadera relación que existía entre ellos era un engaño. Ningún desvío de la estricta integridad puede merecer la aprobación de Dios. A causa de la falta de fe de Abrahán, Sara se vio en gran peligro. El rey de Egipto, habiendo oído hablar de su belleza, la hizo llevar a su palacio, pensando hacerla su esposa. Pero el Señor, en su gran misericordia, protegió a Sara, enviando plagas sobre la familia real. Por este medio supo el monarca la verdad del asunto, e indignado por el engaño de que había sido objeto, devolvió su esposa a Abrahán reprendiéndole así: "¿Qué es esto que has hecho conmigo? . . . ¿Por qué dijiste: Es mi hermana, poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer? Ahora pues, he aquí tu mujer, tómala y vete." (Gén. 12:11, 18, 19.)
Abrahán había sido muy favorecido por el rey; y aun 124 ahora Faraón no permitió que se le hiciese daño a él o a su compañía, sino que ordenó que una guardia los condujese con seguridad fuera de sus dominios. En ese tiempo se promulgaron leyes que prohibían a los egipcios relacionarse con pastores extranjeros en actos familiares, tales como comer o beber juntos. La despedida que Faraón dio a Abrahán fue amable y generosa; pero le pidió que saliera de Egipto, pues no se atrevía a permitirle permanecer en el país. Sin saberlo, el rey había estado a punto de hacerle un gran daño; pero Dios se había interpuesto, y había salvado al monarca de cometer tan gran pecado. Faraón vio en este extranjero a un hombre honrado por el Dios del cielo, y temió tener en su reino a una persona que tan evidentemente gozaba del favor divino. Si Abrahán se quedaba en Egipto, su creciente riqueza y honor podrían despertar la envidia y la codicia de los egipcios, quienes podrían causarle algún daño, por el cual el monarca sería considerado responsable, y que podría atraer nuevamente plagas sobre la familia real.
La amonestación dada a Faraón resultó ser una protección para Abrahán en sus relaciones futuras con los pueblos paganos; pues el asunto no pudo conservarse en secreto. Era evidente que el Dios a quien Abrahán adoraba protegía a su siervo, y que cualquier daño que se le hiciese sería vengado. Es asunto peligroso dañar a uno de los hijos del Rey del cielo. El salmista se refiere a este capítulo de la experiencia de Abrahán cuando dice, al hablar del pueblo escogido, que Dios "por causa de ellos castigó los reyes. No toquéis, dijo, a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas." (Sal. 105:14, 15.)
Hay una interesante semejanza entre la experiencia de Abrahán en Egipto y la de sus descendientes siglos después. En ambos casos, fueron a Egipto a causa del hambre y moraron allí y, a causa de los juicios divinos en su favor, los egipcios los temieron, y los descendientes de Abrahán salieron al fin enriquecidos por los obsequios de los paganos. 125

10. La Torre de Babel

PARA repoblar la tierra, de la cual el diluvio había barrido toda corrupción moral, Dios había preservado una sola familia, la casa de Noé, a quien había manifestado: "A ti he visto justo delante de mí en esta generación." (Gén. 7:1.) Sin embargo, entre los tres hijos de Noé pronto se desarrolló la misma gran distinción que se había visto en el mundo antediluviano. En Sem, Cam y Jafet, quienes habían de ser los fundadores del linaje humano, se pudo prever el carácter de sus descendientes.
Hablando por inspiración divina. Noé predijo la historia de las tres grandes razas que habrían de proceder de estos padres de la humanidad. Al hablar de los descendientes de Cam, refiriéndose al hijo más que al padre, manifestó Noé: "Maldito sea Canaán, siervo de siervos será a sus hermanos." (Gén. 9:25.) El monstruoso crimen de Cam demostró que hacía mucho que la reverencia filial había desaparecido de su alma, y reveló la impiedad y la vileza de su carácter. Estas perversas características se perpetuaron en Canaán y su posteridad, cuya continua culpabilidad atrajo sobre ellos el juicio de Dios.
En cambio, la reverencia manifestada por Sem y Jafet hacia su padre y hacia los divinos estatutos, prometía un futuro más brillante a sus descendientes. Acerca de esto hijos fue declarado: "Bendito Jehová el Dios de Sem, y séale Canaán siervo. Engrandezca Dios a Japhet, y habite en las tiendas de Sem, y séale Canaán siervo." (Vers. 26, 27.) El linaje de Sem iba a ser el del pueblo escogido, del pacto de Dios, del Redentor prometido. Jehová fue el Dios de Sem. De él iban a descender Abrahán y el pueblo de Israel, por 111 medio del cual habría de venir Cristo. "Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová." (Sal. 144:15) Y Jafet "habite en las tiendas de Sem." Los descendientes de Jafet habían de disfrutar muy especialmente de las bendiciones del Evangelio.
La posteridad de Canaán bajó hasta las formas más degradantes del paganismo. A pesar de que la maldición profética los había condenado a la esclavitud, la condena fue aplazada durante siglos. Dios sobrellevó su impiedad y corrupción hasta que traspasaron los límites de la paciencia divina. Entonces fueron desposeídos, y llegaron a ser esclavos de los descendientes de Sem y de Jafet.
La profecía de Noé no fue una denuncia arbitraria y airada ni una declaración de favoritismo. No fijó el carácter y el destino de sus hijos. Pero reveló cuál sería el resultado de la conducta que habían escogido individualmente, y el carácter que habían desarrollado. Fue una expresión del propósito de Dios hacia ellos y hacia. su posteridad, en vista de su propio carácter y conducta. Generalmente, los niños heredan la disposición y las tendencias de sus padres, e imitan su ejemplo; de manera que los pecados de los padres son cometidos por los hijos de generación en generación. Así la vileza y la irreverencia de Cam se reprodujeron en su posteridad y le acarrearon maldición durante muchas generaciones. "Un pecador destruye mucho bien." (Ecl. 9:18.)
Por otro lado, ¡cuán ricamente fue premiado el respeto de Sem hacia su padre; y qué ilustre serie de hombres santos se ve en su posteridad! "Conoce Jehová los días de los perfectos," "y su simiente es para bendición." "Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta las mil generaciones." (Sal 37:18, 26, Deut 7:9.)
Durante algún tiempo, los descendientes de Noé continuaron habitando en las montañas donde el arca se había detenido. A medida que se multiplicaron, la apostasía no tardó en causar división entre ellos. Los que deseaban olvidar 112 a su Creador y desechar las restricciones de su ley, tenían por constante molestia las enseñanzas y el ejemplo de sus piadosos compañeros; y después de un tiempo decidieron separarse de los que adoraban a Dios. Para lograr su fin, emigraron a la llanura de Sinar, que estaba a orillas del río Éufrates. Les atraían la hermosa ubicación y la fertilidad del terreno, y en esa llanura resolvieron establecerse.
Decidieron construir allí una ciudad, y en ella una torre de tan estupenda altura que fuera la maravilla del mundo. Estas empresas fueron ideadas para impedir que la gente se esparciera en colonias. Dios había mandado a los hombres que se diseminaran por toda la tierra, que la poblaran y que se enseñoreasen de ella; pero estos constructores de la torre de Babel decidieron mantener su comunidad unida en un solo cuerpo, y fundar una monarquía que a su tiempo abarcara toda la tierra. Así su ciudad se convertiría en la metrópoli de un imperio universal; su gloria demandaría la admiración y el homenaje del mundo, y haría célebres a sus fundadores. La magnífica torre, que debía alcanzar hasta los cielos, estaba destinada a ser algo así como un monumento del poder y sabiduría de sus constructores, para perpetuar su fama hasta las últimas generaciones.
Los moradores de la llanura de Sinar no creyeron en el pacto de Dios que prometía no traer otro diluvio sobre la tierra. Muchos de ellos negaban la existencia de Dios, y atribuían el diluvio a la acción de causas naturales. Otros creían en un Ser supremo, que había destruido el mundo antediluviano; y sus corazones, como el de Caín, se rebelaban contra él. Uno de sus fines, al construir la torre, fue el de alcanzar seguridad si ocurría otro diluvio. Creyeron que, construyendo la torre hasta una altura mucho más elevada que la que habían alcanzado las aguas del diluvio, se hallarían fuera de toda posibilidad de peligro. Y al poder ascender a la región de las nubes, esperaban descubrir la causa del diluvio. Toda la empresa tenía por objeto exaltar aun más 113 el orgullo de quienes la proyectaron, apartar de Dios las mentes de las generaciones futuras, y llevarlas a la idolatría.
Adelantada la construcción de la torre, parte de ella fue habitada por los edificadores. Otras secciones, magníficamente amuebladas y adornadas, las destinaron a sus ídolos. El pueblo se regocijaba en su éxito, loaba a dioses de oro y plata, y se obstinaba contra el Soberano del cielo y la tierra.
De repente, la obra que había estado avanzando tan prósperamente fue interrumpida. Fueron enviados ángeles para anular los propósitos de los edificadores. La torre había alcanzado una gran altura, y por ese motivo les era imposible a los trabajadores que estaban arriba comunicarse directamente con los de abajo; por lo tanto, fueron colocados hombres en diferentes puntos para recibir y transmitir al siguiente las órdenes acerca del material que se necesitaba, u otras instrucciones tocante a la obra. Al pasar los mensajes de uno a otro, el lenguaje se les confundía de modo que pedían un material que no se necesitaba, y las instrucciones dadas eran a menudo contrarias a las recibidas. Esto produjo confusión y consternación. Toda la obra se detuvo. No había armonía ni cooperación. Los edificadores no podían explicarse aquellas extrañas equivocaciones entre ellos, y en su ira y desengaño se dirigían reproches unos a otros. Su unión terminó en lucha y en derramamiento de sangre. Como prueba del desagrado de Dios, cayeron rayos del cielo que destruyeron la parte superior de la torre y la derribaron. Se hizo sentir a los hombres que hay un Dios que reina en los cielos.
Hasta esa época, todos los hombres habían hablado el mismo idioma; ahora los que podían entenderse se reunieron en grupos y unos tomaron un camino, y otros otro. "Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra." (Gén. 11:8.) Esta dispersión obligó a los hombres a poblar la tierra, y el propósito de Dios se alcanzó por el medio empleado por ellos para evitarlo.
Pero ¡a costa de cuánta pérdida para los que se habían 114 levantado contra Dios! Era el propósito del Creador que a medida que los hombres fuesen a fundar naciones en distintas partes de la tierra, llevasen consigo el conocimiento de su voluntad, y que la luz de la verdad alumbrara a las generaciones futuras. Noé, el fiel predicador de la justicia, vivió trescientos cincuenta años después del diluvio, Sem vivió quinientos años, y sus descendientes tuvieron así oportunidad de conocer los requerimientos de Dios y la historia de su trato con sus padres. Pero no quisieron escuchar estas verdades desagradables; no querían retener a Dios en su conocimiento, y en gran medida la confusión de lenguas les impidió comunicarse con quienes podrían haberles ilustrado.
Los constructores de la torre de Babel habían manifestado un espíritu de murmuración contra Dios. En vez de recordar con gratitud su misericordia hacia Adán, y su bondadoso pacto con Noé, se habían quejado de su severidad al expulsar a la primera pareja del Edén y al destruir al mundo mediante un diluvio. Pero mientras murmuraban contra Dios calificándolo de arbitrario y severo, estaban aceptando la soberanía del más cruel de los tiranos. Satanás trató de acarrear menosprecio sobre las ofrendas expiatorias que prefiguraban la muerte de Cristo; y a medida que la mente de los hombres iba entenebreciéndose con la idolatría, los indujo a falsificar estas ofrendas, y a sacrificar sus propios hijos sobre los altares de sus dioses. A medida que los hombres se alejaban de Dios, los atributos divinos: la justicia, la pureza y el amor, fueron reemplazados por la opresión, la violencia y la brutalidad.
Los hombres de Babel habían decidido establecer un gobierno independiente de Dios. Sin embargo, había algunos entre ellos que temían al Señor, pero, que habían sido engañados por las pretensiones de los impíos, y enredados por sus ardides. Por amor a éstos el Señor retardó sus juicios, y dio tiempo a los seres humanos para que revelasen su carácter verdadero. A medida que esto se cumplía, los hijos de Dios trabajaban por hacerles cambiar su propósito; pero los hombres 115 estaban completamente unidos en su atrevida empresa contra el cielo. Si no se los hubiese reprimido, habrían desmoralizado al mundo cuando todavía era joven. Su confederación se fundó en la rebelión; era un reino que se establecía para el ensalzamiento propio, en el cual Dios no iba a tener soberanía ni honor. Si se hubiese permitido esta confederación, un formidable poder habría procurado desterrar la justicia, la paz, la felicidad y la seguridad de este mundo. En lugar del estatuto divino que es "santo, y justo, y bueno" (Rom. 7:12), los hombres estaban tratando de establecer leyes que satisficieran su propio corazón cruel y egoísta.
Los que temían al Señor le imploraron que intercediese. "Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres." (Gén. 11:5.) Por misericordia hacia el mundo, Dios frustró el propósito de los edificadores de la torre, y derrumbó el monumento de su osadía. Por misericordia, confundió su lenguaje y estorbó sus propósitos de rebelión.
Dios soporta pacientemente la perversidad de los hombres, dándoles amplia oportunidad para arrepentirse; pero toma en cuenta todos sus ardides para resistir la autoridad de su justa y santa ley. De vez en cuando la mano invisible que empuñaba el centro del gobierno se extiende para reprimir la iniquidad. Se da evidencia inequívoca de que el Creador del universo, el que es infinito en sabiduría, amor y verdad, es el Gobernante supremo del cielo y de la tierra, cuyo poder nadie puede desafiar impunemente.
Los planes de los constructores de la torre de Babel terminaron en vergüenza y derrota. El monumento de su orgullo sirvió para conmemorar su locura. Pero los hombres siguen hoy el mismo sendero, confiando en sí mismos y rechazando la ley de Dios. Es el principio que Satanás trató de practicar en el cielo, el mismo que siguió Caín al presentar su ofrenda.
Hay constructores de torres en nuestros días. Los incrédulos formulan sus teorías sobre supuestas deducciones de la 116 ciencia, y rechazan la palabra revelada de Dios. Pretenden juzgar el gobierno moral de Dios; desprecian su ley y se jactan de la suficiencia de la razón humana. Y, "porque no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos lleno para hacer mal." (Ecl. 8: 11.)
En el mundo que profesa ser cristiano, muchos se alejan de las claras enseñanzas de la Sagrada Escritura y construyen un credo fundado en especulaciones humanas y fábulas agradables; y señalan su torre como una manera de subir al cielo. Los hombres penden admirados de los labios elocuentes, que enseñan que el transgresor no morirá, que la salvación se puede obtener sin obedecer a la ley de Dios. Si los que profesan ser discípulos de Cristo aceptaran las normas de Dios, se unirían entre sí, pero mientras se ensalce la sabiduría humana sobre la santa Palabra, habrá divisiones y disensiones. La confusión existente entre los credos y sectas contrarias se representa adecuadamente por el término "Babilonia," que la profecía aplica a las iglesias mundanas de los últimos días.
Muchos procuran hacerse un cielo adquiriendo riquezas y poder. "Hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería" (Sal 73: 8), pisotean los derechos humanos, y desprecian la autoridad divina. Podrán los orgullosos ejercer momentáneamente gran poder y tener éxito en todas sus empresas; pero al fin sólo encontrarán desilusión y miseria.
El tiempo de la investigación de Dios ha llegado. El Altísimo descenderá para ver lo que los hijos de los hombres han construido. Su poder soberano se revelará; las obras del orgullo humano serán abatidas. "Desde los cielos miró Jehová; vio a todos los hijos de los hombres: desde la morada de su asiento miró sobre todos los moradores de la tierra." "Jehová hace nulo el consejo de las gentes, y frustra las maquinaciones de los pueblos. El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones." (Sal. 33: 13, 14, 10, 11.) 117

9. La Semana Literal

ASÍ COMO el sábado, la semana se originó al tiempo de la creación, y fue conservada y transmitida a nosotros a través de la historia bíblica. Dios mismo dio la primera semana como modelo de las subsiguientes hasta el fin de los tiempos. Como las demás, consistió en siete días literales. Se emplearon seis días en la obra de la creación; y en el séptimo, Dios reposó y luego bendijo ese día y lo puso aparte como día de descanso para el hombre.
En la ley dada en el Sinaí, Dios reconoció la semana y los hechos sobre los cuales se funda. Después de dar el mandamiento: "Acuérdate de Santificar el día de sábado" (Exo. 20:8, V. Torres Amat), y después de estipular lo que debe hacerse durante los seis días, y lo que no debe hacerse el día séptimo, manifiesta la razón por la cual ha de observarse así la semana, recordándonos su propio ejemplo: "Por cuanto el Señor en seis días hizo el cielo, y la tierra, y el mar, y todas las cosas que hay en ellos, y descansó en el día séptimo: por esto bendijo el Señor el día sábado, y le santificó." (Vers. 11.) Esta razón resulta plausible cuando entendemos que los días de la creación son literales. Los primeros seis días de la semana fueron dados al hombre para su trabajo, porque Dios empleó el mismo período de la primera semana en la obra de la creación. En el día séptimo el hombre ha de abstenerse de trabajar, en memoria del reposo del Creador.
Pero la suposición de que los acontecimientos de la primera semana requirieron miles y miles de años, ataca directamente los fundamentos del cuarto mandamiento. Representa al Creador como se estuviese ordenando a los hombres que observaran la semana de días literales en memoria de largos 103 e indefinidos períodos. Esto es distinto del método que él usa en su relación con sus criaturas. Hace obscuro e indefinido lo que él ha hecho muy claro. Es incredulidad en la forma más insidiosa y, por lo tanto, más peligrosa; su verdadero carácter está disfrazado de tal manera que la sostienen y enseñan muchos que dicen creer en la Sagrada Escritura.
"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca.... Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." (Sal. 33:6, 9.) La Sagrada Escritura no reconoce largos períodos en los cuales la tierra fue saliendo lentamente del caos. Acerca de cada día de la creación, las Santas Escrituras declaran que consistía en una tarde y una mañana, como todos los demás días que siguieron desde entonces. Al fin de cada día se da el resultado de la obra del Creador. Y al terminar la narración de la primera semana se dice: "Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron criados".(Gén. 2:4.) Pero esto no implica que los días de la creación fueron algo más que días literales. Cada día se llama un origen, porque Dios originó o produjo en él una parte nueva de su obra.
Los geólogos alegan que en la misma tierra se encuentra la evidencia de que ésta es mucho más vieja de lo que enseña el relato mosaico. Han descubierto huesos de seres humanos y de animales, así como también instrumentos bélicos, árboles petrificados, etc., mucho mayores que los que existen hoy día, o que hayan existido durante miles de años, y de esto infieren que la tierra estaba poblada mucho tiempo antes de la semana de la creación de la cual nos habla la Escritura, y por una raza de seres de tamaño muy superior al de cualquier hombre de la actualidad. Semejante razonamiento ha llevado a muchos que aseveran creer en la Sagrada Escritura a aceptar la idea de que los días de la creación fueron períodos largos e indefinidos.
Pero sin la historia bíblica, la geología no puede probar nada. Los que razonan con tanta seguridad acerca de sus 104 descubrimientos, no tienen una noción adecuada del tamaño de los hombres, los animales y los árboles antediluvianos, ni de los grandes cambios que ocurrieron en aquel entonces. Los vestigios que se encuentran en la tierra dan evidencia de condiciones que en muchos respectos eran muy diferentes de las actuales; pero el tiempo en que estas condiciones imperaron sólo puede saberse mediante la Sagrada Escritura. En la historia del diluvio, la inspiración divina ha explicado lo que la geología sola jamás podría desentrañar. En los días de Noé, hombres, animales y árboles de un tamaño muchas veces mayor que el de los que existen actualmente, fueron sepultados y de esa manera preservados para probar a las generaciones subsiguientes que los antediluvianos perecieron por un diluvio, Dios quiso que el descubrimiento de estas cosas se estableciese la fe de los hombres en la historia sagrada; pero éstos, con su vano raciocinio, caen en el mismo error en que cayeron los antediluvianos: al usar mal las cosas que Dios les dio para su beneficio, las tornan en maldición.
Uno de los ardides de Satanás consiste en lograr que los hombres acepten las fábulas de los incrédulos; pues así puede obscurecer la ley de Dios, muy clara en sí misma, y envalentonar a los hombres para que se rebelen contra el gobierno divino. Sus esfuerzos van dirigidos especialmente contra el cuarto mandamiento, porque éste señala tan claramente al Dios vivo, Creador del cielo y de la tierra.
Algunos realizan un esfuerzo constante para explicar la obra de la creación como resultado de causas naturales; y, en abierta oposición a las verdades consignadas en la Sagrada Escritura, el razonamiento humano es aceptado aun por personas que se dicen cristianas. Hay quienes se oponen al estudio e investigación de las profecías, especialmente las de Daniel y del Apocalipsis, diciendo que éstas son tan obscuras que no las podemos comprender; no obstante, estas mismas personas reciben ansiosamente las suposiciones de los geólogos, que están en contradicción con el relato de Moisés. Pero 105 si lo que Dios ha revelado es tan difícil de comprender, ¡cuán ilógico es aceptar meras suposiciones en lo que se refiere a cosas que él no ha revelado!
"Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre." (Deut. 29:29.) Nunca reveló Dios al hombre la manera precisa en que llevó a cabo la obra de la creación; la ciencia humana no puede escudriñar los secretos del Altísimo. Su poder creador es tan incomprensible como su propia existencia.
Dios ha permitido que raudales de luz se derramasen sobre el mundo, tanto en las ciencias como en las artes; pero cuando los llamados hombre de ciencia tratan estos asuntos desde el punto de vista meramente humano, llegan a conclusiones erróneas. Puede ser inocente el especular más allá de lo que Dios ha revelado, si nuestras teorías no contradicen los hechos de la Sagrada Escritura; pero los que dejan a un lado la Palabra de Dios y pugnan por explicar de acuerdo con principios científicos las obras creadas, flotan sin carta de navegación, o sin brújula, en un océano ignoto.
Aun los cerebros más notables, si en sus investigaciones no son dirigidos por la Palabra de Dios, se confunden en sus esfuerzos por delinear las relaciones de la ciencia y la revelación. Debido a que el Creador y sus obras les resultan tan incomprensibles que se ven incapacitados para explicarlos mediante las leyes naturales, consideran la historia bíblica como algo indigno de confianza. Los que dudan de la certeza de los relatos del Antiguo Testamento y del Nuevo serán inducidos a dar un paso más y a dudar de la existencia de Dios, y luego, habiendo perdido sus anclas, se verán entregados a su propia suerte para encallar finalmente en las rocas de la incredulidad.
Estas personas han perdido la sencillez de la fe. Debería existir una fe arraigada en la divina autoridad de la Santa Palabra de Dios. La Sagrada Escritura no se ha de juzgar de 106 acuerdo con las ideas científicas de los hombres. La sabiduría humana es una guía en la cual no se puede confiar. Los escépticos que leen la Sagrada Escritura para poder sutilizar acerca de ella, pueden, mediante una comprensión imperfecta de la ciencia o de la revelación, sostener que encuentran contradicciones entre una y otra; pero cuando se entienden correctamente, se las nota en perfecta armonía. Moisés escribió bajo la dirección del Espíritu de Dios; y una teoría geológica correcta no presentará descubrimientos que no puedan conciliarse con los asertos así inspirados. Toda verdad, ya sea en la naturaleza o en la revelación, es consecuente consigo misma en todas sus manifestaciones.
En la Palabra de Dios hay muchas interrogaciones que los más profundos erudito no pueden contestar. Se nos llama la atención a estos asuntos para mostrarnos que, aun en las cosas comunes de la vida diaria, es mucho lo que las mentes finitas, con toda su jactanciosa sabiduría, no podrán jamás comprender en toda su plenitud.
Sin embargo, los hombres de ciencia creen que ellos pueden comprender la sabiduría de Dios, lo que él ha hecho y lo que puede hacer. Se ha generalizado mucho la idea de que Dios está restringido por sus propias leyes. Los hombres niegan o pasan por alto su existencia, o piensan que pueden explicarlo todo, aun la acción de su Espíritu sobre el corazón humano; y ya no reverencian su nombre ni temen su poder. No comprendiendo las leyes de Dios ni el poder infinito de él para hacer efectiva su voluntad mediante ellas, no creen en lo sobrenatural. Comúnmente, la expresión "leyes de la naturaleza" abarca lo que el hombre ha podido descubrir acerca de las leyes que gobiernan el mundo físico; pero ¡cuán limitada es la sabiduría del hombre, y cuán vasto el campo en el cual el Creador puede obrar, en armonía con sus propias leyes, y sin embargo, enteramente más allá de la comprensión de los seres finitos!
Muchos enseñan que la materia posee poderes vitales, que 107 se le impartieron ciertas propiedades y que se la dejó luego actuar mediante su propia energía inherente; y que las operaciones de la naturaleza se llevan a cabo en conformidad con leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede intervenir. Esta es una ciencia falsa, y no está respaldada por la Palabra de Dios. La naturaleza es la sierva de su Creador. Dios no anula sus leyes, ni tampoco obra contrariándolas: las usa continuamente como sus instrumentos. La naturaleza atestigua que hay una inteligencia, una presencia y una energía activa, que obran dentro de sus leyes y mediante ellas. Existe en la naturaleza la acción del Padre y del Hijo. Cristo dice: "Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro." (Juan 5:17.)
Los levitas, en su himno registrado por Nehemías, cantaban: "Tú, oh Jehová, eres solo; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, y toda su milicia, la tierra y todo lo que está en ella, . . . tú vivificas todas estas cosas." (Neh. 9:6.)
En cuanto se refiere a este mundo, la obra de la creación de Dios está terminada, pues fueron "acabadas las obras desde el principio del mundo." (Heb. 4:3.) Pero su energía sigue ejerciendo su influencia para sustentar los objetos de su creación. Una palpitación no sigue a la otra, y un hálito al otro, porque el mecanismo que una vez se puso en marcha continúe accionando por su propia energía inherente; sino que todo hálito, toda palpitación del corazón es una evidencia del completo cuidado que tiene de todo lo creado Aquel en quien "vivimos, y nos movemos, y somos." (Hech. 17:28.) No es en virtud de alguna fuerza inherente que año tras año la tierra produce sus abundantes cosechas y que continúa su movimiento alrededor del sol. La mano de Dios dirige los planetas, y los mantiene en su puesto en su ordenada marcha a través de los cielos. "El saca por cuenta su ejército: a todas llama por sus nombres; ninguna faltará: tal es la grandeza de su fuerza, y su poder y virtud." (Isa. 40:26.) En virtud de su poder la vegetación florece, aparecen las hojas y las flores se abren. Es él quien "hace a los montes producir hierba," 108 por su poder los valles se fertilizan. Todas las bestias de los bosques piden a Dios su alimento, y toda criatura viviente, desde el diminuto insecto hasta el hombre, dependen diariamente de su divina providencia. Según las hermosas palabras del salmista: "Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, hártanse de bien."Su Palabra controla los elementos, él cubre los cielos de nubes y prepara la lluvia para la tierra. "El da la nieve como lana, derrama la escarcha como ceniza." "A su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo, y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos." (Sal. 147:8, 16; 104:27, 28; Jer. 10:13.)
Dios es el fundamento de todas las cosas. Toda verdadera ciencia está en armonía con sus obras; toda verdadera educación nos induce a obedecer a su gobierno. La ciencia abre nuevas maravillas ante nuestra vista, se remonta alto, y explora nuevas profundidades; pero de su búsqueda no trae nada que esté en conflicto con la divina revelación. La ignorancia puede tratar de respaldar puntos de vista falsos con respecto a Dios veliéndose para ello de la ciencia; pero el libro de la naturaleza y la Palabra escrita se iluminan mutuamente. De esa manera somos inducidos a adorar al Creador, y confiar con inteligencia en su Palabra.
Ninguna mente finita puede comprender plenamente la existencia, el poder, la sabiduría, o las obras del Infinito. El escritor sagrado dice: "¿Alcanzarás tú el rastro de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alto que los cielos: ¿qué harás? es más profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás? Su dimensión es mas larga que la tierra, y más ancha que la mar." (Job 11:7-9.) Los intelectos más poderosos de la tierra no pueden comprender a Dios. Los hombres podrán investigar y aprender siempre; pero habrá siempre un infinito inalcanzable para ellos.
Sin embargo, las obras de la creación dan testimonio de la 109 grandeza y del poder de Dios. "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos." (Sal. 19:1.) Los que reciben la Palabra escrita cono su consejera encontrarán en la ciencia un auxiliar para comprender a Dios. "Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas." (Rom. 1:20.) 110

8. Después del Diluvio

LAS AGUAS subieron quince codos sobre las más altas montañas. A menudo le pareció a la familia que ocupaba el arca que todos perecerían, pues durante cinco largos meses su buque flotó de un lado para otro, aparentemente a merced del viento y las olas. Fue una prueba grave; pero la fe de Noé no vaciló, pues tenía la seguridad de que la mano divina empuñaba el timón.
Cuando las aguas comenzaron a bajar, el Señor guió el arca hacia un lugar protegido por un grupo de montañas conservadas por su poder. Estas montañas estaban muy poco separadas entre sí, y el arca se mecía este quieto refugio, sin que el inmenso océano la agitara ya. Esto alivió a los cansados y sacudidos viajeros.
Noé y su familia esperaban ansiosamente que bajasen las aguas; pues anhelaban volver a pisar tierra firme. Cuarenta días después que se hicieron visibles las cimas de las montañas, enviaron un cuervo, ave de olfato delicado, para ver si la tierra ya estaba seca. No encontrando más que agua, el ave continuo yendo y viniendo. Siete días después, se envió una paloma, la cual al no encontrar dónde posarse, regresó al arca. Noé esperó siete días más, y nuevamente envió la paloma. Cuando ésta regresó por la tarde con una hoja de olivo en el pico, hubo gran alborozo en el arca. Más tarde "quitó Noé la cubierta del arca, y miró, y he aquí que la faz de la tierra estaba enjuta." (Gén. 8:13.) Todavía esperó pacientemente dentro del arca. Como había entrado obedeciendo un mandato de Dios, esperó hasta recibir instrucciones especiales para salir.
Finalmente descendió un ángel del cielo, abrió la maciza 96 puerta y mandó al patriarca y a su familia que saliesen a tierra, y llevasen consigo todo ser viviente. En su regocijo por verse libre, Noé no se olvidó de Aquel en virtud de cuyo misericordioso cuidado habían sido protegidos. Su primer acto después de salir del arca fue construir un altar y ofrecer un sacrificio de toda clase de bestias y aves limpias, con lo que manifestó su gratitud hacia Dios por su liberación, y su fe en Cristo, el gran sacrificio. Esta ofrenda agradó al Señor y de esto se derivó una bendición, no sólo para el patriarca y su familia, sino también para todos los que habrían de vivir en la tierra. "Y percibió Jehová olor de suavidad; y dijo Jehová en su corazón: No tornaré más a maldecir la tierra por causa del hombre.... Todavía serán todos los tiempos de la tierra; la sementera y la siega, y el frío y calor, verano e invierno, y día y noche, no cesarán." (Vers. 21, 22.)
En esto había una lección para las futuras generaciones. Noé había tornado a una tierra desolada; pero antes de preparar una casa para sí, construyó un altar para Dios. Su ganado era poco, y había sido conservado con gran esfuerzo. No obstante, con alegría dio una parte al Señor, en reconocimiento de que todo era de él. Asimismo nuestro primer deber consiste en dar a Dios nuestras ofrendas voluntarias. Toda manifestación de su misericordia y su amor hacia nosotros debe ser reconocida con gratitud, mediante actos de devoción y ofrendas para su obra.
Para evitar que las nubes y las lluvias llenasen a los hombres de constante terror, por temor a otro diluvio, el Señor ánimo a la familia de Noé mediante una promesa: "Estableceré mi pacto con vosotros, . . . ni habrá más diluvio para destruir la tierra.... Mi arco pondré en las nubes, el cual será por señal de convenio entre mi y la tierra. Y será que cuando haré venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes, . . . y verlo he para acordarme del pacto perpetuo entre Dios y toda alma viviente." (Gén. 9:11-16.) 97
¡Cuán grandes fueron la condescendencia y compasión que Dios manifestó hacia sus criaturas descarriadas al colocar el bello arco iris en las nubes como señal de su pacto con el hombre! El Señor declaró que al ver el arco iris recordaría su pacto. Esto no significa que pudiera olvidarlo, sino que nos habla en nuestro propio lenguaje, para que podamos comprenderle mejor. Quería el Señor que cuando los niños de las generaciones futuras preguntasen por el significado del glorioso arco que se extiende por el cielo, sus padres les repitiesen la historia del diluvio, y les explicasen que el Altísimo había combado el arco, y lo había colocado en las nubes para asegurarles que las aguas no volverían jamás a inundar la tierra. Así sería el arco iris, de generación en generación, un testimonio del amor divino hacia el hombre, y fortalecería su confianza en Dios.
En el cielo una semejanza del arco iris rodea el trono nimba la cabeza de Cristo. El profeta dice: "Cual parece el arco del cielo que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor alrededor [del trono]. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová." (Eze. 1:28.) Juan el revelador declara: "Y he aquí, un trono que estaba puesto en el cielo, y sobre el trono estaba uno sentado. . . . Y un arco celeste había alrededor del trono, semejante en el aspecto a la esmeralda." (Apoc. 4:2, 3.) Cuando por su impiedad el hombre provoca los juicios divinos, el Salvador intercede ante el Padre en su favor y señala el arco en las nubes, el arco iris que está en torno al trono y sobre su propia cabeza, como recuerdo de la. misericordia de Dios hacia el pecador arrepentido.
A la seguridad dada a Noé respecto al diluvio, Dios mismo ligó una de las más preciosas promesas de su gracia: "Juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré. Porque los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, 98 dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti." (Isa. 54: 9, 10.)
Cuando Noé vio las poderosas fieras que salían con él del arca, temió que su familia, compuesta de ocho personas solamente, fuese devorada por ellas. Pero el Señor envió un ángel a su siervo con este mensaje de seguridad: "Y vuestro temor y vuestro pavor será sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se moverá en la tierra, y en todos los peces del mar: en vuestra mano son entregados. Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y hierbas, os lo he dado todo." (Gén. 9: 2, 3.) Antes de ese tiempo, Dios no había permitido al hombre que comiera carne; quería que la raza humana subsistiera enteramente con los productos de la tierra; pero ahora que toda cosa verde había sido destruída, les dio permiso para que consumieran la carne de los animales limpios que habían sido preservados en el arca.
Toda la superficie de la tierra fue cambiada por el diluvio. Una tercera y terrible maldición pesaba sobre ella como consecuencia del pecado. A medida que las aguas comenzaron a bajar, las lomas y las montañas quedaron rodeadas por un vasto y turbio mar. Por doquiera yacían cadáveres de hombres y animales. El Señor no iba a permitir que permaneciesen allí para infectar el aire por su descomposición, y por lo tanto, hizo de la tierra un vasto cementerio, Un viento violento enviado para secar las aguas, las agitó con gran fuerza, de modo que en algunos casos derribaron las cumbres de las montañas y amontonaron árboles, rocas y tierra sobre los cadáveres. De la misma manera la plata y el oro, las maderas escogidas y las piedras preciosas, que habían enriquecido y adornado el mundo antediluviano y que la gente idolatrara, fueron ocultados de los ojos de los hombres. La violenta acción de las aguas amontonó tierra y rocas sobre estos tesoros, y en algunos casos se formaron montañas sobre ellos. Dios vio que cuanto más enriquecía y hacía prosperar a los impíos, tanto más corrompían sus caminos delante de él. 99 Mientras deshonraban y menospreciaban a Dios, habían adorado los tesoros que debieran haberlos inducido a glorificar al bondadoso Dador.
La tierra presentaba un indescriptible aspecto de confusión y desolación. Las montañas, una vez tan bellas en su perfecta simetría, eran ahora quebradas e irregulares. Piedras, riscos y escabrosas rocas estaban ahora diseminados por la superficie de la tierra. En muchos sitios, las colinas y las montañas habían desaparecido, sin dejar huella del sitio en donde habían estado; y las llanuras dieron lugar a cordilleras. Estos cambios eran más pronunciados en algunos lugares que en otros. Donde habían estado los tesoros más valiosos de oro, plata y piedras preciosas, se veían las señales mayores de la maldición, mientras que ésta pesó menos en las regiones deshabitadas y donde había habido menos crímenes.
En ese tiempo inmensos bosques fueron sepultados. Desde entonces se han transformado en el carbón de piedra de las extensas capas de hulla que existen hoy día, y han producido también enormes cantidades de petróleo. Con frecuencia la hulla y el petróleo se encienden y arden bajo la superficie de la tierra. Esto calienta las rocas, quema la piedra caliza, y derrite el hierro. La acción del agua sobre la cal intensifica el calor, y ocasiona terremotos, volcanes y brotes ígneos. Cuando el fuego y el agua entran en contacto con las capas de roca y mineral, se producen terribles explosiones subterráneas, semejantes a truenos sordos. El aire se calienta y se vuelve sofocante. A esto siguen erupciones volcánicas, pero a menudo ellas no dan suficiente escape a los elementos encendidos, que conmueven la tierra. El suelo se levanta entonces y se hincha como las olas de la mar, aparecen grandes grietas, y algunas veces ciudades, aldeas, y montañas encendidas son tragadas por la tierra. Estas maravillosas manifestaciones serán más frecuentes y terribles poco antes de la segunda venida de Cristo y del fin del mundo, como señales de su rápida destrucción. 100
Las profundidades de la tierra son el arsenal del Señor, de donde se sacaron las armas empleadas en la destrucción del mundo antiguo. Las aguas brotaron de la tierra y se unieron a las aguas del cielo para llevar a cabo la obra de desolación. Desde el diluvio, el fuego y el agua han sido instrumentos de Dios para destruir ciudades impías. Estos juicios son enviados para que los que tienen en poco la ley de Dios y pisotean su autoridad, tiemblen ante su poderío, y reconozcan su justa soberanía. Cuando los hombres han visto montañas encendidas arrojando fuego, llamas y torrentes de minerales derretidos, que secaban ríos, cubrían populosas ciudades y regaban por doquiera ruina y desolación, los corazones más valientes se han llenado de terror, y los infieles y blasfemos se han visto obligados a reconocer el infinito poder de Dios.
Los antiguos profetas, al referirse a escenas de esta índole, dijeron: "¡Oh si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes, como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre a tus enemigos, y las gentes temblasen a tu presencia! Cuando, haciendo terriblezas cuales nunca esperábamos, descendiste, fluyeron los montes delante de ti."
"Jehová marcha entre la tempestad y turbión , y las nubes son el polvo de sus pies. El amenaza a la mar, y la hace secar, y agosta todos los ríos." (Isa. 64: 1-3; Nah. 1: 3, 4.)
Las más terribles manifestaciones que el mundo jamás haya visto hasta ahora, serán presenciadas cuando Cristo vuelva por segunda vez. "Los montes tiemblan de él, y los collados se deslíen; y la tierra se abrasa a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. ¿Quién permanecerá delante de su ira? ¿y quién quedará en pie en el furor de su enojo?" "Oh Jehová, inclina tus cielos y desciende: toca los montes, y humeen. Despide relámpagos, y disípalos; envía tus saetas, y contúrbalos." (Nah. 1:5, 6; Sal. 144: 5, 6.)
"Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo." "Entonces fueron 101 hechos relámpagos y voces y truenos; y hubo un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no fue jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra." "Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados. Y cayó del cielo sobre los hombres un grande granizo como del peso de un talento." (Hech. 2: 19; Apoc. 16: 18, 20, 21.)
Cuando se unan los rayos del cielo con el fuego de la tierra, las montañas arderán como un horno, y arrojarán espantosos torrentes de lava, que cubrirán jardines y campos, aldeas y ciudades. Masas incandescentes fundidas arrojadas en los ríos harán hervir las aguas, arrojarán con indescriptible violencia macizas rocas cuyos fragmentos se esparcirán por la tierra. Los ríos se secarán. La tierra se conmoverá; por doquiera habrá espantosos terremotos y erupciones..
Así destruirá Dios a los impíos de la tierra. Pero los justos serán protegidos en medio de estas conmociones, como lo fue Noé en el arca. Dios será su refugio y tendrán confianza bajo sus alas protectoras. El salmista dice: "Porque tú has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal." "Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; ocultaráme en lo reservado de su pabellón." La promesa de Dios es: "Por cuanto en mí ha puesto su voluntad, yo también lo libraré: pondrélo en alto, por cuanto ha conocido mi nombre." (Sal. 91: 9, 10, 14; 27: 5.) 102

7. El Diluvio

EN Los días de Noé pesaba sobre la tierra una doble maldición, como consecuencia de la transgresión de Adán y del asesinato cometido por Caín. No obstante esta circunstancia, la faz de la naturaleza no había cambiado mucho. Había señales evidentes de decadencia, pero la tierra todavía era bella y rica con los regalos de la providencia de Dios. Las colinas estaban coronadas de majestuosos árboles que sostenían los sarmientos cargados del fruto de la vid. Las vastas planicies que semejaban jardines estaban vestidas de suave verdor y endulzadas con la fragancia de miles de flores. Los frutos de la tierra eran de una gran variedad y de una abundancia casi ilimitada. Los árboles superaban en tamaño, belleza y perfecta simetría, a los más hermosos del presente; la madera era de magnífica fibra y de dura substancia, muy parecida a la piedra, y apenas un poco menos durable que ésta. Además, abundaban el oro, la plata y las piedras preciosas.
El linaje humano aun conservaba mucho de su vigor original. Sólo pocas generaciones habían pasado desde que Adán había tenido acceso al árbol que había de prolongar la vida; y la unidad de la existencia del hombre era todavía el siglo. Si aquellas personas dotadas de longevidad hubieran dedicado al servicio de Dios sus excepcionales facultades para hacer planes y ejecutarlos, habrían hecho del nombre de su Creador un motivo de alabanza en la tierra, y habrían cumplido el motivo por el cual él les dio la vida. Pero dejaron de hacerlo. Había muchos gigantes, hombres de gran estatura y fuerza, renombrados por su sabiduría, hábiles para proyectar las más sutiles y maravillosas obras; pero la culpa en 79 que incurrieron al dar rienda suelta a la iniquidad fue proporcional a su pericia y habilidad mentales.
Dios otorgó ricos y variados dones a estos antediluvianos; pero los usaron para glorificarse a sí mismos, y los trocaron en maldición poniendo sus afectos en ellos más bien que en Aquel que se los había dado. Emplearon el oro y la plata, las piedras preciosas y las maderas selectas, en la construcción de mansiones para si y trataron de superarse unos a otros en el embellecimiento de sus moradas con las más hábiles obras del ingenio humano. Sólo procuraban satisfacer los deseos de sus orgullosos corazones, y se aturdían en escenas de placer y perversidad. No deseando conservar a Dios en su memoria, no tardaron en negar su existencia. Adoraban a la naturaleza en lugar de rendir culto al Dios de la naturaleza. Glorificaban al ingenio humano, adoraban las obras de sus propias manos, y enseñaban a sus hijos a postrarse ante imágenes esculpidas.
Construyeron altares a sus ídolos en los verdes campos y bajo la sombra de hermosos árboles. Bosques extensos, que conservaban su follaje siempre verde, eran dedicados al culto de dioses falsos. A estos bosques estaban unidos bellos jardines, con largas y sinuosas avenidas adornadas de árboles cargados de frutos, y de toda clase de estatuas; todo lo cual estaba provisto de cuanto podía agradar a los sentidos y fomentar los voluptuosos deseos del pueblo, y así inducirlo a participar del culto idólatra.
Los hombres eliminaron a Dios de su mente, y adoraron las creaciones de su propia imaginación; y como consecuencia, se degradaron más y más. El salmista describe el efecto producido por la adoración de ídolos sobre quienes la practican. "Como ellos son los que los hacen; cualquiera que en ellos confía." (Sal. 115:8.)
Es una ley del espíritu humano que nos hacemos semejantes a lo que contemplamos. El hombre no se elevará más allá de sus conceptos acerca de la verdad, la pureza y la santidad. Si el espíritu no sube nunca más arriba que el nivel 80 humano, si no se eleva mediante la fe para comprender la sabiduría y el amor infinitos, el hombre irá hundiéndose cada vez más. Los adoradores de falsos dioses revestían a sus deidades de cualidades y pasiones humanas, y rebajaban así sus normas de carácter a la semejanza de la humanidad pecaminosa. Como resultado lógico se corrompieron.
"Y vio Jehová que la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. . . . Y corrompióse la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia." (Gén. 6:5, 11.) Dios había dado a los hombres sus mandamientos como norma de vida, pero su ley fue quebrantada, y como resultado cometieron todos los pecados concebibles. La impiedad de los hombres fue manifiesta y osada, la justicia fue pisoteada en el polvo, y las lamentaciones de los oprimidos ascendieron hasta el cielo.
La poligamia había sido introducida desde temprano, contra la divina voluntad manifestada en el principio. El Señor dio a Adán una mujer, revelando así su órdenes. Pero después de la caída, los hombres prefirieron seguir sus deseos pecaminosos: y como resultado, aumentaron rápidamente los delitos y la desgracia. No se respetaba el vínculo matrimonial ni los derechos de propiedad. Cualquiera que codiciaba las mujeres o los bienes de su prójimo, los tomaba por la fuerza, y los hombres se regocijaban en sus hechos de violencia. Gozaban matando los animales; y el consumo de la carne como alimento los volvía aún más crueles y sedientos de sangre, hasta que llegaron a considerar la vida humana con sorprendente indiferencia.
El mundo estaba en su infancia; no obstante, la iniquidad del género humano se había hecho tan profunda y general que Dios no pudo soportarla más; y dijo: "Raeré los hombres que he creado de sobre la faz de la tierra." (Vers 7; véase el Apéndice, nota 1.) Declaró que su Espíritu no contendería para siempre con la humanidad culpable. Si los hombres no 81cesaban de manchar el mundo y sus ricos tesoros con sus pecados, los borraría de su creación, y destruiría las cosas que con tanta delicia les había brindado; arrebataría las bestias de los campos, y la vegetación que les suministraba abundante abastecimiento de alimentos, y transformaría la bella tierra en un vasto panorama de desolación y ruina.
En medio de la corrupción reinante, Matusalén, Noé y muchos más, trabajaron para conservar el conocimiento del verdadero Dios y para detener la ola del mal. Ciento veinte años antes del diluvio, el Señor, mediante un santo ángel, comunicó a Noé su propósito, y le ordenó que construyese un arca. Mientras la construía, había de predicar que Dios iba a traer sobre la tierra un diluvio para destruir a los impíos, Los que creyesen en el mensaje, y se preparasen para ese acontecimiento mediante el arrepentimiento y la reforma, obtendrían perdón y serían salvos. Enoc habla repetido a sus hijos lo que Dios le habla manifestado tocante al diluvio, y Matusalén y sus hijos, que alcanzaron a oír las prédicas de Noé, le ayudaron en la construcción del arca.
Dios dio a Noé las dimensiones exactas del arca, y explícitas instrucciones acerca de todos los detalles de su construcción. La sabiduría humana no podría haber ideado una estructura de tanta solidez y durabilidad. Dios fue el diseñador, y Noé el maestro constructor. Se construyó como el casco de un barco, para que pudiese flotar en el agua, pero en ciertos aspectos se parecía más a una casa. Tenía tres pisos, con sólo una puerta en un costado. La luz entraba por la parte superior, y las distintas secciones estaban arregladas de tal manera que todas recibían luz. En la construcción del arca se empleó madera de ciprés, que duraría cientos de años. La construcción de esta estructura fue un proceso lento y trabajoso. A pesar de la gran fuerza que poseían los hombres de aquel entonces, debido al gran tamaño de los árboles y la naturaleza de la madera, se necesitaba mucho más tiempo que ahora para prepararla. Se hizo todo lo humanamente 82 posible para que la obra resultase perfecta; sin embargo, el arca de por sí no hubiera podido soportar la tempestad que había de venir sobre la tierra. Sólo Dios podía guardar a sus siervos de las aguas borrascosas.
"Por la fe Noé, habiendo recibido respuesta de cosas que aun no se veían, con temor aparejó el arca en que su casa se salvase: por la cual fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que es por la fe." (Heb. 11:7.) Mientras Noé daba al mundo su mensaje de amonestación, sus obras demostraban su sinceridad. Así se perfeccionó y manifestó su fe. Dio al mundo el ejemplo de creer exactamente lo que Dios dice. Todo lo que poseía lo invirtió en el arca. Cuando empezó a construir aquel inmenso barco en tierra seca, multitudes vinieron de todos los rumbos a ver aquella extraña escena, y a oír las palabras serias y fervientes de aquel singular predicador. Cada martillazo dado en la construcción del arca era un testimonio para la gente.
Al principio, pareció que muchos recibirían la advertencia; sin embargo, no se volvieron a Dios con verdadero arrepentimiento. No quisieron renunciar a sus pecados. Durante el tiempo que precedió al diluvio, su fe fue probada, pero ellos no resistieron esa prueba. Vencidos por la incredulidad reinante, se unieron a sus antiguos camaradas para rechazar el solemne mensaje. Algunos estaban profundamente convencidos, y hubieran atendido la amonestación; pero eran tantos los que se mofaban y los ridiculizaban, que terminaron por participar del mismo espíritu, resistieron a las invitaciones de la misericordia, y pronto se hallaron entre los más atrevidos e insolentes burladores; pues nadie es tan desenfrenado ni se hunde tanto en el pecado como los que una vez conocieron la luz, pero resistieron al Espíritu que convence de pecado.
No todos los hombres de aquella generación eran idólatras en el sentido estricto de la palabra. Muchos profesaban ser adoradores de Dios. Alegaban que sus ídolos eran imágenes de la Deidad, y que por su medio el pueblo podía formarse 83 una concepción más clara del Ser divino. Esta clase sobresalía en el menosprecio del mensaje de Noé. Al tratar de representar a Dios mediante objetos materiales, cegaron sus mentes en lo que respectaba a la majestad y al poder del Creador; dejaron de comprender la santidad de su carácter, y la naturaleza sagrada e inmutable de sus requerimientos.
A medida que el pecado se generalizaba, les parecía cada vez menos grave, y terminaron por declarar que la ley divina ya no estaba en vigor; que era contrario al carácter de Dios castigar la transgresión; y negaron que sus juicios se harían sentir en la tierra. Si los hombres de aquella generación hubieran obedecido la ley divina, habrían reconocido la voz de Dios en la amonestación de su siervo; pero al rechazar la luz sus mentes se habían vuelto tan ciegas, que creyeron de veras que el mensaje de Noé era un engaño.
No fueron las multitudes o las mayorías las que se colocaron de parte de lo justo. El mundo se puso contra la justicia y las leyes de Dios, y Noé fue considerado fanático. Satanás, al tentar a Eva para que desobedeciese a Dios, le dijo: "No moriréis." (Gén. 3:4.) Grandes hombres del mundo, honrados y sabios, repitieron lo mismo. "Las amenazas de Dios -dijeron- tienen por fin intimidarnos y nunca se realizarán. No debéis alarmaros. Nunca se producirá la destrucción de la tierra por el Dios que la hizo ni el castigo de los seres que él creó. Podéis estar tranquilos; no temáis. Noé es un descabellado fanático." El mundo se reía de la locura del iluso anciano. En vez de humillar sus corazones ante Dios, persistieron en su desobediencia e impiedad, como si Dios no les hubiera hablado por su siervo.
Pero Noé se mantuvo como una roca en medio de la tempestad. Rodeado por el desdén y el ridículo popular, se distinguió por su santa integridad y por su inconmovible fidelidad. Sus palabras iban acompañadas de poder, pues eran la voz de Dios que hablaba a los hombres por medio de su siervo. Su relación con Dios le comunicaba la fuerza del 84 poder infinito, mientras que, durante ciento veinte años, su voz solemne anunció a oídos de aquella generación acontecimientos que, en cuanto podía juzgar la sabiduría humana, estaban fuera de toda posibilidad.
El mundo antediluviano razonaba que las leyes de la naturaleza habían sido estables durante muchos siglos. Las estaciones se habían sucedido unas a otras en orden. Hasta entonces nunca había llovido; la tierra había sido regada por una niebla o el rocío. Los ríos nunca habían salido de sus cauces, sino que habían llevado sus aguas libremente hacia el mar. Leyes fijas habían mantenido las aguas dentro de sus límites naturales. Pero estos razonadores no reconocían la mano del que había detenido las aguas diciendo: "Hasta aquí vendrás, y no pasarás adelante." (Job 38:11)
A medida que transcurría el tiempo sin ningún cambio visible en la naturaleza, los hombres cuyo corazón a veces había temblado de temor comenzaron a tranquilizarse. Razonaron, como muchos lo hacen hoy, que la naturaleza está por encima del Dios de la naturaleza, y que sus leyes están tan firmemente establecidas que el mismo Dios no podría cambiarlas. Alegando que si el mensaje de Noé fuese correcto, la naturaleza tendría que cambiar su curso, hicieron que ese mensaje apareciera ante el mundo como un error, como un gran engaño. Demostraron su desdén por la amonestación de Dios haciendo exactamente las mismas cosas que habían hecho antes de recibir la advertencia. Continuaron sus fiestas y glotonerías; siguieron comiendo y bebiendo, plantando y edificando, haciendo planes con referencia a beneficios que esperaban obtener en el futuro; y se hundieron más profundamente en la impiedad y el obstinado menosprecio de los requerimientos de Dios, para mostrar que no temían al Ser infinito. Afirmaban que si fuese cierto lo que Noé había dicho, los hombres de fama, los sabios, los prudentes y los grandes lo habrían comprendido.
Si los antediluvianos hubiesen creído la advertencia y se 85 hubiesen arrepentido de sus obras impías, el Señor habría desistido de su ira, como lo hizo más tarde con Nínive. Pero con su obstinada resistencia a los reproches de la conciencia y a las advertencias del profeta de Dios, aquella generación llenó la copa de su iniquidad y maduró para la destrucción.
Su tiempo de gracia estaba a punto de concluir. Noé había seguido fielmente las instrucciones que había recibido de Dios. El arca se terminó en todos sus aspectos como Dios lo había mandado, y fue provista de alimentos para los hombres y las bestias. Y entonces el siervo de Dios dirigió su última y solemne súplica a la gente. Con anhelo indecible, les rogó que buscasen refugio mientras era posible encontrarlo. Nuevamente rechazaron sus palabras, y alzaron sus voces en son de burla y de mofa.
De repente reinó el silencio entre aquella multitud escarnecedora. Animales de toda especie, desde los más feroces hasta los más mansos, se veían venir de las montañas y los bosques, y dirigirse tranquilamente hacia el arca. Se oyó un ruido como de un fuerte viento, y he aquí los pájaros que venían de todas direcciones en tal cantidad que obscurecieron los cielos, y entraban en el arca en perfecto orden. Los animales obedecían la palabra de Dios, mientras que los hombres la desobedecían. Dirigidos por santos ángeles, "de dos en dos entraron a Noé en el arca," y los animales limpios de "siete en siete." (Gen. 7:9, 2.)
El mundo miraba maravillado, algunos hasta con temor. Llamaron a los filósofos para que explicasen aquel singular suceso, pero fue en vano. Era un misterio que no podían comprender. Pero los corazones de los hombres se habían endurecido tanto, al rechazar obstinadamente la luz, que aun esta escena les produjo sólo una impresión pasajera. La raza condenada contemplaba el sol en toda su gloria y la tierra revestida casi de la belleza del Edén, y ahuyentó sus crecientes temores mediante ruidosas diversiones; y mediante actos de violencia pareció atraer sobre sí la ya despierta ira de Dios. 86
Dios mandó a Noé: "Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a t i he visto justo delante de mí en esta generación." (Gén. 7:1.) Las advertencias de Noé habían sido rechazadas por el mundo, pero su influencia y su ejemplo habían sido una bendición para su familia. Como premio por su fidelidad e integridad, Dios salvó con él a todos los miembros de su familia. ¡Qué estímulo para la fidelidad de los padres!
La misericordia dejó de suplicar a la raza culpable. Las bestias de los campos y las aves del aire habían entrado en su refugio. Noé y su familia estaban en el arca; "y Jehová le cerró la puerta." (Vers. 16.) Se vio un relámpago deslumbrante, y una nube de gloria más vívida que el relámpago descendió del cielo para cernerse ante la entrada del arca. La maciza puerta, que no podían cerrar los que estaban dentro, fue puesta lentamente en su sitio por manos invisibles. Noé quedó adentro y los que habían desechado la misericordia de Dios quedaron afuera. El sello del cielo fue puesto sobre la puerta; Dios la había cerrado, y sólo Dios podía abrirla. Asimismo, cuando Cristo deje de interceder por los hombres culpables, antes de su venida en las nubes del cielo, la puerta de la misericordia será cerrada. Entonces la gracia divina ya no refrenará más a los impíos, y Satanás tendrá dominio absoluto sobre los que hayan rechazado la misericordia divina. Pugnarán ellos por destruir al pueblo de Dios; pero así como Noé fue guardado en el arca, los justos serán escudados por el poder divino.
Durante siete días después que Noé y su familia hubieron entrado en el arca, no aparecieron señales de la inminente tempestad. Durante ese tiempo se probó su fe. Fue un momento de triunfo para el mundo exterior. La aparente tardanza confirmaba la creencia de que el mensaje de Noé era un error y que el diluvio no ocurriría. A pesar de las solemnes escenas que habían presenciado, al ver cómo las bestias y las aves entraban en el arca, y el ángel de Dios cerraba la puerta, continuaron las burlas y orgías, y hasta se 87 mofaron los hombres de las manifiestas señales del poder de Dios. Se reunieron en multitudes alrededor del arca para ridiculizar a sus ocupantes con una audacia violenta que no se habían atrevido a manifestar antes.
Pero al octavo día obscuros nubarrones cubrieron los cielos. Y comenzó el estallido de los truenos y el centellear de los relámpagos. Pronto grandes gotas de agua comenzaron a caer. Nunca había presenciado el mundo cosa semejante y el temor se apoderó del corazón de los hombres. Todos se preguntaban secretamente: "¿Será posible que Noé tuviera razón y que el mundo se halle condenado a la destrucción?" El cielo se obscurecía cada vez más y la lluvia caía más aprisa. Las bestias rondaban presas de terror, y sus discordantes aullidos parecían lamentar su propio destino y la suerte del hombre. Entonces "fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas." (Vers. 11.) El agua se veía caer de las nubes cual enormes cataratas. Los ríos se salieron de madre e inundaron los valles. Torrentes de aguas brotaban de la tierra con fuerza indescriptible, arrojando al aire, a centenares de pies,* macizas rocas, que al caer se sepultaban profundamente en el suelo.
La gente presenció primeramente la destrucción de las obras de sus manos. Sus espléndidos edificios, sus bellos jardines y alamedas donde habían colocado sus ídolos, fueron destruidos por los rayos, y sus escombros fueron diseminados. Los altares donde habían ofrecido sacrificios humanos fueron destruidos, y los adoradores temblaron ante el poder del Dios viviente, y comprendieron que había sido su corrupción e idolatría lo que había provocado su destrucción.
A medida que la violencia de la tempestad aumentaba, árboles, edificios, rocas y tierra eran lanzados en todas direcciones. El terror de los hombres y los animales era indescriptible. Por encima del rugido de la tempestad podían escucharse 88 los lamentos de un pueblo que había despreciado la autoridad de Dios. El mismo Satanás, obligado a permanecer en medio de los revueltos elementos, temió por su propia existencia. Se había deleitado en dominar tan poderosa raza, y deseaba que los hombres viviesen para que siguieran practicando sus abominaciones y rebelándose contra el Rey del cielo. Ahora lanzaba maldiciones contra Dios, culpándolo de injusticia y de crueldad. Muchos, como Satanás, blasfemaban contra Dios, y si hubiesen podido, le habrían arrojado del trono de su poder. Otros, locos de terror, extendían las manos hacia el arca, implorando que les permitieran entrar. Pero sus súplicas fueron vanas. Su conciencia despertó, por fin, y se convencieron de que hay en los cielos un Dios que lo gobierna todo. Le invocaron con fervor, pero los oídos del Creador no escuchaban sus súplicas.
En aquella terrible hora vieron que la transgresión de la ley de Dios había ocasionado su ruina. Pero, si bien por temor al castigo reconocían su pecado, no sentían verdadero arrepentimiento ni verdadera repugnancia hacia el mal. Habrían vuelto a su desafío contra el cielo, si se les hubiese librado del castigo. Así también cuando los juicios de Dios caigan sobre la tierra antes del diluvio de fuego, los impíos sabrán exactamente en qué consiste su pecado: en haber menospreciado su santa ley. Sin embargo, su arrepentimiento no será más genuino que el de los pecadores del mundo antiguo.
Algunos, en su desesperación, trataron de romper el arca para entrar en ella; pero su firme estructura soportó todos estos intentos. Otros se asieron del arca hasta que fueron arrancados de ella por las embravecidas aguas o por los choques con las rocas y los árboles. Todas las fibras de la maciza arca temblaban cuando era golpeada por los vientos inmisericordes, y una ola la arrojaba a la otra. Los rugidos de los animales que estaban dentro del arca expresaban su miedo y dolor. Pero en medio de los revueltos elementos el 89 arca continuaba flotando con toda seguridad. Ángeles muy poderosos habían sido enviados para protegerla.
Los animales expuestos a la tempestad corrían hacia los hombres, como si esperasen ayuda de ellos. Algunas personas se ataron, juntamente con sus hijos, en los lomos de poderosos animales, sabiendo que éstos eran tenaces para conservar la vida, y que subirían a los picos más altos para escapar de las crecientes aguas. Otros se ataron a altos árboles en la cumbre de las colinas o las montañas; pero los árboles fueron desarraigados, y juntamente con su cargamento de seres vivientes fueron lanzados a las bullentes olas. Sitio tras sitio que prometía seguridad era abandonado. A medida que las aguas subían más y más, la gente huía a las más elevadas montañas en busca de refugio. En muchos lugares podía verse a hombres y animales que luchaban por asentar pie en un mismo sitio hasta que al fin unos y otros eran barridos por la furia de los elementos.
Desde las cimas más altas, los hombres contemplaban un enorme océano sin playas. Las solemnes amonestaciones del siervo de Dios ya no eran objeto de ridículo y mofa. ¡Cuánto habrían deseado estos pecadores condenados a morir que se les volviera a deparar la oportunidad que habían menospreciado! ¡Cómo imploraban que se les diera una hora más de gracia, otra manifestación de misericordia, otra invitación de labios de Noé! Pero ya no habían de oír la dulce voz de misericordia. El amor, no menos que la justicia, exigía que los juicios de Dios pusiesen término al pecado. Las aguas vengadoras barrieron el último refugio, y los que habían despreciado a Dios perecieron finalmente en las obscuras profundidades.
"Por la palabra de Dios ... el mundo de entonces pereció anegado en agua: Mas los cielos que son ahora, y la tierra, son conservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio, y de la perdición de los hombres impíos." (2 Ped. 3:5-7.) Otra tempestad se aproxima ahora. 90 La tierra será otra vez barrida por la asoladora ira de Dios, y el pecado y los pecadores serán destruidos.
Los pecados que acarrearon la venganza sobre el mundo antediluviano. existen hoy. El temor de Dios ha desaparecido de los corazones de los hombres, y su ley se trata con indiferencia y desdén. La intensa mundanalidad de aquella generación es igualada por la de la presente. Cristo dijo: "Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día que Noé entró en el arca, y no conocieron hasta que vino el diluvio y llevó a todos, así será también la venida del Hijo del hombre." (Mat. 24:38, 39.)
Dios no condenó a los antediluvianos porque comían y bebían; les había dado los frutos de la tierra en gran abundancia para satisfacer sus necesidades materiales. Su pecado consistió en que tomaron estas dádivas sin ninguna gratitud hacia el Dador, y se rebajaron entregándose desenfrenadamente a la glotonería. Era lícito que se casaran. El matrimonio formaba parte del plan de Dios; fue una de las primeras instituciones que él estableció. Dio instrucciones especiales tocante a esta institución, revistiéndola de santidad y belleza; pero estas instrucciones fueron olvidadas y el matrimonio fue pervertido y puesto al servicio de las pasiones humanas.
Condiciones semejantes prevalecen hoy día. Lo que es lícito en sí es llevado al exceso. Se complace al apetito sin restricción. Hoy muchos de los que profesan ser cristianos comen y beben en compañía de los borrachos mientras sus nombres aparecen en las listas de honor de las iglesias. La intemperancia entorpece las facultades morales y espirituales, y prepara el dominio de las pasiones bajas. Multitudes de personas no sienten la obligación moral de dominar sus apetitos sensuales y se vuelven esclavos de la concupiscencia. Los hombres viven sólo para el placer de los sentidos; únicamente para este mundo y para esta vida. El despilfarro 91prevalece en todos los círculos sociales. La integridad se sacrifica en aras del lujo y la ostentación. Los que quieren enriquecerse rápidamente corrompen la justicia y oprimen a los pobres; y todavía se compran y venden "siervos, y las almas de los hombres." El engaño, el soborno y el robo se cometen libremente entre humildes y encumbrados. La prensa abunda en noticias de asesinatos y crímenes ejecutados tan a sangre fría y sin causa, que parecería que todo instinto de humanidad hubiese desaparecido. Estos crímenes atroces son hoy día sucesos tan comunes que apenas motivan un comentario o causan sorpresa. El espíritu de anarquía está penetrando en todas las naciones, y los disturbios que de vez en cuando excitan el horror del mundo, no son sino señales de los reprimidos fuegos de las pasiones y de la maldad que, una vez que escapen al dominio de las leyes, llenarán el mundo de miseria y de desolación.
El cuadro del mundo antediluviano que pintó la inspiración representa con fiel veracidad la condición a la cual la sociedad moderna está llegando rápidamente. Ahora mismo, en el presente siglo, y en países que se llaman cristianos, se cometen diariamente crímenes tan negros y atroces, como aquellos por los cuales los pecadores del antiguo mundo fueron destruídos.
Antes del diluvio, Dios mandó a Noé que diese aviso al mundo, para que los hombres fuesen llevados al arrepentimiento, y para que así escapasen a la destrucción. A medida que se aproxima el momento de la segunda venida de Cristo, el Señor envía a sus siervos al mundo con una amonestación para que los hombres se preparen para ese gran acontecimiento. Multitudes de personas han vivido violando la ley de Dios, y ahora, con toda misericordia, las llama para que obedezcan sus sagrados preceptos. A todos los que abandonen sus pecados mediante el arrepentimiento para con Dios y la fe en Cristo, se les ofrece perdón. Pero muchos creen que renunciar al pecado es hacer un sacrificio demasiado grande. 92 Porque su vida no está en armonía con los principios puros del gobierno moral de Dios, rechazan sus amonestaciones y niegan la autoridad de su ley.
Solamente ocho almas de la enorme población antediluviana creyeron y obedecieron la palabra que Dios les habló por labios de Noé. Durante ciento veinte años el predicador de la justicia amonestó al mundo acerca de la destrucción que se aproximaba; pero su mensaje fue desechado y despreciado. Lo mismo sucederá ahora. Antes de que el Legislador venga a castigar a los desobedientes, exhorta a los transgresores a que se arrepientan y vuelvan a su lealtad; pero para la mayoría estas advertencias serán vanas.
Dice el apóstol Pedro: "En los postrimeros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación." (2 Ped. 3:3, 4.) ¿No oímos repetir hoy estas mismas palabras, no sólo por los impíos, sino también por muchos que ocupan los púlpitos en nuestra tierra? "No hay motivo de alarma -dicen.- Antes de que venga Cristo, se ha de convertir el mundo entero, y la justicia ha de reinar durante mil años. ¡Paz, paz! Todo permanece así como desde el principio. Nadie se turbe por el inquietante mensaje de estos alarmistas."
Pero esta doctrina del milenario no está en armonía con las enseñanzas de Cristo y de los apóstoles. Jesús hizo esta pregunta significativa: "Cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?" (Luc. 18:8.) Como hemos visto, él manifiesta que el estado del mundo será como en los días de Noé. San Pablo nos recuerda que la impiedad aumentará a medida que se acerque el fin: "El Espíritu dice manifiestamente, que en los venideros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus de error y a doctrinas de demonios." (1 Tim. 4:1.) El apóstol dice que "en los postreros 93días vendrán tiempos peligrosos." (2 Tim. 3:1.) Y nos da una tremenda lista de pecados que se notarían entre quienes tendrían apariencia de piedad.
Mientras que su tiempo de gracia estaba concluyendo, los antediluvianos se entregaban a una vida agitada de diversiones y festividades. Los que poseían influencia y poder se empeñaban en distraer la atención del pueblo con alegrías y placeres para que ninguno se dejara impresionar por la última solemne advertencia. ¿No vemos repetirse lo mismo hoy? Mientras los siervos de Dios proclaman que el fin de todas las cosas se aproxima, el mundo va en pos de los placeres y las diversiones. Hay constantemente abundancia de excitaciones que causan indiferencia hacia Dios e impiden que la gente sea impresionada por las únicas verdades que podrían salvarla de la destrucción que se avecina.
En los días de Noé, los filósofos declararon que era imposible que el mundo fuese destruido por el agua; asimismo hay ahora hombres de ciencia que tratan de probar que el mundo no puede ser destruido por fuego, que esto es incompatible con las leyes naturales. Pero el Dios de la naturaleza, el que creó las leyes y las controla, puede usar las obras de sus manos para que sirvan a sus fines.
Cuando los grandes sabios habían probado a su entera satisfacción que era imposible que el mundo fuese destruido por agua, cuando los temores del pueblo se habían tranquilizado, cuando todos consideraban que la profecía de Noé era un engaño, y le llamaban fanático, entonces llegó la hora de Dios. "Fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas" (Gén. 7:11), y los burladores sucumbieron en las aguas del diluvio. Con toda su jactancioso filosofía, los hombres descubrieron muy tarde que su sabiduría era necedad, que el Legislador es superior a las leyes de la naturaleza, y que a la Omnipotencia no le faltan medios para alcanzar sus fines.
"Y como fue en los días de Noé, ... como esto será el día 94 como el día que el Hijo del hombre se manifestará." "El día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán desechos, y la tierra y las obras que en ella están serán quemadas." (Luc. 17: 26, 30; 2 Pedro 3: 10) Cuando las razonamientos de la filosofía hayan desterrado el temor a los juicios de Dios; cuando los maestros de la religión nos hablen de los largos siglos de paz y prosperidad, y el mundo se dedique por completo a sus negocios y placeres, a plantar y edificar, fiestas y diversiones, y desechando las amonestaciones de Dios, se burle de sus mensajeros, "entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente, . . . y no escaparán." (1 de Tes. 5: 3)