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viernes, 8 de junio de 2012

4 Resultados de la Transgresión

ENTRE las causas primarias que indujeron a Salomón a practicar el despilfarro y la opresión, se destacaba el hecho de que no conservó ni fomentó el espíritu de abnegación. Cuando, al pie del Sinaí, Moisés habló al pueblo de la orden divina: "Hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos," la respuesta de los israelitas fue acompañada por dones apropiados. "Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad" (Exo. 25: 8; 35: 21), y trajeron ofrendas. Fueron necesarios grandes y extensos preparativos para la construcción del santuario; se necesitaban grandes cantidades de materiales preciosos, pero el Señor aceptó tan sólo las ofrendas voluntarias. "De todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda" (Exo. 25: 2), fue la orden repetida por Moisés a la congregación. La devoción a Dios y un espíritu de sacrificio eran los primeros requisitos para preparar una morada destinada al Altísimo.
Otra invitación similar, a manifestar abnegación, fue hecha cuando David entregó a Salomón la responsabilidad de construir el templo. David preguntó a la multitud congregada: "¿Y quién quiere hacer hoy ofrenda a Jehová?" (1 Crón. 29: 5.) Esta invitación a consagrarse y prestar un servicio voluntario debían recordarla siempre los que tenían algo que ver con la erección del templo.
Para la construcción del tabernáculo en el desierto, ciertos hombres escogidos fueron dotados por Dios de una habilidad y sabiduría especiales. "Y dijo Moisés a los hijos de Israel: Mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel, . . . de la tribu de 45 Judá; y lo ha henchido de espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, y en ciencia, y en todo artificio. . . . Y ha puesto en su corazón el que pueda enseñar, así él como Aholiab, . . . de la tribu de Dan: y los ha henchido de sabiduría de corazón, para que hagan toda obra de artificio, y de invención, y de recamado en jacinto, y en púrpura, y en carmesí, y en lino fino, y en telar; para que hagan toda labor, e inventen todo diseño. Hizo, pues, Bezaleel y Aholiab, y todo hombre sabio de corazón, a quien Jehová dio sabiduría e inteligencia." (Exo. 35: 30-35; 36: 1.) Los seres celestiales cooperaron con los obreros a quienes Dios mismo había escogido.
Los descendientes de estos obreros heredaron en gran medida los talentos conferidos a sus antepasados. Durante un tiempo, esos hombres de Judá y de Dan permanecieron humildes y abnegados; pero gradual y casi imperceptiblemente, dejaron de estar relacionados con Dios y perdieron su deseo de servirle desinteresadamente. Basándose en su habilidad superior como artesanos, pedían salarios más elevados por sus servicios. En algunos casos les fueron concedidos, pero con mayor frecuencia hallaban empleo entre las naciones circundantes. En lugar del noble espíritu de abnegación que había llenado el corazón de sus ilustres antecesores, albergaron un espíritu de codicia y fueron cada vez más exigentes. A fin de ver complacidos sus deseos egoístas, dedicaron a servir a los reyes paganos la habilidad que Dios les había dado, y sus talentos a la ejecución de obras que deshonraban a su Hacedor.
Entre esos hombres buscó Salomón al artífice maestro que debía dirigir la construcción del templo sobre el monte Moria. Habían sido confiadas al rey especificaciones minuciosas, por escrito, acerca de toda porción de la estructura sagrada; y él podría haber solicitado con fe a Dios que le diese ayudantes consagrados, a quienes se habría dotado de habilidad especial para hacer con exactitud el trabajo requerido. Pero Salomón no percibió esta oportunidad de ejercer la fe en Dios. Solicitó al rey de Tiro "un hombre hábil, que sepa trabajar en oro, y 46 en plata, y en metal, y en hierro, en púrpura, y en grana, y en cárdeno, y que sepa esculpir con los maestros que están conmigo en Judá y en Jerusalem." (2 Crón. 2: 7.)
El rey fenicio contestó enviando a Hiram, "hijo de una mujer de las hijas de Dan, mas su padre fue de Tiro." (2 Crón. 2: 14.) Hiram era por parte de su madre descendiente de Aholiab a quien, centenares de años antes, Dios había dado sabiduría especial para la construcción del tabernáculo.
De manera que se puso a la cabeza de los obreros que trabajaban para Salomón a un hombre cuyos esfuerzos no eran impulsados por un deseo abnegado de servir a Dios, sino que servía al dios de este mundo, Mammón. Los principios del egoísmo estaban entretejidos con las mismas fibras de su ser.
Considerando su habilidad extraordinaria, Hiram exigió un salario elevado. Gradualmente los principios erróneos que él seguía llegaron a ser aceptados por sus asociados. Mientras trabajaban día tras día con él, hacían comparaciones entre el salario que él recibía y el propio, y empezaron a olvidar el carácter santo de su trabajo. Perdieron el espíritu de abnegación, que fue reemplazado por el de codicia. Como resultado pidieron más salario, y éste les fue concedido.
Las influencias funestas así creadas penetraron en todos los ramos del servicio del Señor, y se extendieron por todo el reino. Los altos salarios exigidos y recibidos daban a muchos oportunidad de vivir en el lujo y el despilfarro. Los pobres eran oprimidos por los ricos; casi se perdió el espíritu de altruismo. En los efectos abarcantes de estas influencias puede encontrarse una de las causas principales de la terrible apostasía en la cual cayó el que se contó una vez entre los más sabios de los mortales.
El agudo contraste entre el espíritu y los motivos del pueblo que había construido el tabernáculo en el desierto y los que impulsaron a quienes erigían el templo de Salomón, encierra una lección de profundo significado. El egoísmo que caracterizó a quienes trabajaban en el templo halla hoy su contraparte 47 en el egoísmo que existe en el mundo. Abunda el espíritu de codicia, que impulsa a buscar los puestos y los sueldos más altos. Muy rara vez se ve el servicio voluntario y la gozosa abnegación manifestada por los que construían el tabernáculo. Pero un espíritu tal es el único que debiera impulsar a quienes siguen a Jesús. Nuestro divino Maestro nos ha dado un ejemplo de cómo deben trabajar sus discípulos. A aquellos a quienes invitó así: "Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres" (Mat. 4: 19), no ofreció ninguna suma definida como recompensa por sus servicios. Debían compartir su abnegación y sacrificio.
Al trabajar no debemos hacerlo por el salario que recibimos. El motivo que nos impulsa a trabajar para Dios no debe tener nada que se asemeje al egoísmo. La devoción abnegada y un espíritu de sacrificio han sido siempre y seguirán siendo el primer requisito de un servicio aceptable. Nuestro Señor y Maestro quiere que no haya una sola fibra de egoísmo entretejida con su obra. Debemos dedicar a nuestros esfuerzos el tacto y la habilidad, la exactitud y la sabiduría, que el Dios de perfección exigió de los constructores del tabernáculo terrenal; y sin embargo en todas nuestras labores debemos recordar que los mayores talentos o los servicios más brillantes son aceptables tan sólo cuando el yo se coloca sobre el altar, como un holocausto vivo.
Otra de las desviaciones de los principios correctos que condujeron finalmente a la caída del rey de Israel, se produjo cuando éste cedió a la tentación de atribuirse a sí mismo la gloria que pertenece sólo a Dios.
Desde el día en que fue confiada a Salomón la obra de edificar el templo hasta el momento en que se terminó, su propósito abierto fue "edificar casa al nombre de Jehová Dios de Israel." (2 Crón. 6: 7.) Este propósito lo confesó ampliamente delante de las huestes de Israel congregadas cuando fue dedicado el templo. En su oración el rey reconoció que Jehová había dicho: "Mi nombre estará allí." (1 Rey. 8: 29.) 48 Uno de los pasajes más conmovedores de la oración elevada por Salomón es aquel en que suplica a Dios en favor de los extranjeros que viniesen de países lejanos a aprender más de Aquel cuya fama se había difundido entre las naciones. Dijo el rey "Porque oirán de tu grande nombre, y de tu mano Verte, y de tu brazo extendido " Y elevó esta petición en favor de cada uno de esos adoradores extranjeros: "Tú oirás, . . . y harás conforme a todo aquello por lo cual el extranjero hubiere a ti clamado para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y te teman, como tu pueblo Israel y entiendan que tu nombre es invocado sobre esta casa que yo edifiqué." (1 Rey 8: 42, 43.)
Al final del servicio, Salomón había exhortado a Israel a que fuese fiel a Dios, para que, dijo él "todos los pueblos de la tierra sepan que Jehová es Dios, y que no hay otro". (1 Rey. 8: 60.)
Uno mayor que Salomón había diseñado el templo, y en ese diseño se revelaron la sabiduría y la gloria de Dios Los que no sabían esto admiraban y alababan naturalmente a Salomón como arquitecto y constructor; pero el rey no se atribuyó ningún mérito por la concepción ni por la construcción.
Así sucedió cuando la reina de Seba vino a visitar a Salomón. Habiendo oído hablar de su sabiduría y del magnífico templo que había construido, resolvió "probarle con preguntas" y conocer por su cuenta sus renombradas obras. Acompañada por un séquito de sirvientes y de camellos que llevaban "especias, y oro en grande abundancia, y piedras preciosas" hizo el largo viaje a Jerusalén. "Y como vino a Salomón, propúsole todo lo que en su corazón tenía". Conversó con él de los misterios de la naturaleza; y Salomón la instruyó acerca del Dios de la naturaleza, del gran Creador, que mora en lo más alto de los cielos, y lo rige todo. "Salomón le declaró todas sus palabras ninguna cosa quedó que Salomón no le declarase." (1 Rey 10: 1-3; 2 Crón 9: 1, 2.)
"Y cuando la reina de Seba vió toda la sabiduría de Salomón, 49 y la casa que había edificado, . . . quedóse enajenada." Reconoció: "Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; mas yo no lo creía, hasta que he venido, y mis ojos han visto, que ni aun la mitad fue lo que se me dijo: es mayor tu sabiduría y bien que la fama que yo había oído. Bienaventurados tus varones, dichosos estos tus siervos, que están continuamente delante de ti, y oyen tu sabiduría." (1 Rey. 10: 4-8; 2 Crón. 9: 3-6.)
Al llegar al fin de su visita, la reina había sido cabalmente enseñada por Salomón con respecto a la fuente de su sabiduría y prosperidad, y ella se sintió constreñida, no a ensalzar al agente humano, sino a exclamar: "Jehová tu Dios sea bendito, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel; porque Jehová ha amado siempre a Israel, y te ha puesto por rey, para que hagas derecho y justicia." (1 Rey. 10: 9.) Tal era la impresión que Dios quería que recibiesen todos los pueblos. Y cuando "todos los reyes de la tierra procuraban ver el rostro de Salomón, por oír su sabiduría, que Dios había puesto en su corazón" (2 Crón. 9: 23), Salomón honró a Dios durante un tiempo llamándoles la atención al Creador de los cielos y la tierra, gobernante omnisciente del universo.
Si con humildad Salomón hubiese continuado desviando de sí mismo la atención de los hombres para dirigirla hacia Aquel que le había dado sabiduría, riquezas y honores, ¡cuán diferente habría sido su historia! Pero así como la pluma inspirada relata sus virtudes, atestigua también con fidelidad su caída. Elevado al pináculo de la grandeza, y rodeado por los dones de la fortuna, Salomón se dejó marear, perdió el equilibrio y cayó. Constantemente alabado por los hombres del mundo, no pudo a la larga resistir la adulación. La sabiduría que se le había dado para que glorificase al Dador, le llenó de orgullo. Permitió finalmente que los hombres hablasen de él como del ser más digno de alabanza por el esplendor sin parangón del edificio proyectado y erigido para honrar el "nombre de Jehová Dios de Israel." 50 Así fue cómo el templo de Jehová llegó a ser conocido entre las naciones como "el templo de Salomón." El agente humano se atribuyó la gloria que pertenecía a Aquel que "más alto está sobre ellos." (Ecl. 5: 8.) Aun hasta la fecha el templo del cual Salomón declaró: "Tu nombre es invocado sobre esta casa que he edificado yo" (2 Crón. 6: 33), se designa más a menudo como "templo de Salomón," que como templo de Jehová.
Un hombre no puede manifestar mayor debilidad que la de permitir a los hombres que le tributen honores por los dones que el Cielo le concedió. El verdadero cristiano dará a Dios el primer lugar, el último y el mejor en todo. Ningún motivo ambicioso enfriará su amor hacia Dios, sino que con perseverancia y firmeza honrará a su Padre celestial. Cuando exaltamos fielmente el nombre de Dios, nuestros impulsos están bajo la dirección divina y somos capacitados para desarrollar poder espiritual e intelectual.
Jesús, el divino Maestro, ensalzó siempre el nombre de su Padre celestial. Enseñó a sus discípulos a orar: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre." (Mat. 6: 9.) No debían olvidarse de reconocer: "Tuya es . . . la gloria." (Mat. 6: 13.) Tanto cuidado ponía el gran Médico en desviar la atención de sí mismo a la Fuente de su poder, que la multitud asombrada, "viendo hablar los mudos, los mancos sanos, andar los cojos, y ver los ciegos," no le glorificó a él, sino que "glorificaron al Dios de Israel." (Mat. 15: 31.) En la admirable oración que Cristo elevó precisamente antes de su crucifixión, declaró: "Yo te he glorificado en la tierra." "Glorifica a tu Hijo ­rogó,­ para que también tu Hijo te glorifique a ti." "Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido; y éstos han conocido que tú me enviaste; y yo les he manifestado tu nombre, y manifestarélo aún; para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos." (Juan 17: 4, 1, 25, 26.)
"Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. 51 Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová." (Jer. 9: 23, 24.)
"Alabaré yo el nombre de Dios, . . .Ensalzarélo con alabanza." "Señor, digno eres de recibir gloria y honra y virtud." "Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón; Y glorificaré tu nombre para siempre." "Engrandeced a Jehová conmigo, y ensalcemos su nombre a una." (Sal. 69: 30; Apoc. 4: 11; Sal. 86: 12; 34: 3.)
La introducción de principios que apartaban a la gente de un espíritu de sacrificio y la inducían a glorificarse a sí misma, iba acompañada de otra grosera perversión del plan divino para Israel. Dios quería que su pueblo fuese la luz del mundo. De él debía resplandecer la gloria de su ley mientras la revelaba en la práctica de su vida. Para que este designio se cumpliese, había dispuesto que la nación escogida ocupase una posición estratégica entre las naciones de la tierra.
En los tiempos de Salomón, el reino de Israel se extendía desde Hamath en el norte hasta Egipto en el sur, y desde el mar Mediterráneo hasta el río Eufrates. Por este territorio cruzaban muchos caminos naturales para el comercio del mundo, y las caravanas provenientes de tierras lejanas pasaban constantemente en un sentido y en otro. Esto daba a Salomón y a su pueblo oportunidades favorables para revelar a hombres de todas las naciones el carácter del Rey de reyes y para enseñarles a reverenciarle y obedecerle. Este conocimiento debía comunicarse a todo el mundo. Mediante la enseñanza de los sacrificios y ofrendas, Cristo debía ser ensalzado delante de las naciones, para que todos pudiesen vivir.
Puesto a la cabeza de una nación que había sido establecida como faro para las naciones circundantes, Salomón debiera haber usado la sabiduría que Dios le había dado y el poder de 52 su influencia para organizar y dirigir un gran movimiento destinado a iluminar a los que no conocían a Dios ni su verdad. Se habría obtenido así que multitudes obedeciesen los preceptos divinos, Israel habría quedado protegido de los males practicados por los paganos, y el Señor de gloria habría sido honrado en gran manera. Pero Salomón perdió de vista este elevado propósito. No aprovechó sus magníficas oportunidades para iluminar a los que pasaban continuamente por su territorio o se detenían en las ciudades principales.
El espíritu misionero que Dios había implantado en el corazón de Salomón y en el de todos los verdaderos israelitas fue reemplazado por un espíritu de mercantilismo. Las oportunidades ofrecidas por el trato con muchas naciones fueron utilizadas para el engrandecimiento personal. Salomón procuró fortalecer su situación políticamente edificando ciudades fortificadas en las cabeceras de los caminos dedicados al comercio. Cerca de Joppe, reedificó Gezer, que estaba sobre la ruta entre Egipto y Siria; al oeste de Jerusalén, Beth-orón, que dominaba los pasos del camino que conducía desde el corazón de Judea a Gezer y a la costa; Meguido, situada sobre el camino de las caravanas que iban de Damasco a Egipto y de Jerusalén al norte; así como "Tadmor en el desierto" (2 Crón. 8: 4), sobre el camino que seguían las caravanas del Oriente. Todas esas ciudades fueron fortificadas poderosamente. Las ventajas comerciales de una salida en el extremo del mar Rojo fueron desarrolladas por la construcción de "navíos en Ezión-geber, que es junto . . . en la ribera del mar Bermejo, en la tierra de Edom." Adiestrados marineros de Tiro, "con los siervos de Salomón," tripulaban estos navíos en los viajes "a Ophir," y sacaban de allí oro y "muy mucha madera de Brasil, y piedras preciosas." (2 Crón. 8: 18; 1 Rey. 9: 26, 28; 10: 11.)
Las rentas del rey y de muchos de sus súbditos aumentaron enormemente, pero ¡a qué costo! Debido a la codicia y a la falta de visión de aquellos a quienes habían sido confiados los oráculos de Dios, las innumerables multitudes que recorrían 53 los caminos fueron dejadas en la ignorancia de cuanto concernía a Jehová.
¡Cuán sorprendente contraste hay entre la conducta de Salomón y la que siguió Cristo cuando estuvo en la tierra! Aunque el Salvador poseía "toda potestad," nunca hizo uso de ella para engrandecerse a sí mismo. Ningún sueño de conquistas terrenales ni de grandezas mundanales manchó la perfección de su servicio en favor de la humanidad. Dijo: "Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza." (Mat. 8: 20.) Los que, respondiendo al llamamiento del momento, hayan comenzado a servir al Artífice maestro, deben estudiar sus métodos. El aprovechaba las oportunidades que encontraba en las grandes arterias de tránsito.
En los intervalos de sus viajes de un lado a otro, Jesús moraba en Capernaúm, que llegó a conocerse como "su ciudad." Situada sobre un camino que llevaba de Damasco a Jerusalén, así como a Egipto y al Mediterráneo, se prestaba para constituir el centro de la obra que realizaba el Salvador. Por ella pasaban, o se detenían para descansar, personas de muchos países. Allí Jesús se encontraba con habitantes de todas las naciones y de todas las jerarquías, de modo que sus lecciones eran llevadas a otros países y a muchas familias. De esta manera se despertaba el interés en las profecías que anunciaban al Mesías, la atención se dirigía hacia el Salvador, y su misión era presentada al mundo.
En esta época nuestra, las oportunidades para tratar con hombres y mujeres de todas clases y de muchas nacionalidades son aún mayores que en los días de Israel. Las avenidas de tránsito se han multiplicado mil veces.
Como Cristo, los mensajeros del Altísimo deben situarse hoy en esas grandes avenidas, donde pueden encontrarse con las multitudes que pasan de todas partes del mundo. Ocultándose en Dios, como lo hacía él, deben sembrar la semilla del Evangelio, presentar a otros las verdades preciosas de la Santa 54 Escritura, que echarán raíces profundas en las mentes y los corazones y brotarán para vida eterna.
Solemnes son las lecciones que nos enseña el fracaso sufrido por Israel en aquellos años durante los cuales tanto el gobernante como el pueblo se apartaron del alto propósito que habían sido llamados a cumplir. En aquello precisamente en que fueron débiles y fracasaron, el moderno Israel de Dios, los representantes del Cielo que constituyen la verdadera iglesia de Cristo, deben ser fuertes; porque a ellos les incumbe la tarea de terminar la obra confiada a los hombres y de apresurar el día de las recompensas finales. Sin embargo, es necesario hacer frente a las mismas influencias que prevalecieron contra Israel cuando reinaba Salomón. Las fuerzas del enemigo de toda justicia están poderosamente atrincheradas; y sólo por el poder de Dios puede obtenerse la victoria. El conflicto que nos espera exige que ejercitemos un espíritu de abnegación; que desconfiemos de nosotros mismos y dependamos de Dios solo para saber aprovechar sabiamente toda oportunidad de salvar almas. La bendición del Señor acompañará a su iglesia mientras sus miembros avancen unidos, revelando a un mundo postrado en las tinieblas del error la belleza de la santidad según se manifiesta en un espíritu abnegado como el de Cristo, en el ensalzamiento de lo divino más que de lo humano, y sirviendo con amor e incansablemente a aquellos que tanto necesitan las bendiciones del Evangelio. 55

5 El Arrepentimiento de Salomón

Dos veces, durante el reinado de Salomón, el Señor se le apareció y le dirigió palabras de aprobación y consejo; a saber, en la visión nocturna de Gabaón, cuando la promesa de darle sabiduría, riquezas y honores fue acompañada de una exhortación a permanecer humilde y obediente, y después de la dedicación del templo, cuando una vez más el Señor le alentó a ser fiel. Fueron claras las amonestaciones que se dieron a Salomón, y maravillosas las promesas que se le hicieron; sin embargo quedó registrado acerca de aquel que, por sus circunstancias, parecía abundantemente preparado en su carácter y en su vida para prestar atención a la exhortación y cumplir con lo que el Cielo esperaba de él: "Mas él no guardó lo que le mandó Jehová." "Estaba su corazón desviado de Jehová Dios de Israel, que le había aparecido dos veces, y le había mandado acerca de esto, que no siguiese a dioses ajenos." (1 Rey. 11: 9, 10.) Y tan completa fue su apostasía, tanto se endureció su corazón en la transgresión, que su caso parecía casi desesperado.
Salomón se desvió del goce de la comunión divina para hallar satisfacción en los placeres de los sentidos. Acerca de lo que experimentó dice:
"Engrandecí mis obras, edifiquéme casas, plantéme viñas; híceme huertos y jardines, . . . poseí siervos y siervas, . . . alleguéme también plata y oro, y tesoro preciado de reyes y de provincias; híceme de cantores y cantoras, y los deleites de los hijos de los hombres, instrumentos músicos y de todas suertes. Y fui engrandecido, y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalem . . . . 56
"No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo . . . . Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas: y he aquí, todo vanidad y aflicción de espíritu, y no hay provecho debajo del sol.
"Después torné yo a mirar para ver la sabiduría y los desvaríos y la necedad; (porque ¿qué hombre hay que pueda seguir al rey en lo que ya hicieron?) . . . . Aborrecí por tanto la vida . . . . Yo asimismo aborrecí todo mi trabajo que había puesto por obra debajo del sol." (Ecl. 2: 4-18.)
Por su propia amarga experiencia, Salomón aprendió cuán vacía es una vida dedicada a buscar las cosas terrenales como el bien más elevado. Erigió altares a los dioses paganos, pero fue tan sólo para comprobar cuán vana es su promesa de dar descanso al espíritu. Pensamientos lóbregos le acosaban día y noche. Para él ya no había gozo en la vida ni paz espiritual, y el futuro se le anunciaba sombrío y desesperado.
Sin embargo, el Señor no le abandonó. Mediante mensajes de reprensión y castigos severos, procuró despertar al rey y hacerle comprender cuán pecaminosa era su conducta. Le privó de su cuidado protector, y permitió que los adversarios le atacaran y debilitasen el reino. "Y Jehová suscitó un adversario a Salomón, a Adad, Idumeo . . . . Despertóle también Dios por adversario a Rezón, . . . capitán de una compañía," quien "aborreció a Israel, y reinó sobre la Siria. Asimismo Jeroboam, . . . siervo de Salomón," y hombre "valiente," "alzó su mano contra el rey." (1 Rey. 11: 14-28.)
A la postre, el Señor envió a Salomón, mediante un profeta, este mensaje sorprendente: "Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé el reino de ti, y lo entregaré a tu siervo. Empero no lo haré en tus días, por amor a David tu padre: romperélo de la mano de tu hijo." (1 Rey. 11: 11, 12.)
Despertando como de un sueño al oír esta sentencia de 57 juicio pronunciada contra él y su casa, Salomón sintió los reproches de su conciencia y empezó a ver lo que verdaderamente significaba su locura. Afligido en su espíritu, y teniendo la mente y el cuerpo debilitados, se apartó cansado y sediento de las cisternas rotas de la tierra, para beber nuevamente en la fuente de la vida. Al fin la disciplina del sufrimiento realizó su obra en su favor. Durante mucho tiempo le había acosado el temor de la ruina absoluta que experimentaría si no podía apartarse de su locura; pero discernió finalmente un rayo de esperanza en el mensaje que se le había dado. Dios no le había cortado por completo, sino que estaba dispuesto a librarle de una servidumbre más cruel que la tumba, servidumbre de la cual él mismo no podía librarse.
Con gratitud Salomón reconoció el poder y la bondad de Aquel que es el más "alto" sobre los altos (Ecl. 5: 8, V. M.); y con arrepentimiento comenzó a desandar su camino para volver al exaltado nivel de pureza y santidad del cual había caído. No podía esperar que escaparía a los resultados agostadores del pecado; no podría nunca librar su espíritu de todo recuerdo de la conducta egoísta que había seguido; pero se esforzaría fervientemente por disuadir a otros de entregarse a la insensatez. Confesaría humildemente el error de sus caminos, y alzaría su voz para amonestar a otros, no fuese que se perdiesen irremisiblemente por causa de las malas influencias que él había desencadenado.
El verdadero penitente no echa al olvido sus pecados pasados. No se deja embargar, tan pronto como ha obtenido paz, por la despreocupación acerca de los errores que cometió. Piensa en aquellos que fueron inducidos al mal por su conducta, y procura de toda manera posible hacerlos volver a la senda de la verdad. Cuanto mayor sea la claridad de la luz en la cual entró, tanto más intenso es su deseo de encauzar los pies de los demás en el camino recto. No se espacia en su conducta errónea ni considera livianamente lo malo, sino que recalca las señales de peligro, a fin de que otros puedan precaverse. 58
Salomón reconoció que "el corazón de los hijos de los hombres" está "lleno de mal, y de enloquecimiento en su corazón." (Ecl. 9: 3.) Y declaró también: "Porque no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos lleno para hacer mal. Bien que el pecador haga mal cien veces, y le sea dilatado el castigo, con todo yo también sé que los que a Dios temen tendrán bien, los que temieren ante su presencia; y que el impío no tendrá bien, ni le serán prolongados los días, que son como sombra; por cuanto no temió delante de la presencia de Dios." (Ecl. 8: 11-13.)
Por inspiración divina, el rey escribió para las generaciones ulteriores lo referente a los años que perdió, así como las lecciones y amonestaciones que entrañaron. Y así, aunque su pueblo cosechó lo que él había sembrado y soportó malignas tempestades, la obra realizada por Salomón en su vida no se perdió por completo. Con mansedumbre y humildad, "enseñó," durante la última parte de su vida, "sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró . . . hallar palabras agradables, y escritura recta, palabras de verdad."
Escribió: "Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados, las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor. Ahora, hijo mío, a más de esto, sé avisado.... El fin de todo el discurso oído es éste: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena o mala." (Ecl. 12: 9-14.)
Los últimos escritos de Salomón revelan que él fue comprendiendo cada vez mejor cuán mala había sido su conducta, y dedicó atención especial a exhortar a la juventud acerca de la posibilidad de caer en los errores que le habían hecho malgastar inútilmente los dones más preciosos del Cielo. Con pesar y vergüenza, confesó que en la flor de la vida, cuando debiera haber hallado en Dios consuelo, apoyo y vida, se apartó de la luz del cielo y de la sabiduría de Dios y reemplazó el culto 59 de Jehová por la idolatría. Al fin, habiendo aprendido por triste experiencia cuán insensata es una vida tal, su anhelo y deseo era evitar que otros pasasen por la amarga experiencia por la cual él había pasado.
Con expresiones patéticas escribió acerca de los privilegios y responsabilidades que el servicio de Dios otorga a la juventud:
"Suave ciertamente es la luz, y agradable a los ojos ver el sol: mas si el hombre viviere muchos años, y en todos ellos hubiere gozado alegría; si después trajere a la memoria los días de las tinieblas, que serán muchos, todo lo que le habrá pasado, dirá haber sido vanidad." (Ecl. 11: 7-10.)
"Acuérdate de tu Criador en los días de tu juventud,
antes que vengan los malos días,
y lleguen los años, de los cuales digas,
No tengo en ellos contentamiento;
antes que se oscurezca el sol,
y la luz, y la luna y las estrellas,
y las nubes se tornen tras la lluvia:
cuando temblarán los guardas de la casa,
y se encorvarán los hombres fuertes,
y cesarán las muelas, porque han disminuído,
y se oscurecerán los que miran por las ventanas;
y las puertas de afuera se cerrarán,
por la bajeza de la voz de la muela;
y levantaráse a la voz del ave,
y todas las hijas de canción serán humilladas;
cuando también temerán de lo alto,
y los tropezones en el camino;
y florecerá el almendro,
y se agravará la langosta
y perderáse el apetito:
porque el hombre a la casa de su siglo,
y los endechadores andarán en derredor por la plaza:
antes que la cadena de plata se quiebre,
y se rompa el cuenco de oro,
y el cántaro se quiebre junto a la fuente,
y la rueda sea rota sobre el pozo;
y el polvo se torne a la tierra, como era,
y el espíritu se vuelva a Dios, que lo dio." (Ecl. 12: 1-7.) 60
La vida de Salomón rebosa de advertencias, no sólo para los jóvenes sino también para los de edad madura y para los que van descendiendo por la vertiente de la vida hacia su ocaso. Oímos hablar de la inestabilidad de los jóvenes que vacilan entre el bien y el mal, así como de las corrientes de las malas pasiones que los vencen. En los de edad más madura, no esperamos ver esta inestabilidad e infidelidad; contamos con que su carácter se habrá establecido y arraigado firmemente en los buenos principios. Pero no siempre sucede así. Cuando Salomón debiera haber tenido un carácter fuerte como un roble, perdió su firmeza y cayó bajo el poder de la tentación. Cuando su fortaleza debiera haber sido inconmovible, fue cuando resultó más endeble.
De tales ejemplos debemos aprender que en la vigilancia y la oración se halla la única seguridad para jóvenes y ancianos. Esta seguridad no se encuentra en los altos cargos ni en los grandes privilegios. Uno puede haber disfrutado durante muchos años de una experiencia cristiana genuina, y seguir, sin embargo, expuesto a los ataques de Satanás. En la batalla con el pecado íntimo y las tentaciones de afuera, aun el sabio y poderoso Salomón fue vencido. Su fracaso nos enseña que, cualesquiera que sean las cualidades intelectuales de un hombre, y por fielmente que haya servido a Dios en lo pasado, no puede nunca confiar en su propia sabiduría e integridad.
En toda generación y en todo país, se tuvo siempre el mismo verdadero fundamento y modelo para edificar el carácter. La ley divina que ordena: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, . . . y a tu prójimo como a ti mismo" (Luc. 10: 27), el gran principio manifestado en el carácter y la vida de nuestro Salvador, es el único fundamento seguro, la única guía fidedigna. "Y reinarán en tus tiempos la sabiduría y la ciencia, y la fuerza de la salvación" (Isa. 33: 6), la sabiduría, el conocimiento que sólo puede impartir la palabra de Dios.
Estas palabras dirigidas a Israel acerca de la obediencia a los mandamientos de Dios: "Esta es vuestra sabiduría y vuestra 61 inteligencia en ojos de los pueblos" (Deut. 4: 6), encierran tanta verdad hoy como cuando fueron pronunciadas. Encierran la única salvaguardia para la integridad individual, la pureza del hogar, el bienestar de la sociedad, o la estabilidad de la nación. En medio de todas las perplejidades y los peligros de la vida, así como de los asertos contradictorios, la única regla segura consiste en hacer lo que Dios dice. "Los mandamientos de Jehová son rectos" (Sal. 19: 8), y "el que hace estas cosas, no resbalará para siempre." (Sal. 15: 5.)
Los que escuchen la amonestación que encierra la apostasía de Salomón evitarán el primer paso hacia los pecados que le vencieron. Unidamente la obediencia a los requerimientos del Cielo guardará de la apostasía a los hombres. Dios les concedió mucha luz y muchas bendiciones; pero a menos que acepten esa luz y esas bendiciones, ellas no les darán seguridad contra la desobediencia y la apostasía. Cuando aquellos a quienes Dios exaltó a cargos de gran confianza se apartan de él para depender de la sabiduría humana, su luz se trueca en tinieblas. La capacidad que les fuera dada llega a ser una trampa.
Hasta que el conflicto termine, habrá quienes se aparten de Dios. Satanás ordenará de tal manera las circunstancias que, a menos que seamos guardados por el poder divino, ellas debilitarán casi imperceptiblemente las fortificaciones del alma. Necesitamos preguntar a cada paso: "¿Es éste el camino del Señor?" Mientras dure la vida, habrá necesidad de guardar los afectos y las pasiones con propósito firme. Ni un solo momento podemos estar seguros, a no ser que confiemos en Dios y tengamos nuestra vida escondida en Cristo. La vigilancia y la oración son la salvaguardia de la pureza.
Todos los que entren en la ciudad de Dios lo harán por la puerta estrecha, con esfuerzo y agonía; porque "no entrará en ella ninguna cosa sucia, o que hace abominación." (Apoc. 21: 27.) Pero nadie que haya caído necesita desesperar. Hombres de edad, que fueron una vez honrados por Dios, pueden haber manchado sus almas y sacrificado la virtud sobre el altar 62 de la concupiscencia; pero si se arrepienten, abandonan el pecado y se vuelven a su Dios, sigue habiendo esperanza para ellos. El que declara: "Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida" (Apoc. 2: 10), formula también esta invitación: "Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar." (Isa. 55: 7.) Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador. Declara: "Yo medicinaré su rebelión, amarélos de voluntad." (Ose. 14: 4.)
El arrepentimiento de Salomón fue sincero; pero el daño que había hecho su ejemplo al obrar mal, no podía ser deshecho. Durante su apostasía, hubo en el reino hombres que permanecieron fieles a su cometido, y conservaron su pureza y lealtad. Pero muchos fueron extraviados; y las fuerzas del mal desencadenadas por la introducción de la idolatría y de las prácticas mundanales, no las pudo detener fácilmente el rey penitente. Su influencia en favor del bien quedó grandemente debilitada. Muchos vacilaban cuando se trataba de confiar plenamente en su dirección. Aunque el rey confesó su pecado y escribió, para beneficio de las generaciones ulteriores, el relato de su insensatez y arrepentimiento, no podía esperar que fuese completamente destruída la influencia funesta de sus malas acciones. Envalentonados por su apostasía, muchos continuaron obrando mal, y solamente mal. Y en la conducta descendente de muchos de los príncipes que le siguieron, puede rastrearse la triste influencia que ejerció al prostituir las facultades que Dios le había dado.
En la angustia de sus amargas reflexiones sobre lo malo de su conducta, Salomón se sintió constreñido a declarar: "Mejor es la sabiduría que las armas de guerra; mas un pecador destruye mucho bien." "Hay un mal que debajo del sol he visto, a manera de error emanado del príncipe: la necedad está colocada en grandes alturas."
"Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor el perfume 63 del perfumista: así una pequeña locura, al estimado por sabiduría y honra." (Ecl. 9: 18; 10: 5, 6, 1.)
Entre las muchas lecciones enseñadas por la vida de Salomón ninguna se recalca tanto como la referente al poder de la influencia para el bien o para el mal. Por limitada que sea nuestra esfera, ejercemos una influencia benéfica o maléfica. Sin que lo sepamos y sin que podamos evitarlo, ella se ejerce sobre los demás en bendición o maldición. Puede ir acompañada de la lobreguez del descontento y del egoísmo, o del veneno mortal de algún pecado que hayamos conservado; o puede ir cargada del poder vivificante de la fe, el valor y la esperanza, así como de la suave fragancia del amor. Pero lo seguro es que manifestará su potencia para el bien o para el mal.
Puede llenarnos de pavor el pensar que nuestra influencia pueda tener sabor de muerte para muerte; y sin embargo es así. Un alma extraviada, que pierde la bienaventuranza eterna, es una pérdida inestimable. Y sin embargo un acto temerario o una palabra irreflexiva de nuestra parte, puede ejercer una influencia tan profunda sobre la vida de otra persona, que resulte en la ruina de su alma. Una sola mancha en nuestro carácter puede desviar a muchos de Cristo.
Mientras la semilla sembrada produce una cosecha, y ésta a su vez se siembra, la mies se multiplica. En nuestras relaciones con los demás, esta ley se cumple. Cada acto, cada palabra, constituye una semilla que dará fruto. Cada acto de bondad reflexiva, de obediencia, de abnegación, se reproducirá en los demás, y por ellos en otros aún. Así también cada acto de envidia, malicia y disensión, es una semilla que producirá una "raíz de amargura" (Heb. 12: 15), por la cual muchos serán contaminados. ¡Y cuánto mayor aún será el número de los que serán envenenados por esos muchos! Así prosigue para este tiempo y para la eternidad la siembra del bien y del mal. 64

1 Salomón

DURANTE el reinado de David y Salomón, Israel se hizo fuerte entre las naciones y tuvo muchas oportunidades de ejercer una influencia poderosa en favor de la verdad y de la justicia. El nombre de Jehová fue ensalzado y honrado, y el propósito con que los israelitas habían sido establecidos en la tierra de promisión parecía estar en vías de cumplirse. Las barreras fueron quebrantadas, y los paganos que buscaban la verdad no eran despedidos sin haber recibido satisfacción. Se producían conversiones, y la iglesia de Dios en la tierra era ensanchada y prosperada.
Salomón fue ungido y proclamado rey durante los últimos años de su padre David, quien abdicó en su favor. La primera parte de su vida fue muy promisoria y Dios quería que progresase en fuerza y en gloria, para que su carácter se asemejase cada vez más al carácter de Dios e inspirase a su pueblo el deseo de desempeñar su cometido sagrado como depositario de la verdad divina.
David sabía que el alto propósito de Dios en favor de Israel sólo podría cumplirse si los príncipes y el pueblo procuraban con incesante vigilancia alcanzar la norma que se les proponía. Sabía que para desempeñar el cometido con el cual Dios se había complacido en honrar a su hijo Salomón, era necesario que el joven gobernante no fuese simplemente un guerrero, un estadista y un soberano, sino un hombre fuerte y bueno, que enseñase la justicia y fuese ejemplo de fidelidad.
Con tierno fervor David instó a Salomón a que fuese viril y noble, a que demostrase misericordia y bondad hacia sus súbditos, y que en todo su trato con las naciones de la tierra honrase 18 y glorificase el nombre de Dios y manifestase la hermosura de la santidad. Las muchas incidencias penosas y notables por las cuales David había pasado durante su vida le habían enseñado el valor de las virtudes más nobles y le indujeron a declarar a Salomón mientras, moribundo, le transmitía su exhortación final: "El señoreador de los hombres será justo, señoreador en temor de Dios. Será como la luz de la mañana cuando sale el sol, de la mañana sin nubes; cuando la hierba de la tierra brota por medio del resplandor después de la lluvia." (2 Sam. 23: 3, 4.)
¡Qué oportunidad tuvo Salomón! Si hubiese seguido la instrucción divinamente inspirada de su padre, el suyo habría sido un reinado de justicia, como el descrito en el Salmo 72:
"Oh Dios, da tus juicios al rey,
Y tu justicia al hijo del rey.
El juzgará tu pueblo con justicia,
Y tus afligidos con juicio....
Descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada;
Como el rocío que destila sobre la tierra.
Florecerá en sus días justicia,
Y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna.
Y dominará de mar a mar,
Y desde el río hasta los cabos de la tierra....
Los reyes de Tharsis y de las islas traerán presentes:
Los reyes de Sheba y de Seba ofrecerán dones.
Y arrodillarse han a él todos los reyes;
Le servirán todas las gentes.
Porque él librará al menesteroso que clamare,
Y al afligido que no tuviere quien le socorra...
Y oraráse por él continuamente;
Todo el día se le bendecirá....
Será su nombre para siempre,
Perpetuaráse su nombre mientras el sol dure:
Y benditas serán en él todas las gentes:
Llamarlo han bienaventurado.
Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel,
Que solo hace maravillas.
Y bendito su nombre glorioso para siempre:
Y toda la tierra sea llena de su gloria." 19
En su juventud Salomón hizo la misma decisión que David, y durante muchos años anduvo con integridad y rindió estricta obediencia a los mandamientos de Dios. Al principio de su reinado fue con sus consejeros de estado a Gabaón, donde estaba todavía el tabernáculo que había sido construido en el desierto, y allí, juntamente con los consejeros que se había escogido, "los jefes de miles y de cientos," "los jueces, y . . . todos los príncipes de todo Israel, cabezas de las casas paternas" (2 Crón. 1: 2, V.M.), participó en el ofrecimiento de sacrificios para adorar a Dios y para consagrarse plenamente a su servicio. Comprendiendo algo de la magnitud de los deberes relacionados con el cargo real, Salomón sabía que quienes llevan pesadas responsabilidades deben recurrir a la Fuente de sabiduría para obtener dirección, si quieren desempeñar esas responsabilidades en forma aceptable. Esto le indujo a alentar a sus consejeros para que juntamente con él procurasen asegurarse de que eran aceptados por Dios.
Sobre todos los bienes terrenales, el rey deseaba sabiduría y entendimiento para realizar la obra que Dios le había dado. Anhelaba tener una mente despierta, un corazón grande, y un espíritu tierno. Esa noche el Señor apareció a Salomón en un sueño y le dijo: "Pide lo que te he de dar." En respuesta, el joven e inexperto gobernante expresó su sentimiento de incapacidad y su deseo de ayuda. Dijo: "Tú has hecho para con tu siervo David, mi padre, gran merced, así como él anduvo delante de tu rostro con fidelidad y en justicia, y en rectitud de corazón para contigo; y le has guardado esta gran merced de darle un hijo que se siente sobre su trono, como parece hoy.
"Ahora pues, oh Jehová, Dios mío, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre; y yo soy un niño pequeño, y no sé cómo me debo conducir. Y con todo tu siervo está en medio de tu pueblo que has escogido, pueblo grande, que no se puede numerar ni contar por la muchedumbre de él. Da pues a tu siervo un corazón inteligente, para juzgar a tu pueblo, 20 para poder distinguir entre el bien y el mal; porque ¿quién es capaz de juzgar este tu pueblo tan grande?
"Y esta petición agradó al Señor, por haber pedido Salomón semejante cosa."
"Por cuanto hubo este pensamiento en tu corazón ­dijo Dios a Salomón,­ y no has pedido riquezas, hacienda, ni honra, ni la vida de tus enemigos; ni tampoco has pedido larga vida, sino que has pedido para ti mismo sabiduría y ciencia, para que puedas juzgar a mi pueblo," "he aquí que hago según tu palabra; he aquí que te doy un corazón tan sabio y entendido, que no haya habido otro como tú antes de ti, ni después de ti se levantará tu igual. Y además, lo que no pediste te lo doy, así riqueza como gloria," "cuales nunca ha tenido ninguno de los reyes que han sido antes de ti; ni después de ti las tendrá así ninguno."
"Y si anduvieres en mis caminos, guardando mis estatutos y mis leyes, así como anduvo David tu padre, entonces prolongaré tus días." (1 Rey. 3: 5-14; 2 Crón. 1: 7-12, V.M.)
Dios prometió que así como había acompañado a David, estaría con Salomón. Si el rey andaba en integridad delante de Jehová, si hacía lo que Dios le había ordenado, su trono quedaría establecido y su reinado sería el medio de exaltar a Israel como "pueblo sabio y entendido" (Deut. 4: 6), la luz de las naciones circundantes.
El lenguaje de Salomón al orar a Dios ante el antiguo altar de Gabaón, revela su humildad y su intenso deseo de honrar a Dios. Comprendía que sin la ayuda divina, estaba tan desamparado como un niñito para llevar las responsabilidades que le incumbían. Sabía que carecía de discernimiento, y el sentido de su gran necesidad le indujo a solicitar sabiduría a Dios. No había en su corazón aspiración egoísta por un conocimiento que le ensalzase sobre los demás. Deseaba desempeñar fielmente los deberes que le incumbían, y eligió el don por medio del cual su reinado habría de glorificar a Dios. Salomón no tuvo nunca más riqueza ni más sabiduría o verdadera grandeza 21 que cuando confesó: "Yo soy un niño pequeño, y no sé cómo me debo conducir."
Los que hoy ocupan puestos de confianza deben procurar aprender la lección enseñada por la oración de Salomón. Cuanto más elevado sea el cargo que ocupe un hombre y mayor sea la responsabilidad que ha de llevar, más amplia será la influencia que ejerza y tanto más necesario será que confíe en Dios. Debe recordar siempre que juntamente con el llamamiento a trabajar le llega la invitación a andar con circunspección delante de sus semejantes. Debe conservar delante de Dios la actitud del que aprende. Los cargos no dan santidad de carácter. Honrando a Dios y obedeciendo sus mandamientos es como un hombre llega a ser realmente grande.
El Dios a quien servimos no hace acepción de personas. El que dio a Salomón el espíritu de sabio discernimiento está dispuesto a impartir la misma bendición a sus hijos hoy. Su palabra declara: "Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada." (Sant. 1: 5.) Cuando el que lleva responsabilidad desee sabiduría más que riqueza, poder o fama, no quedará chasqueado. El tal aprenderá del gran Maestro no sólo lo que debe hacer, sino también el modo de hacerlo para recibir la aprobación divina.
Mientras permanezca consagrado, el hombre a quien Dios dotó de discernimiento y capacidad no manifestará avidez por los cargos elevados ni procurará gobernar o dominar. Es necesario que haya hombres que lleven responsabilidad; pero en vez de contender por la supremacía, el verdadero conductor pedirá en oración un corazón comprensivo, para discernir entre el bien y el mal.
La senda de los hombres que han sido puestos como dirigentes no es fácil; pero ellos han de ver en cada dificultad una invitación a orar. Nunca dejarán de consultar a la gran Fuente de toda sabiduría. Fortalecidos e iluminados por el Artífice maestro, se verán capacitados para resistir firmemente las 22 influencias profanas y para discernir entre lo correcto y lo erróneo, entre el bien y el mal. Aprobarán lo que Dios aprueba y lucharán ardorosamente contra la introducción de principios erróneos en su causa.
Dios le dio a Salomón la sabiduría que él deseaba más que las riquezas, los honores o la larga vida. Le concedió lo que había pedido: una mente despierta, un corazón grande y un espíritu tierno. "Y dio Dios a Salomón sabiduría, y prudencia muy grande, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar. Que fue mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los Egipcios. Y aun fue más sabio que todos los hombres; . . . y fue nombrado entre todas las naciones de alrededor." (1 Rey. 4: 29 - 31.)
Todos los israelitas "temieron al rey, porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar." (1 Rey. 3: 28.) Los corazones del pueblo se volvieron hacia Salomón, como habían seguido a David, y le obedecían en todas las cosas. "Salomón . . . fue afirmado en su reino; y Jehová su Dios fue con él, y le engrandeció sobremanera." (2 Crón. 1: 1.)
Durante muchos años la vida de Salomón quedó señalada por su devoción a Dios, su integridad y sus principios firmes, así como por su estricta obediencia a los mandamientos de Dios. Era él quien encabezaba toda empresa importante y manejaba sabiamente los negocios relacionados con el reino. Su riqueza y sabiduría; los magníficos edificios y obras públicas que construyó durante los primeros años de su reinado; la energía, piedad, justicia y magnanimidad que manifestaba en sus palabras y hechos, le conquistaron la lealtad de sus súbditos y la admiración y el homenaje de los gobernantes de muchas tierras.
El nombre de Jehová fue grandemente honrado durante la primera parte del reinado de Salomón. La sabiduría y la justicia reveladas por el rey atestiguaban ante todas las naciones la excelencia de los atributos del Dios a quien servía. Durante un tiempo Israel fue como la luz del mundo y puso de manifiesto 23 la grandeza de Jehová. La gloria verdadera de Salomón durante la primera parte de su reinado no estribaba en su sabiduría sobresaliente, sus riquezas fabulosas o su extenso poder y fama, sino en la honra que reportaba al nombre del Dios de Israel mediante el uso sabio que hacía de los dones del cielo.
A medida que transcurrían los años y aumentaba la fama de Salomón, procuró él honrar a Dios incrementando su fortaleza mental y espiritual e impartiendo de continuo a otros las bendiciones que recibía. Nadie comprendía mejor que él que el favor de Jehová le había dado poder, sabiduría y comprensión, y que esos dones le eran otorgados para que pudiese comunicar al mundo el conocimiento del Rey de reyes.
Salomón se interesó especialmente en la historia natural, pero sus investigaciones no se limitaron a un solo ramo del saber. Mediante un estudio diligente de todas las cosas creadas, animadas e inanimadas, obtuvo un concepto claro del Creador. En las fuerzas de la naturaleza, en el mundo mineral y animal, y en todo árbol, arbusto y flor, veía una revelación de la sabiduría de Dios, a quien conocía y amaba cada vez más a medida que se esforzaba por aprender.
La sabiduría que Dios inspiraba a Salomón se expresaba en cantos de alabanza y en muchos proverbios. "Y propuso tres mil parábolas; y sus versos fueron mil y cinco. También disertó de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó de los animales, de las aves, de los reptiles, y de los peces." (1 Rey. 4: 32, 33.)
En los proverbios de Salomón se expresan principios de una vida santa e intentos elevados; principios nacidos del cielo que llevan a la piedad; principios que deben regir cada acto de la vida. Fue la amplia difusión de estos principios y el reconocimiento de Dios como Aquel a quien pertenece toda alabanza y honor, lo que hizo de los comienzos del reinado de Salomón una época de elevación moral tanto como de prosperidad material.
Escribió él: "Bienaventurado el hombre que halla la 24 sabiduría, y que obtiene la inteligencia: porque su mercadería es mejor que la mercadería de la plata, y sus frutos más que el oro fino. Más preciosa es que las piedras preciosas; y todo lo que puedes desear, no se puede comparar a ella. Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda riquezas y honra. Sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz. Ella es árbol de vida a los que de ella asen: y bienaventurados son los que la mantienen." (Prov. 3: 13-18.)
"Sabiduría ante todo: adquiere sabiduría: y ante toda tu posesión adquiere inteligencia." (Prov. 4: 7.) "El principio de la sabiduría es el temor de Jehová." (Salmo 111: 10.) "El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, y el mal camino y la boca perversa, aborrezco." (Prov. 8: 13.)
¡Ojalá que en sus años ulteriores Salomón hubiese prestado atención a esas maravillosas palabras de sabiduría! ¡Ojalá que quien había declarado: "Los labios de los sabios esparcen sabiduría" (Prov. 15: 7) y había enseñado a los reyes de la tierra a tributar al Rey de reyes la alabanza que deseaban dar a un gobernante terrenal, no se hubiese atribuido con "boca perversa" y con "soberbia y . . . arrogancia" la gloria que pertenece sólo a Dios! 25

2 El Templo y su Dedicación

SALOMÓN ejecutó sabiamente el plan de erigir un templo para el Señor, como David lo había deseado durante mucho tiempo. Durante siete años Jerusalén se vió llena de obreros activamente ocupados en nivelar el sitio escogido, construir grandes paredes de retención, echar amplios cimientos de "grandes piedras, piedras de precio, . . . y piedras labradas" (1 Rey. 5: 17), dar forma a las pesadas maderas traídas de los bosques del Líbano y erigir el magnífico santuario.
Simultáneamente con la preparación de la madera y de las piedras a la cual muchos millares dedicaban sus energías, progresaba constantemente la elaboración de los muebles para el templo, bajo la dirección de Hiram de Tiro, "un hombre hábil y entendido, . . . el cual" sabía "trabajar en oro, y plata, y metal, y hierro, en piedra y en madera, en púrpura y en cárdeno, en lino y en carmesí." (2 Crón. 2: 13, 14.)
Mientras el edificio se iba levantando silenciosamente en el monte Moria con "piedras que traían ya acabadas; de tal manera que cuando la edificaban, ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro" (1 Rey. 6: 7), los hermosos adornos se ejecutaban de acuerdo con los modelos confiados por David a su hijo, "todos los vasos para la casa de Dios." Estas cosas incluían el altar del incienso, la mesa para los panes de la proposición, el candelero y sus lámparas, así como los vasos e instrumentos relacionados con el ministerio de los sacerdotes en el lugar santo, todo "de oro, de oro perfecto." (2 Crón. 4: 19, 21.) Los enseres de bronce: el altar de los holocaustos, la gran cuba sostenida por doce bueyes, las fuentes de menor tamaño, los muchos otros vasos, "fundiólos el rey en los 26 llanos del Jordán, en tierra arcillosa, entre Suchot y Seredat." (2 Crón. 4: 17.) Esos enseres fueron provistos en abundancia, para que no se careciese de ellos.
De una belleza insuperable y esplendor sin rival era el palacio que Salomón y quienes le ayudaban erigieron para Dios y su culto. Adornado de piedras preciosas, rodeado por atrios espaciosos y recintos magníficos, forrado de cedro esculpido y de oro bruñido, el templo, con sus cortinas bordadas y muebles preciosos, era un emblema adecuado de la iglesia viva de Dios en la tierra, que a través de los siglos ha estado formándose de acuerdo con el modelo divino, con materiales comparados a "oro, plata, piedras preciosas," "labradas a manera de las de un palacio." (1 Cor. 3: 12; Sal. 144: 12.) De este templo espiritual es "la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo; en el cual, compaginado todo el edificio, va creciendo para ser un templo santo en el Señor." (Efe. 2: 20, 21.)
Por fin quedó terminado el templo proyectado por el rey David y construido por su hijo Salomón. "Y todo lo que Salomón tuvo en voluntad de hacer en la casa de Jehová y en su casa, fue prosperado." (2 Crón. 7: 11.) Entonces, a fin de que el palacio que coronaba las alturas del monte Moria fuese en verdad, como tanto lo había deseado David, una morada no destinada al "hombre, sino para Jehová Dios" (1 Crón. 29: 1), quedaba por realizarse la solemne ceremonia de dedicarlo formalmente a Jehová y su culto.
El sitio en que se construyó el templo se venía considerando desde largo tiempo atrás como lugar consagrado. Allí era donde Abrahán, padre de los fieles, se había demostrado dispuesto a sacrificar a su hijo en obediencia a la orden de Jehová. Allí Dios había renovado con Abrahán el pacto de la bendición, que incluía la gloriosa promesa mesiánica de que la familia humana sería liberada por el sacrificio del Hijo del Altísimo. Allí era donde, por medio del fuego celestial, Dios había contestado a David cuando éste ofreciera holocaustos y sacrificios pacíficos a fin de detener la espada vengadora del ángel 27 destructor. Y nuevamente los adoradores de Jehová volvían a presentarse allí delante de su Dios para repetir sus votos de fidelidad a él.
El momento escogido para la dedicación era muy favorable: el séptimo mes, cuando el pueblo de todas partes del reino solía reunirse en Jerusalén para celebrar la fiesta de las cabañas, que era preeminentemente una ocasión de regocijo. Las labores de la cosecha habían terminado, no habían empezado todavía los trabajos del nuevo año; la gente estaba libre de cuidados y podía entregarse a las influencias sagradas y placenteras del momento.
A la hora señalada, las huestes de Israel, con representantes ricamente ataviados de muchas naciones extranjeras, se congregaron en los atrios del templo. Era una escena de esplendor inusitado. Salomón, con los ancianos de Israel y los hombres de más influencia entre el pueblo, había regresado de otra parte de la ciudad, de donde habían traído el arca del testamento. De las alturas de Gabaón había sido transferido el antiguo " tabernáculo del testimonio, y todos los vasos del santuario que estaban en el tabernáculo" (2 Crón. 5: 5); y estos preciosos recuerdos de los tiempos en que los hijos de Israel habían peregrinado en el desierto y conquistado Canaán hallaron albergue permanente en el magnífico edificio erigido para reemplazar la estructura portátil.
Cuando llevó al templo el arca sagrada que contenía las dos tablas de piedra sobre las cuales el dedo de Dios había escrito los preceptos del Decálogo, Salomón siguió el ejemplo de su padre David. A cada intervalo de seis pasos ofreció un sacrificio. Con cantos, música y gran pompa, " los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el oratorio de la casa, en el lugar santísimo." (2 Crón 5: 7.) Al salir del santuario interior, se colocaron en los lugares que les habían sido asignados. Los cantores, que eran levitas ataviados de lino blanco y equipados con címbalos, salterios y arpas, se hallaban en el extremo situado al oriente del altar, y con ellos había 28 120 sacerdotes que tocaban las trompetas. (2 Crón. 5: 12.)
"Sonaban pues las trompetas, y cantaban con la voz todos a una, para alabar y confesar a Jehová: y cuando alzaban la voz con trompetas y címbalos e instrumentos de música, cuando alababan a Jehová, diciendo: Porque es bueno, porque su misericordia es para siempre: la casa se llenó entonces de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había henchido la casa de Dios." (2 Crón. 5: 13, 14.)
Comprendiendo el significado de esta nube, Salomón declaró: "Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad. Yo pues he edificado una casa de morada para ti, y una habitación en que mores para siempre." (2 Crón. 6: 1, 2.)
"Jehová reinó, temblarán los pueblos:
El está sentado sobre los querubines,
Conmoveráse la tierra.
Jehová en Sión es grande,
Y ensalzado sobre todos los pueblos.
Alaben tu nombre grande y tremendo:
El es santo . . . .
Ensalzad a Jehová nuestro Dios,
Y encorvaos al estrado de sus pies:
El es santo." (Salmo 99: 1-5.)
"En medio del atrio" del templo se había erigido "un púlpito de metal," o plataforma de "cinco codos de largo, y cinco codos de ancho, y de altura tres codos." Sobre esta plataforma se hallaba Salomón, quién, con las manos alzadas, bendecía a la vasta multitud delante de él. "Y toda la congregación de Israel estaba en pie." (2 Crón. 6: 13, 3.)
Exclamó Salomón: "Bendito sea Jehová Dios de Israel, el cual con su mano ha cumplido lo que habló por su boca a David mi padre, diciendo: . . . A Jerusalem he elegido para que en ella esté mi nombre." (2 Crón. 6: 4, 6.)
Luego Salomón se arrodilló sobre la plataforma, y a oídos de todo el pueblo, elevó la oración dedicatoria. Alzando las manos hacia el cielo, mientras la congregación se postraba a 29 tierra sobre sus rostros, el rey rogó: "Jehová Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti en el cielo ni en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos que caminan delante de ti de todo su corazón . . . . ¿Es verdad que Dios ha de habitar con el hombre en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte: ¿cuánto menos esta casa que he edificado? Mas tú mirarás a la oración de tu siervo, y a su ruego, oh Jehová Dios mío, para oír el clamor y la oración con que tu siervo ora delante de ti. Que tus ojos estén abiertos sobre esta casa de día y de noche, sobre el lugar del cual dijiste, Mi nombre estará allí; que oigas la oración con que tu siervo ora en este lugar. Asimismo que oigas el ruego de tu siervo, y de tu pueblo Israel, cuando en este lugar hicieren oración, que tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada: que oigas y perdones . . . .
"Si tu pueblo Israel cayere delante de los enemigos, por haber prevaricado contra ti, y se convirtieren, y confesaren tu nombre, y rogaren delante de ti en esta casa, tú oirás desde los cielos, y perdonarás el pecado de tu pueblo Israel, y los volverás a la tierra que diste a ellos y a sus padres. Si los cielos se cerraren, que no haya lluvias por haber pecado contra ti, si oraren a ti en este lugar, y confesaren tu nombre, y se convirtieren de sus pecados, cuando los afligieres, tú los oirás en los cielos, y perdonarás el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, y les enseñarás el buen camino para que anden en él, y darás lluvia sobre tu tierra, la cual diste por heredad a tu pueblo. Y si hubiere hambre en la tierra, o si hubiere pestilencia, si hubiere tizoncillo o añublo, langosta o pulgón; o si los cercaren sus enemigos en la tierra de su domicilio; cualquiera plaga o enfermedad que sea; toda oración y todo ruego que hiciere cualquier hombre, o todo tu pueblo Israel, cualquiera que conociere su llaga y su dolor en su corazón, si extendiere sus manos a esta casa, tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu habitación, y perdonarás, y darás a cada uno conforme a sus caminos, habiendo conocido su corazón; . . . para que te teman 30 y anden en tus caminos, todos los días que vivieren sobre la haz de la tierra que tú diste a nuestros padres.
"Y también al extranjero que no fuere de tu pueblo Israel, que hubiere venido de lejanas tierras a causa de tu grande nombre, y de tu mano fuerte, y de tu brazo extendido, si vinieren, y oraren en esta casa, tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, y harás conforme a todas las cosas por las cuales hubiere clamado a ti el extranjero; para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y te teman como tu pueblo Israel, y sepan que tu nombre es invocado sobre esta casa que he edificado yo. Si tu pueblo saliere a la guerra contra sus enemigos por el camino que tú los enviares, y oraren a ti hacia esta ciudad que tú elegiste, hacia la casa que he edificado a tu nombre, tú oirás desde los cielos su oración y su ruego, y ampararás su derecho. Si pecaren contra ti, (pues no hay hombre que no peque,) y te airares contra ellos, y los entregares delante de sus enemigos, para que los que los tomaren los lleven cautivos a tierra de enemigos, lejos o cerca, y ellos volvieren en sí en la tierra donde fueren llevados cautivos; si se convirtieren, y oraren a ti en la tierra de su cautividad, y dijeren: Pecamos, hemos hecho inicuamente, impíamente hemos obrado; si se convirtieren a ti de todo su corazón y de toda su alma en la tierra de su cautividad, donde los hubieren llevado cautivos, y oraren hacia su tierra que tú diste a sus padres, hacia la ciudad que tú elegiste, y hacia la casa que he edificado a tu nombre; tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, su oración y su ruego, y ampararás su causa, y perdonarás a tu pueblo que pecó contra ti.
"Ahora pues, oh Dios mío, ruégote estén abiertos tus ojos, y atentos tus oídos a la oración en este lugar. Oh Jehová Dios, levántate ahora para habitar en tu reposo, tú y el arca de tu fortaleza; sean, oh Jehová Dios, vestidos de salud tus sacerdotes, y gocen de bien tus santos. Jehová Dios, no hagas volver el rostro de tu ungido: acuérdate de las misericordias de David tu siervo." (2 Crón. 6: 14-42.) 31
Cuando Salomón terminó su oración, "el fuego descendió de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas." Los sacerdotes no podían entrar en el templo, porque "la gloria de Jehová hinchió la casa." "Y como vieron todos los hijos de Israel . . . la gloria de Jehová sobre la casa, cayeron en tierra sobre sus rostros en el pavimento, y adoraron, confesando a Jehová y diciendo: Que es bueno, que su misericordia es para siempre."
Entonces el rey y el pueblo ofrecieron sacrificios delante de Jehová. "Así dedicaron la casa de Dios el rey y todo el pueblo." (2 Crón. 7:15.) Durante siete días las multitudes de todas partes del reino, desde los confines "de Hamath hasta el arroyo de Egipto," "una grande congregación," celebraron un alegre festín. La semana siguiente fue dedicada por la muchedumbre feliz a observar la fiesta de las cabañas. Al fin del plazo de reconsagración y regocijo, todos regresaron a sus hogares, "alegres y gozosos de corazón por los beneficios que Jehová había hecho a David, y a Salomón, y a su pueblo Israel." (2 Crón. 7: 8, 10.)
El rey había hecho cuanto estaba en su poder por alentar al pueblo a entregarse por completo a Dios y a su servicio y a magnificar su santo nombre. Y nuevamente, como sucediera en Gabaón al principio de su reinado, recibió el gobernante de Israel una evidencia de la aceptación y la bendición divinas. En una visión nocturna, el Señor se le apareció y le dio este mensaje: "Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio. Si yo cerrare los cielos, que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre los cuales mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos, y atentos mis oídos, a la oración en este lugar: pues que ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; 32 y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre." (2 Crón. 7: 12-16.)
Si Israel hubiese permanecido fiel a Dios, aquel edificio glorioso habría perdurado para siempre, como señal perpetua del favor especial de Dios hacia su pueblo escogido. Dios declaró: "Y a los hijos de los extranjeros que se llegaren a Jehová para ministrarle, y que amaren el nombre de Jehová para ser tus siervos: a todos los que guardaren el sábado de profanarlo, y abrazaren mi pacto, yo los llevaré al monte de mi santidad, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa, casa de oración será llamada de todos los pueblos." (Isa. 56: 6, 7.)
En relación con esta promesa de aceptación, el Señor indicó claramente el deber que le incumbía al rey. "Y tú ­le dijo,­ si anduvieres delante de mí, como anduvo David tu padre, e hicieres todas las cosas que yo te he mandado, y guardares mis estatutos y mis derechos, yo confirmaré el trono de tu reino, como concerté con David tu padre, diciendo: No faltará varón de ti que domine en Israel." (2 Crón. 7: 17, 18.)
Si Salomón hubiese continuado sirviendo al Señor con humildad, todo su reinado habría ejercido una poderosa influencia para el bien sobre las naciones circundantes, que habían recibido una impresión tan favorable del reinado de David su padre y de las sabias palabras y obras magníficas realizadas durante los primeros años de su propio reinado. Previendo las terribles tentaciones que acompañarían la prosperidad y los honores mundanales, Dios dio a Salomón una advertencia contra el mal de la apostasía, y predijo los espantosos resultados del pecado. Aun el hermoso templo que acababa de dedicarse, declaró, llegaría a ser "proverbio y fábula en todos los pueblos," si los israelitas dejaban "a Jehová Dios de sus padres" (2 Crón. 7: 20, 22), y persistían en la idolatría.
Fortalecido en su corazón y muy alentado por el aviso celestial de que su oración en favor de Israel había sido oída, Salomón inició el período más glorioso de su reinado, durante 33 el cual "todos los reyes de la tierra" procuraban acercársele, para "oír su sabiduría, que Dios había puesto en su corazón." (2 Crón. 9: 23.) Muchos venían para ver cómo gobernaba y para recibir instrucciones acerca de cómo manejar asuntos difíciles.
Cuando esas personas visitaban a Salomón, les enseñaba lo referente al Dios Creador de todas las cosas, y regresaban a sus hogares con un concepto más claro del Dios de Israel, así como de su amor por la familia humana. En las obras de la naturaleza contemplaban entonces una expresión del amor de Dios una revelación de su carácter; y muchos eran inducidos a adorarle como Dios suyo.
La humildad manifestada por Salomón cuando comenzó a llevar las cargas del estado, al reconocer delante de Dios: "Yo soy un niño pequeño" (1 Rey. 3: 7, V.M.); su notable amor a Dios, su profunda reverencia por las cosas divinas, su desconfianza de sí mismo y su ensalzamiento del Creador infinito, todos estos rasgos de carácter, tan dignos de emulación, se revelaron durante los servicios relacionados con la terminación del templo, cuando al elevar su oración dedicatoria lo hizo de rodillas, en la humilde posición de quien ofrece una petición. Los discípulos de Cristo deben precaverse hoy contra la tendencia a perder el espíritu de reverencia y temor piadoso. Las Escrituras enseñan a los hombres cómo deben acercarse a su Hacedor, a saber con humildad y reverencia, por la fe en un Mediador divino. El salmista declaró:
"Porque Jehová es Dios grande;
Y Rey grande sobre todos los dioses. . . .
Venid, adoremos y postrémonos;
Arrodillémonos delante de Jehová nuestro hacedor."
(Sal. 95: 3, 6.)
Tanto en el culto público como en el privado, nos incumbe inclinarnos de rodillas delante de Dios cuando le dirigimos nuestras peticiones. Jesús, nuestro ejemplo, "puesto de rodillas, oró." (Luc. 22: 41.) Acerca de sus discípulos quedó 34 registrado que también "Pedro puesto de rodillas, oró." (Hech. 9: 40.) Pablo declaró: "Doblo mis rodillas al Padre de nuestro Señor Jesucristo." (Efe. 3: 14.) Cuando Esdras confesó delante de Dios los pecados de Israel, se arrodilló. (Esd. 9: 5.) Daniel "hincábase de rodillas tres veces al día, y oraba, y confesaba delante de su Dios." (Dan. 6: 10.)
La verdadera reverencia hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia. Este sentido del Invisible debe impresionar profundamente todo corazón. La presencia de Dios hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados. Y al manifestar reverencia por nuestra actitud y conducta, se profundiza en nosotros el sentimiento que la inspira. "Santo y temible es su nombre" (Sal. 111: 9, V.M.), declara el salmista. Los ángeles se velan el rostro cuando pronuncian ese nombre. ¡Con qué reverencia debieran pronunciarlo nuestros labios, puesto que somos seres caídos y pecaminosos!.
¡Cuán apropiado sería que jóvenes y ancianos ponderasen las palabras de la Escritura que demuestran cómo debe considerarse el lugar señalado por la presencia especial de Dios! El ordenó a Moisés, al lado de la zarza ardiente: "Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es." (Exo. 3: 5.)
Jacob, después de contemplar la visión del ángel, exclamó: "Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía . . . . No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo." (Gén. 28: 16, 17.)
En lo que dijo durante el servicio de dedicación, Salomón había procurado eliminar del ánimo de los presentes las supersticiones relativas al Creador que habían confundido a los paganos. El Dios del cielo no queda encerrado en templos hechos por manos humanas, como los dioses de los paganos; y sin embargo puede reunirse con sus hijos por su Espíritu cuando ellos se congregan en la casa dedicada a su culto.
Siglos más tarde, Pablo enseñó la misma verdad en estas 35 palabras: "El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, éste, como sea Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos, ni es honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues él da a todos vida, y respiración, y todas las cosas; . . . para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros: porque en él vivimos, y nos movemos, y somos." (Hech. 17: 24 - 28.)
"¡Dichosa la nación cuyo Dios es Jehová;
el pueblo que él escogió como herencia para sí!
Desde el cielo mira Jehová;
ve a todos los hijos de los hombres:
desde el lugar de su morada
observa a todos los moradores de la tierra."
"Jehová ha establecido su trono en los cielos,
y su reino domina sobre todos."
"¡Oh Dios, en santidad es tu camino!
¿qué dios es grande como Dios?
¡Tú eres el Dios que haces maravillas!
has dado a conocer entre las naciones tu poder."
(Salmos 33: 12-14; 103: 19; 77: 13, 14, V.M.)
Aunque Dios no mora en templos hechos por manos humanas, honra con su presencia las asambleas de sus hijos. Prometió que cuando se reuniesen para buscarle, para reconocer sus pecados, y orar unos por otros, él los acompañaría por su Espíritu. Pero los que se congregan para adorarle deben desechar todo lo malo. A menos que le adoren en espíritu y en verdad, así como en hermosura de santidad, de nada valdrá que se congreguen. Acerca de tales ocasiones el Señor declara: "Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí. Mas en vano me honran." (Mat. 15: 8, 9.) Los que adoran a Dios deben adorarle "en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren." (Juan 4: 23.)
"Mas Jehová está en su santo templo: calle delante de él toda la tierra." (Hab. 2: 20.) 36

3 El Orgullo de la Prosperidad

MIENTRAS Salomón exaltó la ley del cielo, Dios estuvo con él, y le dio sabiduría para gobernar a Israel con imparcialidad y misericordia. Al principio, aun cuando obtenía riquezas y honores mundanales, permaneció humilde, y grande fue el alcance de su influencia. "Y Salomón señoreaba sobre todos los reinos, desde el río [Eufrates] de la tierra de los Filisteos hasta el término de Egipto." "Tuvo paz por todos lados en derredor suyo. Y Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera, . . . todos los días de Salomón." (1 Rey. 4: 21, 24, 25.)
Pero después de un amanecer muy promisorio, su vida quedó obscurecida por la apostasía. La historia registra el triste hecho de que el que había sido llamado Jedidiah, "Amable a Jehová" (2 Sam. 12: 25), el que había sido honrado por Dios con manifestaciones de favor divino tan notables que su sabiduría e integridad le dieron fama mundial; el que había inducido a otros a loar al Dios de Israel, se desvió del culto de Jehová para postrarse ante los ídolos de los paganos.
Centenares de años antes que Salomón llegase al trono, el Señor, previendo los peligros que asediarían a los que fuesen escogidos príncipes de Israel, dio a Moisés instrucciones para guiarlos. El que hubiese de sentarse en el trono de Israel debía escribir "para sí en un libro un traslado de esta ley, del original de delante de los sacerdotes Levitas; y ­dijo el Señor­ lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de aquesta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra: para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se 37 aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra: a fin que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel."
En relación con estas instrucciones, el Señor previno en forma especial al que fuese ungido rey, y recomendó: "Ni tampoco ha de multiplicar para sí mujeres, porque no se aparte de mí su corazón; ni ha de aumentar para sí plata ni oro en sumo grado." (Deut. 17: 18-20; 17, V.M.)
Salomón conocía bien estas advertencias, y durante cierto tiempo les prestó atención. Su mayor deseo era vivir y gobernar de acuerdo con los estatutos dados en el Sinaí. Su manera de dirigir los asuntos del reino contrastaba en forma sorprendente con las costumbres de las naciones de su tiempo, que no temían a Dios, y cuyos gobernantes pisoteaban su santa ley.
Al procurar fortalecer sus relaciones con el poderoso reino situado al sur de Israel, Salomón penetró en terreno prohibido. Satanás conocía los resultados que acompañarían la obediencia; y durante los primeros años del reinado de Salomón, que fueron gloriosos por la sabiduría, la beneficencia y la integridad del rey, procuró introducir influencias que minasen insidiosamente la lealtad de Salomón a los buenos principios, y le indujesen a separarse de Dios. Por el relato bíblico sabemos que el enemigo tuvo éxito en ese esfuerzo: "Y Salomón hizo parentesco con Faraón rey de Egipto, porque tomó la hija de Faraón, y trájola a la ciudad de David." (1 Rey. 3: 1.)
Desde un punto de vista humano, este casamiento, aunque contrariaba las enseñanzas de la ley de Dios, pareció resultar en una bendición; porque la esposa pagana de Salomón se convirtió y participaba con él en el culto del verdadero Dios. Además, Faraón prestó un señalado servicio a Israel al tomar a Gezer, matar a "los Cananeos que habitaban la ciudad," y darla "en don a su hija, la mujer de Salomón." (1 Rey. 9: 16.) Salomón reedificó esa ciudad, y con ello fortaleció aparentemente su reino a lo largo de la costa del Mediterráneo. Pero al formar alianza con una nación pagana, y al sellar esa alianza por su casamiento con una princesa idólatra, Salomón despreció 38 temerariamente la sabia provisión hecha por Dios para conservar la pureza de su pueblo. La esperanza de que su esposa egipcia se convirtiese era una excusa muy débil para pecar.
Durante un tiempo, Dios, en su misericordia compasiva, pasó por alto esta terrible equivocación; y el rey, por una conducta prudente, podría haber mantenido en jaque, por lo menos en gran medida, las fuerzas malignas que su imprudencia había desatado. Pero Salomón había comenzado a perder de vista la Fuente de su poder y gloria. A medida que sus inclinaciones cobraban ascendiente sobre la razón, aumentaba su confianza propia, y procuraba cumplir a su manera el propósito del Señor. Razonaba que las alianzas políticas y comerciales con las naciones circundantes comunicarían a esas naciones un conocimiento del verdadero Dios; y contrajo alianzas profanas con una nación tras otra. Con frecuencia estas alianzas quedaban selladas por casamientos con princesas paganas. Los mandamientos de Jehová eran puestos a un lado en favor de las costumbres de aquellos otros pueblos.
Salomón se había congratulado de que su sabiduría y el poder de su ejemplo desviarían a sus esposas de la idolatría al culto del verdadero Dios, y que las alianzas así contraídas atraerían a las naciones de en derredor a la órbita de Israel. ¡Vana esperanza! El error cometido por Salomón al considerarse bastante fuerte para resistir la influencia de asociaciones paganas, fue fatal. Lo fue también el engaño que le indujo a esperar que no obstante haber despreciado él la ley de Dios, otros podrían ser inducidos a reverenciar y obedecer sus sagrados preceptos.
Las alianzas y relaciones comerciales del rey con las naciones paganas le reportaron fama, honores y riquezas de este mundo. Pudo traer oro de Ofir y plata de Tarsis en gran abundancia. "Y puso el rey plata y oro en Jerusalem como piedras, y cedro como cabrahigos que nacen en los campos en abundancia." (2 Crón. 1: 15.) En el tiempo de Salomón, era cada vez mayor el número de personas que obtenían riquezas, 39 con todas las tentaciones acompañantes; pero el oro fino del carácter quedaba empañado y contaminado.
Tan gradual fue la apostasía de Salomón que antes de que él se diera cuenta de ello, se había extraviado lejos de Dios. Casi imperceptiblemente comenzó a confiar cada vez menos en la dirección y bendición divinas, y cada vez más en su propia fuerza. Poco a poco fue rehusando a Dios la obediencia inquebrantable que debía hacer de Israel un pueblo peculiar, y conformándose cada vez más estrechamente a las costumbres de las naciones circundantes. Cediendo a las tentaciones que acompañaban sus éxitos y sus honores, se olvidó de la Fuente de su prosperidad. La ambición de superar a todas las demás naciones en poder y grandeza le indujo a pervertir con fines egoístas los dones celestiales que hasta entonces había empleado para glorificar a Dios. El dinero que debería haber considerado como un cometido sagrado para beneficio de los pobres dignos de ayuda y para difundir en todo el mundo los principios del santo vivir, se gastó egoístamente en proyectos ambiciosos.
Embargado por un deseo avasallador de superar en ostentación a las demás naciones, el rey pasó por alto la necesidad de adquirir belleza y perfección de carácter. Al procurar glorificarse delante del mundo, perdió su honor e integridad. Las enormes rentas adquiridas al comerciar con muchos países, fueron suplementadas por gravosas contribuciones. Así el orgullo, la ambición, la prodigalidad y la sensualidad dieron frutos de crueldad y exacciones. El espíritu concienzudo y considerado que había señalado su trato con el pueblo durante la primera parte de su reinado, había cambiado. Después de haber sido el gobernante más sabio y más misericordioso, degeneró en un tirano. Antes había sido para el pueblo un guardián compasivo y temeroso de Dios; pero llegó a ser opresor y déspota. Cobraba al pueblo un impuesto tras otro, a fin de que hubiese recursos con que sostener una corte lujosa. El pueblo empezó a quejarse. El respeto y la admiración que antes tributara 40 a su rey se trocaron en desafecto y aborrecimiento.
A fin de crear una salvaguardia contra la tendencia a confiar en el brazo de la carne, el Señor había advertido a los que hubieran de gobernar a Israel que no debían multiplicar el número de los caballos que poseyeran. Sin embargo, en completo desprecio de esta orden, "sacaban caballos . . . de Egipto." "Sacaban también caballos para Salomón, de Egipto y de todas las provincias." "Y juntó Salomón carros y gente de a caballo; y tenía mil cuatrocientos carros, y doce mil jinetes, los cuales puso en las ciudades de los carros, y con el rey en Jerusalem." (2 Crón. 1: 16; 9: 28; 1 Rey. 10: 26.)
Cada vez más el rey llegó a considerar los lujos, la sensualidad y el favor del mundo como indicios de grandeza. Hizo traer mujeres hermosas y atractivas de Egipto, Fenicia, Edom, Moab, y muchos otros lugares. Esas mujeres se contaban por centenares. Su religión se basaba en el culto de los ídolos, y se les había enseñado a practicar ritos crueles y degradantes. Hechizado por su belleza, el rey descuidaba sus deberes hacia Dios y su reino.
Sus mujeres ejercieron una influencia poderosa sobre él, y gradualmente le indujeron a participar de su culto. Salomón había despreciado las instrucciones que Dios había dado para que sirviesen como barrera contra la apostasía, y llegó a entregarse al culto de los dioses falsos. "Y ya que Salomón era viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos; y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David. Porque Salomón siguió a Astaroth, diosa de los Sidonios, y a Milcom, abominación de los Ammonitas." (1 Rey. 11: 4, 5.)
En la eminencia meridional del monte de las Olivas, frente al monte Moria, donde estaba el hermoso templo de Jehová, Salomón erigió una imponente acumulación de edificios destinados a servir como centro de idolatría. A fin de agradar a sus esposas colocó enormes ídolos, abominables imágenes de madera y piedra, entre los huertos de mirtos y olivos. Allí, 41 delante de los altares de las divinidades paganas, "Chemos, abominación de Moab" y "Moloch, abominación de los hijos de Ammón" (1 Rey. 11: 7), se practicaban los ritos más degradantes del paganismo.
La conducta de Salomón atrajo su inevitable castigo. Al separarse de Dios para relacionarse con los idólatras se acarreó la ruina. Al ser infiel a Dios, perdió el dominio propio. Desapareció su eficiencia moral. Sus sensibilidades delicadas se embotaron, su conciencia se cauterizó. El que durante la primera parte de su reinado había manifestado tanta sabiduría y simpatía al devolver un niño desamparado a su madre infortunada (1 Rey. 3: 16-28), degeneró al punto de consentir en que se erigiese un ídolo al cual se sacrificaban niños vivos. El que en su juventud había sido dotado de discreción y entendimiento, el que en pleno vigor de su edad adulta se había sentido inspirado para escribir: "Hay camino que al hombre parece derecho: empero su fin son caminos de muerte" (Prov. 1: 12), se apartó tanto de la pureza en años ulteriores que toleraba los ritos licenciosos y repugnantes relacionados con el culto de Chemos y Astarot, o Astarte. El que en ocasión de la dedicación del templo había dicho a su pueblo: "Sea pues perfecto vuestro corazón para con Jehová nuestro Dios" (1 Rey. 8: 61), transgredió él mismo y negó sus propias palabras en su corazón y en su vida. Consideró erróneamente la libertad como licencia. Procuró, pero ¡a qué costo! unir la luz con las tinieblas, el bien con el mal, la pureza con la impureza, Cristo con Belial.
Después de haber sido uno de los mayores reyes que hayan empuñado un cetro, Salomón se transformó en licencioso, instrumento y esclavo de otros. Su carácter, una vez noble y viril, se trocó en enervado y afeminado. Su fe en el Dios viviente quedó suplantada por dudas ateas. La incredulidad destruía su felicidad, debilitaba sus principios y degradaba su vida. La justicia y magnanimidad de la primera parte de su reinado se transformaron en despotismo y tiranía. ¡Pobre y 42 frágil naturaleza humana! Poco puede hacer Dios en favor de los hombres que pierden el sentido de cuánto dependen de él.
Durante aquellos años de apostasía, progresó de continuo la decadencia espiritual de Israel. ¿Cómo podría haber sido de otra manera cuando su rey había unido sus intereses con los agentes satánicos? Mediante estos agentes, el enemigo obraba para confundir a los israelitas acerca del culto verdadero y del falso; y ellos resultaron una presa fácil. El comercio con las demás naciones los ponía en relación estrecha con aquellos que no amaban a Dios, y disminuyó enormemente el amor que ellos mismos le profesaban. Se amortiguó su agudo sentido del carácter elevado y santo de Dios. Rehusando seguir en la senda de la obediencia, transfirieron su reconocimiento al enemigo de la justicia. Vino a ser práctica común el casamiento entre idólatras e israelitas, y éstos perdieron pronto su aborrecimiento por el culto de los ídolos. Se toleraba la poligamia. Las madres idólatras enseñaban a sus hijos a observar los ritos paganos. En algunas vidas, una idolatría de la peor índole reemplazó el servicio religioso puro instituído por Dios.
Los cristianos deben mantenerse distintos y separados del mundo, de su espíritu y de su influencia. Dios tiene pleno poder para guardarnos en el mundo, pero no debemos formar parte de él. El amor de Dios no es incierto ni fluctuante. El vela siempre sobre sus hijos con un cuidado inconmensurable. Pero requiere una fidelidad indivisa. "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón." (Mat. 6: 24.)
Salomón había sido dotado de sabiduría admirable; pero el mundo le atrajo y le desvió de Dios. Los hombres de hoy no son más fuertes que él; propenden tanto como él a ceder a las influencias que ocasionaron su caída. Así como Dios advirtió a Salomón el peligro que corría, hoy amonesta a sus hijos para que no pongan sus almas en peligro por la afinidad con el mundo. Les ruega: "Por lo cual salid de en medio de ellos, y 43 apartaos, . . . no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros me seréis a mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso." (2 Cor. 6: 17, 18.)
El peligro acecha en medio de la prosperidad. A través de los siglos, las riquezas y los honores han hecho peligrar la humildad y la espiritualidad. No es la copa vacía la que nos cuesta llevar; es la que rebosa la que debe ser llevada con cuidado. La aflicción y la adversidad pueden ocasionar pesar; pero es la prosperidad la que resulta más peligrosa para la vida espiritual. A menos que el súbdito humano esté constantemente sometido a la voluntad de Dios, a menos que esté santificado por la verdad, la prosperidad despertará la inclinación natural a la presunción.
En el valle de la humillación, donde los hombres dependen de que Dios les enseñe y guíe cada uno de sus pasos, están comparativamente seguros. Pero los hombres que están, por así decirlo, en un alto pináculo, y quienes, a causa de su posición, son considerados como poseedores de gran sabiduría, éstos son los que arrostran el peligro mayor. A menos que tales hombres confíen en Dios, caerán.
Cuando quiera que se entreguen al orgullo y la ambición, su vida se mancilla; porque el orgulloso, no sintiendo necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del Cielo. El que procura glorificarse a sí mismo se encontrará destituído de la gracia de Dios, mediante cuya eficiencia se adquieren las riquezas más reales y los goces más satisfactorios. Pero el que lo da todo y lo hace todo para Cristo, conocerá el cumplimiento de la promesa: "La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella." (Prov. 10: 22.) Con el toque suave de la gracia, el Salvador destierra del alma la inquietud y ambición profanas, y trueca la enemistad en amor y la incredulidad en confianza. Cuando habla al alma diciendo: "Sígueme," queda roto el hechizo del mundo. Al sonido de su voz, el espíritu de codicia y ambición huye del corazón, y los hombres, emancipados, se levantan para seguirle. 44

6 La División del Reino

"Y DURMIÓ Salomón con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de su padre David: y reinó en su lugar Roboam su hijo." (1 Rey. 11: 43)
Poco después de ascender al trono, Roboam fue a Siquem, donde esperaba recibir el reconocimiento formal de todas las tribus. "En Sichem se había juntado todo Israel para hacerlo rey." (2 Crón. 10: 1.)
Entre los presentes se contaba Jeroboam, hijo de Nabat, el mismo Jeroboam que durante el reinado de Salomón había sido conocido como "valiente y esforzado," y a quien el profeta silonita Ahías había dado este mensaje sorprendente: "He aquí que yo rompo el reino de la mano de Salomón, y a ti daré diez tribus." (1 Rey. 11: 28, 31.)
Por medio de su mensajero, el Señor había hablado claramente a Jeroboam acerca de la necesidad de dividir el reino. Esta división debía realizarse, había declarado, "por cuanto me han dejado, y han adorado a Astharoth diosa de los Sidonios, y a Chemos dios de Moab, y a Moloch dios de los hijos de Ammón; y no han andado en mis caminos, para hacer lo recto delante de mis ojos, y mis estatutos, y mis derechos, como hizo David su padre." (1 Rey. 11: 33.)
Se le había indicado, además, a Jeroboam que el reino no debía dividirse antes que terminase el reinado de Salomón. El Señor había añadido: "Empero no quitaré nada de su reino de sus manos. sino que lo retendré por caudillo todos los días de su vida, por amor de David mi siervo, al cual yo elegí, y él guardó mis mandamientos y mis estatutos: mas yo quitaré el reino de la mano de su hijo, y darélo a ti, las diez tribus." (1 Rey. 11: 34, 35.) 65
Aunque Salomón había anhelado preparar el ánimo de Roboam, elegido como sucesor suyo, para que pudiera afrontar con sabiduría la crisis predicha por el profeta de Dios, nunca había podido ejercer una influencia enérgica que modelara en favor del bien la mente de su hijo, cuya educación primera había sido muy descuidada. Roboam había recibido de su madre amonita la estampa de un carácter vacilante. Hubo veces cuando procuró servir a Dios, y se le otorgó cierta medida de prosperidad; pero no era firme, y al fin cedió a las influencias del mal que le habían rodeado desde la infancia. Los errores que cometió Roboam en su vida y su apostasía final revelan el resultado funesto que tuvo la unión de Salomón con mujeres idólatras.
Las tribus habían sufrido durante mucho tiempo graves perjuicios bajo las medidas opresivas de su gobernante anterior. El despilfarro cometido por Salomón durante su apostasía le había inducido a imponer al pueblo contribuciones gravosas y a exigirle muchos servicios. Antes de coronar a un nuevo gobernante, los dirigentes de las tribus resolvieron averiguar si el hijo de Salomón tenía o no el propósito de aliviar esas cargas. "Vino pues Jeroboam, y todo Israel, y hablaron a Roboam, diciendo: Tu padre agravó nuestro yugo: afloja tú, pues, ahora algo de la dura servidumbre, y del grave yugo con que tu padre nos apremió, y te serviremos."
Deseando consultar a sus consejeros antes de delinear su conducta, Roboam contestó: "Volved a mí de aquí a tres días. Y el pueblo se fue.
"Entonces el rey Roboam tomó consejo con los viejos, que habían estado delante de Salomón su padre cuando vivía, y díjoles: ¿Cómo aconsejáis vosotros que responda a este pueblo? Y ellos le hablaron, diciendo: Si te condujeres humanamente con este pueblo, y los agradares, y les hablares buenas palabras, ellos te servirán perpetuamente." (2 Crón. 10: 37.)
Desconforme, Roboam se volvió hacia los jóvenes con quienes había estado asociado durante su juventud y les preguntó: 66 "¿Cómo aconsejáis vosotros que respondamos a este pueblo que me ha hablado, diciendo: Disminuye algo del yugo que tu padre puso sobre nosotros?" (1 Rey. 12: 9.) Los jóvenes le aconsejaron que tratara severamente a los súbditos de su reino, y les hiciera comprender claramente desde el mismo principio que no estaba dispuesto a tolerar oposición alguna a sus deseos personales.
Halagado por la perspectiva de ejercer una autoridad suprema, Roboam decidió pasar por alto el consejo de los ancianos de su reino, y seguir el de los jóvenes. Así aconteció que el día señalado, cuando "vino Jeroboam con todo el pueblo a Roboam" para que les declarara qué conducta se proponía seguir, Roboam "respondió al pueblo duramente, . . . diciendo: Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os hirió con azotes, mas yo os heriré con escorpiones."(1 Rey. 12: 12-14.)
Si Roboam y sus inexpertos consejeros hubiesen comprendido la voluntad divina con referencia a Israel, habrían escuchado al pueblo cuando pidió reformas decididas en la administración del gobierno. Pero durante la hora oportuna, en la asamblea de Siquem, no razonaron de la causa al efecto, y así debilitaron para siempre su influencia sobre gran número del pueblo. La resolución que expresaron de perpetuar e intensificar la opresión iniciada durante el reinado de Salomón, estaba en conflicto directo con el plan de Dios para Israel, y dio al pueblo amplia ocasión de dudar de la sinceridad de sus motivos. En esa tentativa imprudente y cruel de ejercer el poder, el rey y los consejeros que eligió revelaron el orgullo que sentían por su puesto y su autoridad.
El Señor no permitió a Roboam que llevase a cabo su política. Entre las tribus había muchos millares a quienes habían irritado las medidas opresivas tomadas durante el reinado de Salomón, y les pareció que no podían hacer otra cosa que rebelarse contra la casa de David. "Y cuando todo el pueblo vio que el rey no les había oído, respondióle estas palabras, 67 diciendo: ¿Qué parte tenemos nosotros con David? No tenemos heredad en el hijo de Isaí. ¡Israel, a tus estancias! ¡Provee ahora en tu casa, David! Entonces Israel se fue a sus estancias." (1 Rey. 12: 16.)
La brecha creada por el discurso temerario de Roboam resultó irreparable. Desde entonces las doce tribus de Israel quedaron divididas. La de Judá y la de Benjamín constituyeron el reino inferior o meridional, llamado de Judá, bajo el gobierno de Roboam; mientras que las diez tribus septentrionales formaron y sostuvieron un gobierno separado, conocido como reino de Israel, regido por Jeroboam. Así se cumplió la predicción del profeta concerniente a la división del reino. "Era ordenación de Jehová." (1 Rey. 12: 15.)
Cuando Roboam vio que las diez tribus le negaban su obediencia, se sintió incitado a obrar. Mediante uno de los hombres influyentes de su reino, "Adoram, que estaba sobre los tributos," hizo un esfuerzo para conciliarlos. Pero el embajador de paz fue tratado en forma que demostró los sentimientos de quienes se oponían a Roboam. "Apedreóle todo Israel, y murió." Asombrado por esta evidencia de cuán intensa era la rebelión, "el rey Roboam se esforzó a subir en un carro, y huir a Jerusalem." (1 Rey. 12:18.)
En Jerusalén, "Roboam . . . juntó toda la casa de Judá y la tribu de Benjamín, ciento y ochenta mil hombres escogidos de guerra, para hacer guerra a la casa de Israel, y reducir el reino a Roboam hijo de Salomón. Mas fue palabra de Jehová a Semeías varón de Dios, diciendo: Habla a Roboam hijo de Salomón, rey de Judá, y a toda la casa de Judá y de Benjamín, y a los demás del pueblo, diciendo: Así ha dicho Jehová: No vayáis, ni peleéis contra vuestros hermanos los hijos de Israel; volveos cada uno a su casa; porque este negocio yo lo he hecho. Y ellos oyeron la palabra de Dios, y volviéronse, y fuéronse, conforme a la palabra de Jehová." (1 Rey. 12: 21-24.)
Durante tres años Roboam procuró sacar provecho del triste experimento con que inició su reinado; y fue prosperado en 68 este esfuerzo. "Edificó ciudades para fortificar a Judá, . . . fortificó también las fortalezas, y puso en ellas capitanes, y vituallas, y vino, y aceite . . . . Fortificólas pues en gran manera." (2 Crón. 11: 5, 11, 12.) Pero el secreto de la prosperidad de Judá durante los primeros años del reinado de Roboam no estribaba en estas medidas. Se debía a que el pueblo reconocía a Dios como el Gobernante supremo, y esto ponía en terreno ventajoso a las tribus de Judá y Benjamín. A ellas se unieron muchos hombres temerosos de Dios que provenían de las tribus septentrionales. Nos dice el relato: "Tras aquéllos acudieron también de todas las tribus de Israel los que habían puesto su corazón en buscar a Jehová Dios de Israel; y viniéronse a Jerusalem para sacrificar a Jehová, el Dios de sus padres. Así fortificaron el reino de Judá, y confirmaron a Roboam hijo de Salomón, por tres años; porque tres años anduvieron en el camino de David y de Salomón." (2 Crón. 11: 16, 17.)
En la continuación de esta política residía la oportunidad que tenía Roboam para redimir en gran medida los errores pasados y restaurar la confianza en su capacidad de gobernar con discreción. Pero la pluma inspirada nos ha dejado la triste constancia de que el sucesor de Salomón no ejerció una influencia enérgica en favor de la lealtad a Jehová. A pesar de ser por naturaleza de una voluntad fuerte y egoísta, lleno de fe en sí mismo y propenso a la idolatría, si hubiese puesto toda su confianza en Dios habría adquirido fuerza de carácter, fe constante y sumisión a los requerimientos divinos. Pero con el transcurso del tiempo, el rey puso su confianza en el poder de su cargo y en las fortalezas que había creado. Poco a poco fue cediendo a las debilidades que había heredado, hasta poner su influencia por completo del lado de la idolatría. "Y como Roboam hubo confirmado el reino, dejó la ley de Jehová, y con él todo Israel." (2 Crón. 12: 1.)
¡Cuán tristes y rebosantes de significado son las palabras "y con él todo Israel"! El pueblo al cual Dios había escogido para que se destacase como luz de las naciones circundantes, se 69 apartaba de la Fuente de su fuerza y procuraba ser como las naciones que le rodeaban. Así como con Salomón, sucedió con Roboam: la influencia del mal ejemplo extravió a muchos. Y lo mismo sucede hoy en mayor o menor grado con todo aquel que se dedica a hacer el mal: no se limita al tal la influencia del mal proceder. Nadie vive para sí. Nadie perece solo en su iniquidad. Toda vida es una luz que alumbra y alegra la senda ajena, o una influencia sombría y desoladora que lleva hacia la desesperación y la ruina. Conducimos a otros hacia arriba, a la felicidad y la vida inmortal, o hacia abajo, a la tristeza y a la muerte eterna. Y si por nuestras acciones fortalecemos o ponemos en actividad las potencias que tienen para el mal los que nos rodean, compartimos su pecado.
Dios no permitió que la apostasía del gobernante de Judá quedase sin castigo. "En el quinto año del rey Roboam subió Sisac rey de Egipto contra Jerusalem, (por cuanto se habían rebelado contra Jehová,) con mil y doscientos carros, y con sesenta mil hombres de a caballo: mas el pueblo que venía con él de Egipto, no tenía número . . . . Y tomó las ciudades fuertes de Judá, y llegó hasta Jerusalem.
"Entonces vino Semeías profeta a Roboam y a los príncipes de Judá, que estaban reunidos en Jerusalem por causa de Sisac, y díjoles: Así ha dicho Jehová: Vosotros me habéis dejado, y yo también os he dejado en manos de Sisac." (2 Crón. 12: 2-5.)
El pueblo no había llegado todavía a tales extremos de apostasía que despreciase los juicios de Dios. En las pérdidas ocasionadas por la invasión de Sisac, reconoció la mano de Dios, y por un tiempo se humilló. Declaró: "Justo es Jehová.
"Y como vio Jehová que se habían humillado, fue palabra de Jehová a Semeías, diciendo: Hanse humillado; no los destruiré; antes los salvaré en breve, y no se derramará mi ira contra Jerusalem por mano de Sisac. Empero serán sus siervos; para que sepan qué es servirme a mí, y servir a los reinos de las naciones.
"Subió pues Sisac rey de Egipto a Jerusalem, y tomó los 70 tesoros de la casa de Jehová, y los tesoros de la casa del rey; todo lo llevó: y tomó los paveses de oro que Salomón había hecho. Y en lugar de ellos hizo el rey Roboam paveses de metal, y entrególos en manos de los jefes de la guardia, los cuales custodiaban la entrada de la casa del rey . . . . Y como él se humilló, la ira de Jehová se apartó de él, para no destruirlo del todo: y también en Judá las cosas fueron bien." (2 Crón. 12: 6-12.)
Pero cuando cesó la aflicción, y la nación volvió a prosperar, muchos olvidaron sus temores y cayeron de nuevo en la idolatría. Entre ellos se contaba el rey Roboam mismo. Aunque humillado por la calamidad que había caído sobre él, no hizo de ella un punto de retorno decisivo en su vida. Olvidando la lección que Dios había procurado enseñarle, volvió a caer en los pecados que habían atraído castigos sobre la nación. Después de algunos años sin gloria, durante los cuales el rey "hizo lo malo, porque no apercibió su corazón para buscar a Jehová, . . . durmió Roboam con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de David: y reinó en su lugar Abías su hijo." (2 Crón. 12: 14, 16.)
Con la división del reino al principio del reinado de Roboam, la gloria de Israel empezó a desvanecerse, y nunca se recobró plenamente. A veces, durante los siglos que siguieron, el trono de David fue ocupado por hombres dotados de valor moral y previsión, y bajo la dirección de estos soberanos las bendiciones que descendían sobre los hombres de Judá se extendían a las naciones circundantes. A veces el nombre de Jehová quedaba exaltado sobre todos los dioses falsos, y su ley era reverenciada. De vez en cuando, se levantaban profetas poderosos, para fortalecer las manos de los gobernantes, y alentar al pueblo a mantenerse fiel. Pero las semillas del mal que ya estaban brotando cuando Roboam ascendió al trono, no fueron nunca desarraigadas por completo; y hubo momentos cuando el pueblo que una vez fuera favorecido por Dios cayó tan bajo que llegó a ser ludibrio entre los paganos.
Sin embargo, a pesar de la perversidad de aquellos que se 71 inclinaban a las prácticas idólatras, Dios estaba dispuesto en su misericordia a hacer cuanto estaba en su poder para salvar de la ruina completa al reino dividido. Y a medida que transcurrían los años, y su propósito concerniente a Israel parecía destinado a quedar completamente frustrado por los ardides de hombres inspirados por los agentes satánicos, siguió manifestando sus designios benéficos mediante el cautiverio y la restauración de la nación escogida.
La división del reino fue tan sólo el comienzo de una historia admirable, en la cual se revelan la longanimidad y la tierna misericordia de Dios. Desde el crisol de aflicción por el cual debían pasar por causa de sus tendencias al mal hereditarias y cultivadas, aquellos a quienes Dios estaba tratando de purificar para sí como pueblo propio, celoso para las buenas obras, iban a reconocer finalmente: "No hay semejante a ti, oh Jehová; grande tú, y grande tu nombre en fortaleza. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las gentes? . . . Porque entre todos los sabios de las gentes, y en todos sus reinos, no hay semejante a ti . . . . Mas Jehová Dios es la verdad; él es Dios vivo y Rey eterno." (Jer. 10: 6, 7, 10.)
Los adoradores de los ídolos iban a aprender al fin la lección de que los falsos dioses son impotentes para elevar y salvar a los seres humanos. "Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, perezcan de la tierra y de debajo de estos cielos." (Vers. 11.) Únicamente siendo fiel al Dios vivo, Creador y Gobernante de todos, es cómo puede el hombre hallar descanso y paz.
De común acuerdo, Israel y Judá, castigados y penitentes, iban a renovar al fin su pacto con Jehová de los ejércitos, el Dios de sus padres; acerca del cual iban a declarar:
"El que hizo la tierra con su potencia,
el que puso en orden el mundo con su saber,
y extendió los cielos con su prudencia;
su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo,
y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; 72
hace los relámpagos con la lluvia,
y saca el viento de sus depósitos.
"Todo hombre se embrutece y le falta ciencia;
avergüéncese de su vaciadizo todo fundidor:
porque mentira es su obra de fundición,
y no hay espíritu en ellos; vanidad son,
obra de escarnios:
en el tiempo de su visitación perecerán.
"No es como ellos la suerte de Jacob:
porque él es el Hacedor de todo,
e Israel es la vara de su herencia:
Jehová de los ejércitos es su nombre." (Vers. 12-16.) 73