viernes, 8 de junio de 2012

3 El Orgullo de la Prosperidad

MIENTRAS Salomón exaltó la ley del cielo, Dios estuvo con él, y le dio sabiduría para gobernar a Israel con imparcialidad y misericordia. Al principio, aun cuando obtenía riquezas y honores mundanales, permaneció humilde, y grande fue el alcance de su influencia. "Y Salomón señoreaba sobre todos los reinos, desde el río [Eufrates] de la tierra de los Filisteos hasta el término de Egipto." "Tuvo paz por todos lados en derredor suyo. Y Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera, . . . todos los días de Salomón." (1 Rey. 4: 21, 24, 25.)
Pero después de un amanecer muy promisorio, su vida quedó obscurecida por la apostasía. La historia registra el triste hecho de que el que había sido llamado Jedidiah, "Amable a Jehová" (2 Sam. 12: 25), el que había sido honrado por Dios con manifestaciones de favor divino tan notables que su sabiduría e integridad le dieron fama mundial; el que había inducido a otros a loar al Dios de Israel, se desvió del culto de Jehová para postrarse ante los ídolos de los paganos.
Centenares de años antes que Salomón llegase al trono, el Señor, previendo los peligros que asediarían a los que fuesen escogidos príncipes de Israel, dio a Moisés instrucciones para guiarlos. El que hubiese de sentarse en el trono de Israel debía escribir "para sí en un libro un traslado de esta ley, del original de delante de los sacerdotes Levitas; y ­dijo el Señor­ lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de aquesta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra: para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se 37 aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra: a fin que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel."
En relación con estas instrucciones, el Señor previno en forma especial al que fuese ungido rey, y recomendó: "Ni tampoco ha de multiplicar para sí mujeres, porque no se aparte de mí su corazón; ni ha de aumentar para sí plata ni oro en sumo grado." (Deut. 17: 18-20; 17, V.M.)
Salomón conocía bien estas advertencias, y durante cierto tiempo les prestó atención. Su mayor deseo era vivir y gobernar de acuerdo con los estatutos dados en el Sinaí. Su manera de dirigir los asuntos del reino contrastaba en forma sorprendente con las costumbres de las naciones de su tiempo, que no temían a Dios, y cuyos gobernantes pisoteaban su santa ley.
Al procurar fortalecer sus relaciones con el poderoso reino situado al sur de Israel, Salomón penetró en terreno prohibido. Satanás conocía los resultados que acompañarían la obediencia; y durante los primeros años del reinado de Salomón, que fueron gloriosos por la sabiduría, la beneficencia y la integridad del rey, procuró introducir influencias que minasen insidiosamente la lealtad de Salomón a los buenos principios, y le indujesen a separarse de Dios. Por el relato bíblico sabemos que el enemigo tuvo éxito en ese esfuerzo: "Y Salomón hizo parentesco con Faraón rey de Egipto, porque tomó la hija de Faraón, y trájola a la ciudad de David." (1 Rey. 3: 1.)
Desde un punto de vista humano, este casamiento, aunque contrariaba las enseñanzas de la ley de Dios, pareció resultar en una bendición; porque la esposa pagana de Salomón se convirtió y participaba con él en el culto del verdadero Dios. Además, Faraón prestó un señalado servicio a Israel al tomar a Gezer, matar a "los Cananeos que habitaban la ciudad," y darla "en don a su hija, la mujer de Salomón." (1 Rey. 9: 16.) Salomón reedificó esa ciudad, y con ello fortaleció aparentemente su reino a lo largo de la costa del Mediterráneo. Pero al formar alianza con una nación pagana, y al sellar esa alianza por su casamiento con una princesa idólatra, Salomón despreció 38 temerariamente la sabia provisión hecha por Dios para conservar la pureza de su pueblo. La esperanza de que su esposa egipcia se convirtiese era una excusa muy débil para pecar.
Durante un tiempo, Dios, en su misericordia compasiva, pasó por alto esta terrible equivocación; y el rey, por una conducta prudente, podría haber mantenido en jaque, por lo menos en gran medida, las fuerzas malignas que su imprudencia había desatado. Pero Salomón había comenzado a perder de vista la Fuente de su poder y gloria. A medida que sus inclinaciones cobraban ascendiente sobre la razón, aumentaba su confianza propia, y procuraba cumplir a su manera el propósito del Señor. Razonaba que las alianzas políticas y comerciales con las naciones circundantes comunicarían a esas naciones un conocimiento del verdadero Dios; y contrajo alianzas profanas con una nación tras otra. Con frecuencia estas alianzas quedaban selladas por casamientos con princesas paganas. Los mandamientos de Jehová eran puestos a un lado en favor de las costumbres de aquellos otros pueblos.
Salomón se había congratulado de que su sabiduría y el poder de su ejemplo desviarían a sus esposas de la idolatría al culto del verdadero Dios, y que las alianzas así contraídas atraerían a las naciones de en derredor a la órbita de Israel. ¡Vana esperanza! El error cometido por Salomón al considerarse bastante fuerte para resistir la influencia de asociaciones paganas, fue fatal. Lo fue también el engaño que le indujo a esperar que no obstante haber despreciado él la ley de Dios, otros podrían ser inducidos a reverenciar y obedecer sus sagrados preceptos.
Las alianzas y relaciones comerciales del rey con las naciones paganas le reportaron fama, honores y riquezas de este mundo. Pudo traer oro de Ofir y plata de Tarsis en gran abundancia. "Y puso el rey plata y oro en Jerusalem como piedras, y cedro como cabrahigos que nacen en los campos en abundancia." (2 Crón. 1: 15.) En el tiempo de Salomón, era cada vez mayor el número de personas que obtenían riquezas, 39 con todas las tentaciones acompañantes; pero el oro fino del carácter quedaba empañado y contaminado.
Tan gradual fue la apostasía de Salomón que antes de que él se diera cuenta de ello, se había extraviado lejos de Dios. Casi imperceptiblemente comenzó a confiar cada vez menos en la dirección y bendición divinas, y cada vez más en su propia fuerza. Poco a poco fue rehusando a Dios la obediencia inquebrantable que debía hacer de Israel un pueblo peculiar, y conformándose cada vez más estrechamente a las costumbres de las naciones circundantes. Cediendo a las tentaciones que acompañaban sus éxitos y sus honores, se olvidó de la Fuente de su prosperidad. La ambición de superar a todas las demás naciones en poder y grandeza le indujo a pervertir con fines egoístas los dones celestiales que hasta entonces había empleado para glorificar a Dios. El dinero que debería haber considerado como un cometido sagrado para beneficio de los pobres dignos de ayuda y para difundir en todo el mundo los principios del santo vivir, se gastó egoístamente en proyectos ambiciosos.
Embargado por un deseo avasallador de superar en ostentación a las demás naciones, el rey pasó por alto la necesidad de adquirir belleza y perfección de carácter. Al procurar glorificarse delante del mundo, perdió su honor e integridad. Las enormes rentas adquiridas al comerciar con muchos países, fueron suplementadas por gravosas contribuciones. Así el orgullo, la ambición, la prodigalidad y la sensualidad dieron frutos de crueldad y exacciones. El espíritu concienzudo y considerado que había señalado su trato con el pueblo durante la primera parte de su reinado, había cambiado. Después de haber sido el gobernante más sabio y más misericordioso, degeneró en un tirano. Antes había sido para el pueblo un guardián compasivo y temeroso de Dios; pero llegó a ser opresor y déspota. Cobraba al pueblo un impuesto tras otro, a fin de que hubiese recursos con que sostener una corte lujosa. El pueblo empezó a quejarse. El respeto y la admiración que antes tributara 40 a su rey se trocaron en desafecto y aborrecimiento.
A fin de crear una salvaguardia contra la tendencia a confiar en el brazo de la carne, el Señor había advertido a los que hubieran de gobernar a Israel que no debían multiplicar el número de los caballos que poseyeran. Sin embargo, en completo desprecio de esta orden, "sacaban caballos . . . de Egipto." "Sacaban también caballos para Salomón, de Egipto y de todas las provincias." "Y juntó Salomón carros y gente de a caballo; y tenía mil cuatrocientos carros, y doce mil jinetes, los cuales puso en las ciudades de los carros, y con el rey en Jerusalem." (2 Crón. 1: 16; 9: 28; 1 Rey. 10: 26.)
Cada vez más el rey llegó a considerar los lujos, la sensualidad y el favor del mundo como indicios de grandeza. Hizo traer mujeres hermosas y atractivas de Egipto, Fenicia, Edom, Moab, y muchos otros lugares. Esas mujeres se contaban por centenares. Su religión se basaba en el culto de los ídolos, y se les había enseñado a practicar ritos crueles y degradantes. Hechizado por su belleza, el rey descuidaba sus deberes hacia Dios y su reino.
Sus mujeres ejercieron una influencia poderosa sobre él, y gradualmente le indujeron a participar de su culto. Salomón había despreciado las instrucciones que Dios había dado para que sirviesen como barrera contra la apostasía, y llegó a entregarse al culto de los dioses falsos. "Y ya que Salomón era viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos; y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David. Porque Salomón siguió a Astaroth, diosa de los Sidonios, y a Milcom, abominación de los Ammonitas." (1 Rey. 11: 4, 5.)
En la eminencia meridional del monte de las Olivas, frente al monte Moria, donde estaba el hermoso templo de Jehová, Salomón erigió una imponente acumulación de edificios destinados a servir como centro de idolatría. A fin de agradar a sus esposas colocó enormes ídolos, abominables imágenes de madera y piedra, entre los huertos de mirtos y olivos. Allí, 41 delante de los altares de las divinidades paganas, "Chemos, abominación de Moab" y "Moloch, abominación de los hijos de Ammón" (1 Rey. 11: 7), se practicaban los ritos más degradantes del paganismo.
La conducta de Salomón atrajo su inevitable castigo. Al separarse de Dios para relacionarse con los idólatras se acarreó la ruina. Al ser infiel a Dios, perdió el dominio propio. Desapareció su eficiencia moral. Sus sensibilidades delicadas se embotaron, su conciencia se cauterizó. El que durante la primera parte de su reinado había manifestado tanta sabiduría y simpatía al devolver un niño desamparado a su madre infortunada (1 Rey. 3: 16-28), degeneró al punto de consentir en que se erigiese un ídolo al cual se sacrificaban niños vivos. El que en su juventud había sido dotado de discreción y entendimiento, el que en pleno vigor de su edad adulta se había sentido inspirado para escribir: "Hay camino que al hombre parece derecho: empero su fin son caminos de muerte" (Prov. 1: 12), se apartó tanto de la pureza en años ulteriores que toleraba los ritos licenciosos y repugnantes relacionados con el culto de Chemos y Astarot, o Astarte. El que en ocasión de la dedicación del templo había dicho a su pueblo: "Sea pues perfecto vuestro corazón para con Jehová nuestro Dios" (1 Rey. 8: 61), transgredió él mismo y negó sus propias palabras en su corazón y en su vida. Consideró erróneamente la libertad como licencia. Procuró, pero ¡a qué costo! unir la luz con las tinieblas, el bien con el mal, la pureza con la impureza, Cristo con Belial.
Después de haber sido uno de los mayores reyes que hayan empuñado un cetro, Salomón se transformó en licencioso, instrumento y esclavo de otros. Su carácter, una vez noble y viril, se trocó en enervado y afeminado. Su fe en el Dios viviente quedó suplantada por dudas ateas. La incredulidad destruía su felicidad, debilitaba sus principios y degradaba su vida. La justicia y magnanimidad de la primera parte de su reinado se transformaron en despotismo y tiranía. ¡Pobre y 42 frágil naturaleza humana! Poco puede hacer Dios en favor de los hombres que pierden el sentido de cuánto dependen de él.
Durante aquellos años de apostasía, progresó de continuo la decadencia espiritual de Israel. ¿Cómo podría haber sido de otra manera cuando su rey había unido sus intereses con los agentes satánicos? Mediante estos agentes, el enemigo obraba para confundir a los israelitas acerca del culto verdadero y del falso; y ellos resultaron una presa fácil. El comercio con las demás naciones los ponía en relación estrecha con aquellos que no amaban a Dios, y disminuyó enormemente el amor que ellos mismos le profesaban. Se amortiguó su agudo sentido del carácter elevado y santo de Dios. Rehusando seguir en la senda de la obediencia, transfirieron su reconocimiento al enemigo de la justicia. Vino a ser práctica común el casamiento entre idólatras e israelitas, y éstos perdieron pronto su aborrecimiento por el culto de los ídolos. Se toleraba la poligamia. Las madres idólatras enseñaban a sus hijos a observar los ritos paganos. En algunas vidas, una idolatría de la peor índole reemplazó el servicio religioso puro instituído por Dios.
Los cristianos deben mantenerse distintos y separados del mundo, de su espíritu y de su influencia. Dios tiene pleno poder para guardarnos en el mundo, pero no debemos formar parte de él. El amor de Dios no es incierto ni fluctuante. El vela siempre sobre sus hijos con un cuidado inconmensurable. Pero requiere una fidelidad indivisa. "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón." (Mat. 6: 24.)
Salomón había sido dotado de sabiduría admirable; pero el mundo le atrajo y le desvió de Dios. Los hombres de hoy no son más fuertes que él; propenden tanto como él a ceder a las influencias que ocasionaron su caída. Así como Dios advirtió a Salomón el peligro que corría, hoy amonesta a sus hijos para que no pongan sus almas en peligro por la afinidad con el mundo. Les ruega: "Por lo cual salid de en medio de ellos, y 43 apartaos, . . . no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros me seréis a mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso." (2 Cor. 6: 17, 18.)
El peligro acecha en medio de la prosperidad. A través de los siglos, las riquezas y los honores han hecho peligrar la humildad y la espiritualidad. No es la copa vacía la que nos cuesta llevar; es la que rebosa la que debe ser llevada con cuidado. La aflicción y la adversidad pueden ocasionar pesar; pero es la prosperidad la que resulta más peligrosa para la vida espiritual. A menos que el súbdito humano esté constantemente sometido a la voluntad de Dios, a menos que esté santificado por la verdad, la prosperidad despertará la inclinación natural a la presunción.
En el valle de la humillación, donde los hombres dependen de que Dios les enseñe y guíe cada uno de sus pasos, están comparativamente seguros. Pero los hombres que están, por así decirlo, en un alto pináculo, y quienes, a causa de su posición, son considerados como poseedores de gran sabiduría, éstos son los que arrostran el peligro mayor. A menos que tales hombres confíen en Dios, caerán.
Cuando quiera que se entreguen al orgullo y la ambición, su vida se mancilla; porque el orgulloso, no sintiendo necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del Cielo. El que procura glorificarse a sí mismo se encontrará destituído de la gracia de Dios, mediante cuya eficiencia se adquieren las riquezas más reales y los goces más satisfactorios. Pero el que lo da todo y lo hace todo para Cristo, conocerá el cumplimiento de la promesa: "La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella." (Prov. 10: 22.) Con el toque suave de la gracia, el Salvador destierra del alma la inquietud y ambición profanas, y trueca la enemistad en amor y la incredulidad en confianza. Cuando habla al alma diciendo: "Sígueme," queda roto el hechizo del mundo. Al sonido de su voz, el espíritu de codicia y ambición huye del corazón, y los hombres, emancipados, se levantan para seguirle. 44

6 La División del Reino

"Y DURMIÓ Salomón con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de su padre David: y reinó en su lugar Roboam su hijo." (1 Rey. 11: 43)
Poco después de ascender al trono, Roboam fue a Siquem, donde esperaba recibir el reconocimiento formal de todas las tribus. "En Sichem se había juntado todo Israel para hacerlo rey." (2 Crón. 10: 1.)
Entre los presentes se contaba Jeroboam, hijo de Nabat, el mismo Jeroboam que durante el reinado de Salomón había sido conocido como "valiente y esforzado," y a quien el profeta silonita Ahías había dado este mensaje sorprendente: "He aquí que yo rompo el reino de la mano de Salomón, y a ti daré diez tribus." (1 Rey. 11: 28, 31.)
Por medio de su mensajero, el Señor había hablado claramente a Jeroboam acerca de la necesidad de dividir el reino. Esta división debía realizarse, había declarado, "por cuanto me han dejado, y han adorado a Astharoth diosa de los Sidonios, y a Chemos dios de Moab, y a Moloch dios de los hijos de Ammón; y no han andado en mis caminos, para hacer lo recto delante de mis ojos, y mis estatutos, y mis derechos, como hizo David su padre." (1 Rey. 11: 33.)
Se le había indicado, además, a Jeroboam que el reino no debía dividirse antes que terminase el reinado de Salomón. El Señor había añadido: "Empero no quitaré nada de su reino de sus manos. sino que lo retendré por caudillo todos los días de su vida, por amor de David mi siervo, al cual yo elegí, y él guardó mis mandamientos y mis estatutos: mas yo quitaré el reino de la mano de su hijo, y darélo a ti, las diez tribus." (1 Rey. 11: 34, 35.) 65
Aunque Salomón había anhelado preparar el ánimo de Roboam, elegido como sucesor suyo, para que pudiera afrontar con sabiduría la crisis predicha por el profeta de Dios, nunca había podido ejercer una influencia enérgica que modelara en favor del bien la mente de su hijo, cuya educación primera había sido muy descuidada. Roboam había recibido de su madre amonita la estampa de un carácter vacilante. Hubo veces cuando procuró servir a Dios, y se le otorgó cierta medida de prosperidad; pero no era firme, y al fin cedió a las influencias del mal que le habían rodeado desde la infancia. Los errores que cometió Roboam en su vida y su apostasía final revelan el resultado funesto que tuvo la unión de Salomón con mujeres idólatras.
Las tribus habían sufrido durante mucho tiempo graves perjuicios bajo las medidas opresivas de su gobernante anterior. El despilfarro cometido por Salomón durante su apostasía le había inducido a imponer al pueblo contribuciones gravosas y a exigirle muchos servicios. Antes de coronar a un nuevo gobernante, los dirigentes de las tribus resolvieron averiguar si el hijo de Salomón tenía o no el propósito de aliviar esas cargas. "Vino pues Jeroboam, y todo Israel, y hablaron a Roboam, diciendo: Tu padre agravó nuestro yugo: afloja tú, pues, ahora algo de la dura servidumbre, y del grave yugo con que tu padre nos apremió, y te serviremos."
Deseando consultar a sus consejeros antes de delinear su conducta, Roboam contestó: "Volved a mí de aquí a tres días. Y el pueblo se fue.
"Entonces el rey Roboam tomó consejo con los viejos, que habían estado delante de Salomón su padre cuando vivía, y díjoles: ¿Cómo aconsejáis vosotros que responda a este pueblo? Y ellos le hablaron, diciendo: Si te condujeres humanamente con este pueblo, y los agradares, y les hablares buenas palabras, ellos te servirán perpetuamente." (2 Crón. 10: 37.)
Desconforme, Roboam se volvió hacia los jóvenes con quienes había estado asociado durante su juventud y les preguntó: 66 "¿Cómo aconsejáis vosotros que respondamos a este pueblo que me ha hablado, diciendo: Disminuye algo del yugo que tu padre puso sobre nosotros?" (1 Rey. 12: 9.) Los jóvenes le aconsejaron que tratara severamente a los súbditos de su reino, y les hiciera comprender claramente desde el mismo principio que no estaba dispuesto a tolerar oposición alguna a sus deseos personales.
Halagado por la perspectiva de ejercer una autoridad suprema, Roboam decidió pasar por alto el consejo de los ancianos de su reino, y seguir el de los jóvenes. Así aconteció que el día señalado, cuando "vino Jeroboam con todo el pueblo a Roboam" para que les declarara qué conducta se proponía seguir, Roboam "respondió al pueblo duramente, . . . diciendo: Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os hirió con azotes, mas yo os heriré con escorpiones."(1 Rey. 12: 12-14.)
Si Roboam y sus inexpertos consejeros hubiesen comprendido la voluntad divina con referencia a Israel, habrían escuchado al pueblo cuando pidió reformas decididas en la administración del gobierno. Pero durante la hora oportuna, en la asamblea de Siquem, no razonaron de la causa al efecto, y así debilitaron para siempre su influencia sobre gran número del pueblo. La resolución que expresaron de perpetuar e intensificar la opresión iniciada durante el reinado de Salomón, estaba en conflicto directo con el plan de Dios para Israel, y dio al pueblo amplia ocasión de dudar de la sinceridad de sus motivos. En esa tentativa imprudente y cruel de ejercer el poder, el rey y los consejeros que eligió revelaron el orgullo que sentían por su puesto y su autoridad.
El Señor no permitió a Roboam que llevase a cabo su política. Entre las tribus había muchos millares a quienes habían irritado las medidas opresivas tomadas durante el reinado de Salomón, y les pareció que no podían hacer otra cosa que rebelarse contra la casa de David. "Y cuando todo el pueblo vio que el rey no les había oído, respondióle estas palabras, 67 diciendo: ¿Qué parte tenemos nosotros con David? No tenemos heredad en el hijo de Isaí. ¡Israel, a tus estancias! ¡Provee ahora en tu casa, David! Entonces Israel se fue a sus estancias." (1 Rey. 12: 16.)
La brecha creada por el discurso temerario de Roboam resultó irreparable. Desde entonces las doce tribus de Israel quedaron divididas. La de Judá y la de Benjamín constituyeron el reino inferior o meridional, llamado de Judá, bajo el gobierno de Roboam; mientras que las diez tribus septentrionales formaron y sostuvieron un gobierno separado, conocido como reino de Israel, regido por Jeroboam. Así se cumplió la predicción del profeta concerniente a la división del reino. "Era ordenación de Jehová." (1 Rey. 12: 15.)
Cuando Roboam vio que las diez tribus le negaban su obediencia, se sintió incitado a obrar. Mediante uno de los hombres influyentes de su reino, "Adoram, que estaba sobre los tributos," hizo un esfuerzo para conciliarlos. Pero el embajador de paz fue tratado en forma que demostró los sentimientos de quienes se oponían a Roboam. "Apedreóle todo Israel, y murió." Asombrado por esta evidencia de cuán intensa era la rebelión, "el rey Roboam se esforzó a subir en un carro, y huir a Jerusalem." (1 Rey. 12:18.)
En Jerusalén, "Roboam . . . juntó toda la casa de Judá y la tribu de Benjamín, ciento y ochenta mil hombres escogidos de guerra, para hacer guerra a la casa de Israel, y reducir el reino a Roboam hijo de Salomón. Mas fue palabra de Jehová a Semeías varón de Dios, diciendo: Habla a Roboam hijo de Salomón, rey de Judá, y a toda la casa de Judá y de Benjamín, y a los demás del pueblo, diciendo: Así ha dicho Jehová: No vayáis, ni peleéis contra vuestros hermanos los hijos de Israel; volveos cada uno a su casa; porque este negocio yo lo he hecho. Y ellos oyeron la palabra de Dios, y volviéronse, y fuéronse, conforme a la palabra de Jehová." (1 Rey. 12: 21-24.)
Durante tres años Roboam procuró sacar provecho del triste experimento con que inició su reinado; y fue prosperado en 68 este esfuerzo. "Edificó ciudades para fortificar a Judá, . . . fortificó también las fortalezas, y puso en ellas capitanes, y vituallas, y vino, y aceite . . . . Fortificólas pues en gran manera." (2 Crón. 11: 5, 11, 12.) Pero el secreto de la prosperidad de Judá durante los primeros años del reinado de Roboam no estribaba en estas medidas. Se debía a que el pueblo reconocía a Dios como el Gobernante supremo, y esto ponía en terreno ventajoso a las tribus de Judá y Benjamín. A ellas se unieron muchos hombres temerosos de Dios que provenían de las tribus septentrionales. Nos dice el relato: "Tras aquéllos acudieron también de todas las tribus de Israel los que habían puesto su corazón en buscar a Jehová Dios de Israel; y viniéronse a Jerusalem para sacrificar a Jehová, el Dios de sus padres. Así fortificaron el reino de Judá, y confirmaron a Roboam hijo de Salomón, por tres años; porque tres años anduvieron en el camino de David y de Salomón." (2 Crón. 11: 16, 17.)
En la continuación de esta política residía la oportunidad que tenía Roboam para redimir en gran medida los errores pasados y restaurar la confianza en su capacidad de gobernar con discreción. Pero la pluma inspirada nos ha dejado la triste constancia de que el sucesor de Salomón no ejerció una influencia enérgica en favor de la lealtad a Jehová. A pesar de ser por naturaleza de una voluntad fuerte y egoísta, lleno de fe en sí mismo y propenso a la idolatría, si hubiese puesto toda su confianza en Dios habría adquirido fuerza de carácter, fe constante y sumisión a los requerimientos divinos. Pero con el transcurso del tiempo, el rey puso su confianza en el poder de su cargo y en las fortalezas que había creado. Poco a poco fue cediendo a las debilidades que había heredado, hasta poner su influencia por completo del lado de la idolatría. "Y como Roboam hubo confirmado el reino, dejó la ley de Jehová, y con él todo Israel." (2 Crón. 12: 1.)
¡Cuán tristes y rebosantes de significado son las palabras "y con él todo Israel"! El pueblo al cual Dios había escogido para que se destacase como luz de las naciones circundantes, se 69 apartaba de la Fuente de su fuerza y procuraba ser como las naciones que le rodeaban. Así como con Salomón, sucedió con Roboam: la influencia del mal ejemplo extravió a muchos. Y lo mismo sucede hoy en mayor o menor grado con todo aquel que se dedica a hacer el mal: no se limita al tal la influencia del mal proceder. Nadie vive para sí. Nadie perece solo en su iniquidad. Toda vida es una luz que alumbra y alegra la senda ajena, o una influencia sombría y desoladora que lleva hacia la desesperación y la ruina. Conducimos a otros hacia arriba, a la felicidad y la vida inmortal, o hacia abajo, a la tristeza y a la muerte eterna. Y si por nuestras acciones fortalecemos o ponemos en actividad las potencias que tienen para el mal los que nos rodean, compartimos su pecado.
Dios no permitió que la apostasía del gobernante de Judá quedase sin castigo. "En el quinto año del rey Roboam subió Sisac rey de Egipto contra Jerusalem, (por cuanto se habían rebelado contra Jehová,) con mil y doscientos carros, y con sesenta mil hombres de a caballo: mas el pueblo que venía con él de Egipto, no tenía número . . . . Y tomó las ciudades fuertes de Judá, y llegó hasta Jerusalem.
"Entonces vino Semeías profeta a Roboam y a los príncipes de Judá, que estaban reunidos en Jerusalem por causa de Sisac, y díjoles: Así ha dicho Jehová: Vosotros me habéis dejado, y yo también os he dejado en manos de Sisac." (2 Crón. 12: 2-5.)
El pueblo no había llegado todavía a tales extremos de apostasía que despreciase los juicios de Dios. En las pérdidas ocasionadas por la invasión de Sisac, reconoció la mano de Dios, y por un tiempo se humilló. Declaró: "Justo es Jehová.
"Y como vio Jehová que se habían humillado, fue palabra de Jehová a Semeías, diciendo: Hanse humillado; no los destruiré; antes los salvaré en breve, y no se derramará mi ira contra Jerusalem por mano de Sisac. Empero serán sus siervos; para que sepan qué es servirme a mí, y servir a los reinos de las naciones.
"Subió pues Sisac rey de Egipto a Jerusalem, y tomó los 70 tesoros de la casa de Jehová, y los tesoros de la casa del rey; todo lo llevó: y tomó los paveses de oro que Salomón había hecho. Y en lugar de ellos hizo el rey Roboam paveses de metal, y entrególos en manos de los jefes de la guardia, los cuales custodiaban la entrada de la casa del rey . . . . Y como él se humilló, la ira de Jehová se apartó de él, para no destruirlo del todo: y también en Judá las cosas fueron bien." (2 Crón. 12: 6-12.)
Pero cuando cesó la aflicción, y la nación volvió a prosperar, muchos olvidaron sus temores y cayeron de nuevo en la idolatría. Entre ellos se contaba el rey Roboam mismo. Aunque humillado por la calamidad que había caído sobre él, no hizo de ella un punto de retorno decisivo en su vida. Olvidando la lección que Dios había procurado enseñarle, volvió a caer en los pecados que habían atraído castigos sobre la nación. Después de algunos años sin gloria, durante los cuales el rey "hizo lo malo, porque no apercibió su corazón para buscar a Jehová, . . . durmió Roboam con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de David: y reinó en su lugar Abías su hijo." (2 Crón. 12: 14, 16.)
Con la división del reino al principio del reinado de Roboam, la gloria de Israel empezó a desvanecerse, y nunca se recobró plenamente. A veces, durante los siglos que siguieron, el trono de David fue ocupado por hombres dotados de valor moral y previsión, y bajo la dirección de estos soberanos las bendiciones que descendían sobre los hombres de Judá se extendían a las naciones circundantes. A veces el nombre de Jehová quedaba exaltado sobre todos los dioses falsos, y su ley era reverenciada. De vez en cuando, se levantaban profetas poderosos, para fortalecer las manos de los gobernantes, y alentar al pueblo a mantenerse fiel. Pero las semillas del mal que ya estaban brotando cuando Roboam ascendió al trono, no fueron nunca desarraigadas por completo; y hubo momentos cuando el pueblo que una vez fuera favorecido por Dios cayó tan bajo que llegó a ser ludibrio entre los paganos.
Sin embargo, a pesar de la perversidad de aquellos que se 71 inclinaban a las prácticas idólatras, Dios estaba dispuesto en su misericordia a hacer cuanto estaba en su poder para salvar de la ruina completa al reino dividido. Y a medida que transcurrían los años, y su propósito concerniente a Israel parecía destinado a quedar completamente frustrado por los ardides de hombres inspirados por los agentes satánicos, siguió manifestando sus designios benéficos mediante el cautiverio y la restauración de la nación escogida.
La división del reino fue tan sólo el comienzo de una historia admirable, en la cual se revelan la longanimidad y la tierna misericordia de Dios. Desde el crisol de aflicción por el cual debían pasar por causa de sus tendencias al mal hereditarias y cultivadas, aquellos a quienes Dios estaba tratando de purificar para sí como pueblo propio, celoso para las buenas obras, iban a reconocer finalmente: "No hay semejante a ti, oh Jehová; grande tú, y grande tu nombre en fortaleza. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las gentes? . . . Porque entre todos los sabios de las gentes, y en todos sus reinos, no hay semejante a ti . . . . Mas Jehová Dios es la verdad; él es Dios vivo y Rey eterno." (Jer. 10: 6, 7, 10.)
Los adoradores de los ídolos iban a aprender al fin la lección de que los falsos dioses son impotentes para elevar y salvar a los seres humanos. "Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, perezcan de la tierra y de debajo de estos cielos." (Vers. 11.) Únicamente siendo fiel al Dios vivo, Creador y Gobernante de todos, es cómo puede el hombre hallar descanso y paz.
De común acuerdo, Israel y Judá, castigados y penitentes, iban a renovar al fin su pacto con Jehová de los ejércitos, el Dios de sus padres; acerca del cual iban a declarar:
"El que hizo la tierra con su potencia,
el que puso en orden el mundo con su saber,
y extendió los cielos con su prudencia;
su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo,
y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; 72
hace los relámpagos con la lluvia,
y saca el viento de sus depósitos.
"Todo hombre se embrutece y le falta ciencia;
avergüéncese de su vaciadizo todo fundidor:
porque mentira es su obra de fundición,
y no hay espíritu en ellos; vanidad son,
obra de escarnios:
en el tiempo de su visitación perecerán.
"No es como ellos la suerte de Jacob:
porque él es el Hacedor de todo,
e Israel es la vara de su herencia:
Jehová de los ejércitos es su nombre." (Vers. 12-16.) 73

7 Jeroboam

COLOCADO sobre el trono por las diez tribus de Israel que se habían rebelado contra la casa de David, Jeroboam, que fuera antes siervo de Salomón, se vio en situación de ejecutar sabias reformas en asuntos civiles y religiosos. Bajo el gobierno de Salomón, había demostrado buenas aptitudes y juicio seguro, de manera que el conocimiento que había adquirido durante los años de servicio fiel le habían preparado para gobernar con discreción. Pero Jeroboam no confió en Dios.
Su mayor temor era que en algún tiempo futuro los corazones de sus súbditos fuesen reconquistado por el gobernante que ocupaba el trono de David. Razonaba que si permitía a las diez tribus que visitasen a menudo la antigua sede de la monarquía judía, donde los servicios del templo se celebraban todavía como durante el reinado de Salomón, muchos se sentirían inclinados a renovar su lealtad al gobierno cuyo centro estaba en Jerusalén. Consultando a sus consejeros, Jeroboam resolvió reducir hasta donde fuese posible por un acto atrevido la probabilidad de una rebelión contra su gobierno. Lo iba a obtener creando dentro de los límites del nuevo reino dos centros de culto, uno en Betel y el otro en Dan. Se invitaría a las diez tribus a que se congregasen para adorar a Dios en esos lugares, en vez de hacerlo en Jerusalén.
Al ordenar este cambio, Jeroboam pensó apelar a la imaginación de los israelitas poniendo delante de ellos alguna representación visible que simbolizase la presencia del Dios invisible. Mandó, pues, hacer dos becerros de oro y los colocó en santuarios situados en los centros designados para el culto. Con este esfuerzo por representar la Divinidad, Jeroboam violó 74 el claro mandamiento de Jehová: "No te harás imagen, . . . no te inclinarás a ellas, ni las honrarás." (Exo. 20: 4, 5.)
Tan intenso era el deseo que tenía Jeroboam de mantener a las diez tribus alejadas de Jerusalén, que no percibió la debilidad fundamental de su plan. No consideró el gran peligro al cual exponía a los israelitas cuando puso delante de ellos el símbolo idólatra de la Divinidad con que se habían familiarizado sus antepasados durante los siglos de servidumbre en Egipto. La estada reciente de Jeroboam en Egipto debiera haberle enseñado cuán insensato era poner delante del pueblo tales representaciones paganas. Pero su propósito firme de inducir a las tribus septentrionales a interrumpir sus visitas anuales a la ciudad santa, le impulsó a adoptar la más imprudente de las medidas. Declaró con insistencia: "Harto habéis subido a Jerusalem: he aquí tus dioses, oh Israel, que te hicieron subir de la tierra de Egipto." (1 Rey. 12: 28.) Así fue invitado el pueblo a postrarse delante de las imágenes de oro, y a adoptar formas extrañas de culto.
El rey procuró persuadir a los levitas, algunos de los cuales vivían dentro de su reino, a que sirviesen como sacerdotes de los recién erigidos altares de Betel y Dan; pero este esfuerzo suyo fracasó. Se vio, por lo tanto, obligado a elevar al sacerdocio hombres "de entre la generalidad del pueblo." (1 Rey. 12: 31, V. M.) Alarmados por las perspectivas, muchos de los fieles, inclusive un gran número de levitas, huyeron a Jerusalén, donde podían adorar en armonía con los requerimientos divinos.
"Entonces instituyó Jeroboam solemnidad en el mes octavo, a los quince del mes, conforme a la solemnidad que se celebraba en Judá; y sacrificó sobre altar. Así hizo en Beth-el sacrificando a los becerros que había hecho. Ordenó también en Beth-el sacerdotes de los altos que él había fabricado." (1 Rey. 12: 32.)
El atrevido desafío que el rey dirigió a Dios al poner así a un lado instituciones divinamente establecidas, no quedó sin 75 reprensión. Aun mientras oficiaba y quemaba incienso durante la dedicación del extraño altar que había levantado en Betel, se presentó ante él un hombre de Dios del reino de Judá, enviado para condenarle por su intento de introducir nuevas formas de culto. El profeta "clamó contra el altar, . . . y dijo: Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo, llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los altos que queman sobre ti perfumes; y sobre ti quemarán huesos de hombres.
"Y aquel mismo día dio una señal, diciendo: Esta es la señal de que Jehová ha hablado: he aquí que el altar se quebrará, y la ceniza que sobre él está se derramará." E inmediatamente el altar "se rompió, y derramóse la ceniza del altar, conforme a la señal que el varón de Dios había dado por palabra de Jehová." (1 Rey. 13: 2, 3, 5.)
Al ver esto, Jeroboam se llenó de un espíritu de desafío contra Dios, e intentó hacer violencia a aquel que había comunicado el mensaje. "Extendiendo su mano desde el altar," clamó con ira: "¡Prendedle!" Su acto impetuoso fue castigado con presteza. La mano extendida contra el mensajero de Jehová quedó repentinamente inerte y desecada, de modo que no pudo retraerla.
Aterrorizado, el rey suplicó al profeta que intercediera con Dios en favor suyo. Solicitó: "Te pido que ruegues a la faz de Jehová tu Dios, y ora por mí, que mi mano me sea restituída. Y el varón de Dios oró a la faz de Jehová, y la mano del rey se le recuperó, y tornóse como antes." (1 Rey. 13: 4, 6.)
Vano había sido el esfuerzo de Jeroboam por impartir solemnidad a la dedicación de un altar extraño, cuyo respeto habría hecho despreciar el culto de Jehová en el templo de Jerusalén. El mensaje del profeta debiera haber inducido al rey de Israel a arrepentirse y a renunciar a sus malos propósitos, que desviaban al pueblo de la adoración que debía tributar al Dios verdadero. Pero el rey endureció su corazón, y resolvió cumplir su propia voluntad. 76 Cuando se celebró aquella fiesta en Betel, el corazón de los israelitas no se había endurecido por completo. Muchos eran todavía susceptibles a la influencia del Espíritu Santo. El Señor quería que aquellos que se deslizaban rápidamente hacia la apostasía, fuesen detenidos en su carrera antes que fuese demasiado tarde. Envió a su mensajero para interrumpir el proceder idólatra y revelar al rey y al pueblo lo que sería el resultado de esta apostasía. La partición del altar indicó cuánto desagradaba a Dios la abominación que se estaba cometiendo en Israel.
El Señor procura salvar, no destruir. Se deleita en rescatar a los pecadores. "Vivo yo, dice el Señor Jehová, que no quiero la muerte del impío." (Eze. 33: 11.) Mediante amonestaciones y súplicas, ruega a los extraviados que cesen de obrar mal, para retornar a él y vivir. Da a sus mensajeros escogidos una santa osadía, para que quienes los oigan teman y sean inducidos a arrepentirse. ¡Con cuánta firmeza reprendió al rey el hombre de Dios! Y esta firmeza era esencial; ya que de ninguna otra manera podían encararse los males existentes. El Señor dio audacia a su siervo, para que hiciese una impresión permanente en quienes le oyesen. Nunca deben temer los rostros humanos los mensajeros del Señor, sino que han de destacarse sin vacilar en apoyo de lo justo. Mientras ponen su confianza en Dios, no necesitan temer; porque el que los comisiona les asegura también su cuidado protector.
Habiendo entregado su mensaje, el profeta estaba por volverse, cuando Jeroboam le dijo: "Ven conmigo a casa, y comerás, y yo te daré un presente." El profeta contestó: "Si me dieses la mitad de tu casa, no iría contigo, ni comería pan ni bebería agua en este lugar; porque así me está mandado por palabra de Jehová, diciendo: No comas pan, ni bebas agua, ni vuelvas por el camino que fueres." (1 Rey. 13: 7-9.)
Habría convenido al profeta perseverar en su propósito de regresar a Judea sin dilación. Mientras viajaba hacia su casa por otro camino, fue alcanzado por un anciano que se presentó 77 como profeta y, mintiendo al varón de Dios, le declaró: "Yo también soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por palabra de Jehová, diciendo: Vuélvele contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua." El hombre repitió su mentira una y otra vez e insistió en su invitación hasta persuadir al varón de Dios a que volviese.
Por el hecho de que el profeta verdadero se dejó inducir a seguir una conducta contraria a su deber, Dios permitió que sufriera el castigo de su transgresión. Mientras él y el hombre que le había invitado a regresar a Betel estaban sentados juntos a la mesa, la inspiración del Todopoderoso embargó al falso profeta, "y clamó al varón de Dios que había venido de Judá, diciendo: Así dijo Jehová: Por cuanto has sido rebelde al dicho de Jehová, y no guardaste el mandamiento que Jehová tu Dios te había prescrito, . . . no entrará tu cuerpo en el sepulcro de tus padres." (1 Rey. 13: 18-22.)
Esta profecía condenatoria no tardó en cumplirse literalmente. "Como hubo comido del pan y bebido, el profeta que le había hecho volver le enalbardó un asno; y yéndose, topóle un león en el camino, y matóle; y su cuerpo estaba echado en el camino, y el asno estaba junto a él, y el león también estaba junto al cuerpo. Y he aquí unos que pasaban, y vieron el cuerpo que estaba echado en el camino, . . . y vinieron, y dijéronlo en la ciudad donde el viejo profeta habitaba. Y oyéndolo el profeta que le había vuelto del camino, dijo: El varón de Dios es, que fue rebelde al dicho de Jehová." (1 Rey. 13: 23-26.)
El castigo que sobrecogió al mensajero infiel fue una evidencia adicional de la verdad contenida en la profecía pronunciada contra el altar. Si, después que desobedeciera a la palabra del Señor, se hubiese dejado al profeta seguir su viaje sano y salvo, el rey habría basado en este hecho una tentativa de justificar su propia desobediencia. En el altar partido, en el brazo paralizado, y en la terrible suerte de aquel que se había atrevido a desobedecer una orden expresa de Jehová, Jeroboam 78 debiera haber discernido prestas manifestaciones del desagrado de un Dios ofendido, y estos castigos debieran haberle advertido que no debía persistir en su mal proceder. Pero, lejos de arrepentirse, Jeroboam "volvió a hacer sacerdotes de los altos de la clase del pueblo, y quien quería se consagraba, y era de los sacerdotes de los altos." No sólo cometió así él mismo un pecado gravoso, sino que hizo "pecar a Israel," "y esto fue causa de pecado a la casa de Jeroboam; por lo cual fue cortada y raída de sobre la haz de la tierra." (1 Rey. 13: 33, 34; 14: 16.)
Hacia el final de un reinado perturbado de veintidós años, Jeroboam sufrió una derrota desastrosa en la guerra con Abías, sucesor de Roboam. "Y nunca más tuvo Jeroboam poderío en los días de Abías: e hirióle Jehová, y murió." (2 Crón. 13: 20.)
La apostasía introducida durante el reinado de Jeroboam se fue haciendo cada vez más pronunciada, hasta que finalmente resultó en la destrucción completa del reino de Israel. Aun antes de la muerte de Jeroboam, Ahías, anciano profeta de Silo que muchos años antes había predicho la elevación de Jeroboam al trono, declaró: "Jehová sacudirá a Israel, al modo que la caña se agita en las aguas: y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y esparcirálos de la otra parte del río, por cuanto han hecho sus bosques, enojando a Jehová. Y él entregará a Israel por los pecados de Jeroboam, el cual pecó, y ha hecho pecar a Israel." (1 Rey. 14: 15, 16.)
Sin embargo, el Señor no abandonó a Israel sin hacer primero todo lo que podía hacerse para que volviera a serle fiel. A través de los largos y obscuros años durante los cuales un gobernante tras otro se destacaba en atrevido desafío del Cielo y hundía cada vez más a Israel en la idolatría, Dios mandó mensaje tras mensaje a su pueblo apóstata. Mediante sus profetas, le dio toda oportunidad de detener la marea de la apostasía, y de regresar a él. Durante los años ulteriores a la división del reino, Elías y Eliseo iban a aparecer y trabajar, e iban a oírse en la tierra las tiernas súplicas de Oseas, Amós y Abdías. Nunca iba a ser dejado el reino de Israel sin nobles testigos del gran 79 poder de Dios para salvar a los hombres del pecado. Aun en las horas más sombrías, algunos iban a permanecer fieles a su Gobernante divino, y en medio de la idolatría vivirían sin mancha a la vista de un Dios santo. Esos fieles se contaron entre el residuo de los buenos por medio de quienes iba a cumplirse finalmente el eterno propósito de Jehová. 80