sábado, 2 de junio de 2012

6. Set y Enoc

ADÁN tuvo otro hijo que debía ser el heredero de la promesa divina, el heredero de la primogenitura espiritual. El nombre dado a este hijo, Set, significa "señalado" o "compensación;" pues, dijo la madre: "Dios me ha sustituido otra simiente en lugar de Abel, a quien mató Caín." (Gén. 4: 25.)
Set aventajaba en estatura a Caín y Abel, y se parecía a su padre Adán más que sus otros hermanos. Tenía un carácter digno, y seguía las huellas de Abel. Sin embargo, no habría heredado más bondad natural que Caín. Acerca de la creación de Adán se dice: "A la semejanza de Dios lo hizo" pero el hombre, después de la caída, "engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen." (Gén. 5: 1, 3.) En tanto que Adán había sido creado sin pecado, a la semejanza de Dios, Set, así como Caín, heredó la naturaleza caída de sus padres. Pero recibió también el conocimiento del Redentor, e instrucción acerca de la justicia. Mediante la gracia divina sirvió y honró a Dios; y trabajó, como Abel lo hubiera hecho, de haber vivido, por cambiar las mentes pecaminosas de los hombres y encauzarlas a reverenciar y obedecer a su Creador.
"Y a Seth también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a llamarse del nombre de Jehová." (Gén. 4: 26.) Los fieles habían adorado a Dios antes; pero a medida que aumentaba el número de los seres humanos, se hacía más visible la distinción entre las dos clases en que se dividían. Había franca lealtad hacia Dios de parte de una clase, así como desprecio y desobediencia de parte de la otra.
Antes de la caída, nuestros primeros padres habían guardado el sábado que había sido instituido en el Edén; y después 67 de su expulsión del paraíso continuaron observándolo. Habían gustado los amargos frutos de la desobediencia, y habían aprendido lo que tarde o temprano aprenderán todos aquellos que pisotean los mandamientos de Dios, a saber, que los preceptos divinos son sagrados e inmutables, y que la pena por la transgresión es ineludible. El sábado fue honrado por todos los hijos de Adán que permanecieron leales a Dios. Pero Caín y sus descendientes no respetaron el día en el cual Dios había reposado. Eligieron su propio tiempo para el trabajo y el descanso, sin tomar en cuenta el mandamiento expreso de Jehová.
Al recibir la maldición de Dios, Caín se había retirado de la familia de sus padres. Había escogido primeramente el oficio de labrador, y luego fundó una ciudad, a la cual dio el nombre de su hijo mayor. Se había retirado de la presencia del Señor, desechando la promesa del Edén restaurado, para buscar riquezas y placer en la tierra maldita por el pecado, y así se había destacado como caudillo de la gran multitud que adora al dios de este mundo. Sus descendientes se distinguieron en todo lo referente al mero progreso terrenal y material. Pero menospreciaron a Dios, y se opusieron a sus propósitos hacia el hombre. Al homicidio, cuya comisión iniciara Caín, Lamec, su quinto descendiente, agregó poligamia, y con cínica jactancia, reconoció a Dios tan sólo para sacar de la venganza prometida a Caín una garantía de su propia salvaguardia. Abel había llevado una vida pastoral habitando en tiendas o cabañas, y los descendientes de Set hicieron lo mismo y se consideraron "peregrinos y advenedizos sobre la tierra," que buscaban una, patria "mejor, es a saber, la celestial." (Heb. 11: 13, 16.)
Durante algún tiempo las dos clases permanecieron separadas. Esparciéndose del lugar en que se establecieron primeramente, los descendientes de Caín se dispersaron por todos los llanos y valles donde habían habitado los hijos Set éstos, para escapar a la influencia contaminadora de 68 aquéllos, se retiraron a las montañas, y allí establecieron sus hogares. Mientras duró esta separación, los hijos de Set mantuvieron el culto a Dios en toda su pureza. Pero con el transcurso del tiempo, se aventuraron poco a poco a mezclarse con los habitantes de los valles. Esta asociación produjo los peores resultados. Vieron "los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas." (Gen. 6: 2.) Atraídos por la hermosura de las hijas de los descendientes de Caín, los hijos de Set desagradaron al Señor aliándose con ellas en matrimonio. Muchos de los que adoraban a Dios fueron inducidos a pecar mediante los halagos que ahora estaban constantemente ante ellos, y perdieron su carácter peculiar y santo. Al mezclarse con los depravados, llegaron a ser semejantes a ellos en espíritu y en obras; menospreciaron las restricciones del séptimo mandamiento, y "tomáronse mujeres escogiendo entre todas." Los hijos de Set siguieron "el camino de Caín" (Judas 11), fijaron su atención en la prosperidad y el gozo terrenales y descuidaron los mandamientos del Señor. A los hombres "no les pareció tener a Dios en su noticia;" "se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido." Por tanto, "Dios los entregó a una mente depravada." (Rom. 1: 21, 28.) El pecado se extendió por toda la tierra como una lepra mortal.
Adán vivió casi mil años entre los hombres, como testigo de los resultados del pecado. Con toda fidelidad trató de poner coto a la corriente del mal. Se le había ordenado instruir a su descendencia en el camino del Señor; y cuidadosamente atesoró lo que Dios le había revelado, y lo repetía a las generaciones que se sucedían. A sus hijos y a sus nietos hasta la novena generación, pudo describir Adán el estado santo y feliz del hombre en el paraíso, y repitiéndoles la historia de su caída, les refirió los sufrimientos mediante los cuales Dios le había enseñado la necesidad de adherirse estrictamente a su ley y les explicó las misericordiosas medidas tomadas para su salvación. Pero sólo unos pocos prestaron 69 atención a sus palabras. A menudo le hacían amargos reproches por el pecado que había traído tanto dolor a sus descendientes.
La de Adán fue una vida de tristeza, humildad y contrición. Cuando salió del Edén, la idea de que tendría que morir le hacía estremecerse de terror. Conoció por primera vez la realidad de la muerte en la familia humana cuando Caín su primogénito, asesinó a su hermano. Lleno del más agudo remordimiento por su propio pecado, y doblemente acongojado por la muerte de Abel y el rechazamiento de Caín, Adán estaba abrumado por la angustia. Veía cómo por doquiera se esparcía la corrupción que iba a causar finalmente la destrucción del mundo mediante un diluvio; y a pesar de que la sentencia de muerte pronunciada sobre él por su Hacedor le había parecido terrible al principio, después de presenciar durante casi mil años los resultados del pecado, Adán llegó a considerar como una misericordia el que Dios pusiera fin a su vida de sufrimiento y dolor.
No obstante la iniquidad del mundo antediluviano, esa época no fue, como a menudo se ha supuesto, una era de ignorancia y barbarie. Los hombres tuvieron oportunidad de alcanzar un alto desarrollo moral e intelectual. Poseían gran fuerza física y mental, y sus ventajas para adquirir conocimientos religiosos y científicos eran incomparables. Es un error suponer que porque vivían muchos años, sus mentes alcanzaban tarde su madurez: sus facultades mentales se ,desarrollaban temprano y los que abrigaban el temor de Dios y vivían en armonía con su voluntad, continuaban aumentando en conocimiento y en sabiduría durante toda su vida.
Si pudieran compararse con los antediluvianos de la misma edad, los más ilustres eruditos de nuestros tiempos parecerían muy inferiores en vigor mental y físico. A medida que se acortó la vida del hombre y disminuyó su vigor físico, también se aminoró su capacidad mental. Hoy día hay hombres que dedican al estudio un período de veinte a cincuenta 70 años, y el mundo se llena de admiración por sus éxitos. Pero ¡qué limitados son estos triunfos cuando se los compara con los de aquellos hombres cuyo vigor físico y mental se desarrollaba durante siglos!
Es verdad que los hombres de los tiempos modernos tienen el beneficio del conocimiento alcanzado por sus predecesores. Los genios que proyectaron, estudiaron y escribieron, han legado sus trabajos a quienes les han seguido. Pero aun en este respecto, y en lo que concierne meramente a los conocimientos humanos, ¡cuán superiores fueron las ventajas de los hombres de aquella edad antigua! Tuvieron entre ellos durante siglos a aquel que Dios había formado según su propia imagen, a quien el Creador mismo declaró "bueno," el hombre a quien Dios había instruido en toda sabiduría del mundo material. Adán había aprendido del Creador la historia de la creación; él mismo había presenciado los acontecimientos de nueve siglos; y comunicó sus conocimientos a sus descendientes. Los antediluvianos no tenían libros ni anales escritos; pero con su gran vigor mental y físico disponían de una memoria poderosa, que les permitía comprender y retener lo que se les comunicaba, para transmitirlo después con toda precisión a sus descendientes. Durante varios siglos hubo siete generaciones que vivieron contemporáneamente, y tuvieron la oportunidad de consultarse para aprovechar cada una los conocimientos y la experiencia de las demás.
Las ventajas que gozaron los hombres de aquellos tiempos para obtener un conocimiento de Dios por el estudio de su obra, no han sido igualadas desde entonces. Lejos de ser una era de tinieblas religiosas, fue una edad de grandes luces. Todo el mundo tuvo la oportunidad de recibir instrucción de Adán y los que temían al Señor tuvieron también a Cristo y a los ángeles por maestros. Y tuvieron un silencioso testimonió de la verdad en el huerto de Dios, que durante siglos permaneció entre los hombres. A la puerta del paraíso, guardada por querubines, se manifestaba la gloria de Dios, 71 y allí iban los primeros adoradores a levantar sus altares y a presentar sus ofrendas. Allí era donde Caín y Abel habían llevado sus sacrificios y Dios había condescendido a comunicarse con ellos.
El escepticismo no podía negar la existencia del Edén mientras estaba a la vista, con su entrada vedada por los ángeles custodios. El orden de la creación, el objeto del huerto, la historia de sus dos árboles tan estrechamente ligados al destino del hombre, eran hechos indiscutibles; y la existencia y suprema autoridad de Dios, la vigencia de su ley, eran verdades que nadie pudo poner en tela de juicio mientras Adán vivía.
A pesar de la iniquidad que prevalecía, había un número de hombres santos, ennoblecidos y elevados por la comunión con Dios, que vivían en compañerismo con el cielo. Eran hombres de poderoso intelecto, que habían realizado obras admirables. Tenían una santa y gran misión; a saber, desarrollar un carácter justo y enseñar una lección de piedad, no sólo a los hombres de su tiempo, sino también a las generaciones futuras. Sólo algunos de los más destacados se mencionan en las Escrituras; pero a través de todos los tiempos, Dios tuvo testigos fieles y adoradores sinceros.
Las Escrituras dicen que Enoc tuvo un hijo a los sesenta y cinco años. Después anduvo con Dios durante trescientos años. En la primera parte de su vida, Enoc había amado y temido a Dios y guardado sus mandamientos. Pertenecía al santo linaje, a los depositarios de la verdadera fe, a los progenitores de la simiente prometida. De labios de Adán había aprendido la triste historia de la caída y las gozosas nuevas de la gracia de Dios contenidas en la promesa; y confiaba en el Redentor que vendría. Pero después del nacimiento de su primer hijo, Enoc alcanzó una experiencia más elevada, fue atraído a más íntima relación con Dios. Comprendió más cabalmente sus propias obligaciones y responsabilidades como hijo de Dios. Cuando conoció el amor de su hijo hacia él, y 72 la sencilla confianza del niño en su protección; cuando sintió la profunda y anhelante ternura de su corazón hacia su primogénito, aprendió la preciosa lección del maravilloso amor de Dios hacia el hombre manifestado en la dádiva de su Hijo, y la confianza que los hijos de Dios podían tener en el Padre celestial. El infinito e inescrutable amor de Dios, manifestado mediante Cristo, se convirtió en el tema de su meditación de día y de noche; y con todo el fervor de su alma trató de manifestar este amor a la gente entre la cual vivía.
El andar de Enoc con Dios no era en arrobamiento o en visión, sino en el cumplimiento de los deberes de su vida diaria. No se aisló de la gente convirtiéndose en ermitaño, pues tenía una obra que hacer para Dios en el mundo. En el seno de la familia y en sus relaciones con los hombres, ora como esposo o padre, ora como amigo o ciudadano, fue firme y constante siervo de Dios.
Su corazón estaba en armonía con la voluntad de Dios; pues "¿andarán dos juntos, si no estuvieron de concierto?" (Amós 3:3.) Y este santo andar continuó durante trescientos años. Muchos cristianos serían más fervientes y devotos si supiesen que tienen sólo poco tiempo que vivir, o que la venida de Cristo está por suceder. Pero en el caso de Enoc su fe se fortalecía y su amor se hacia más ardiente a medida que pasaban los siglos.
Enoc poseía una mente poderosa, bien cultivada, y profundos conocimientos. Dios le había honrado con revelaciones especiales; sin embargo, por el hecho de que estaba en continua comunión con el cielo, y reconocía constantemente la grandeza y perfección divinas, fue uno de los hombres más humildes. Cuanto más intima era su unión con Dios, tanto más profundo era el sentido de su propia debilidad e imperfección.
Afligido por la maldad creciente de los impíos, y temiendo que la infidelidad de esos hombres pudiese aminorar su veneración hacia Dios, Enoc eludía el asociarse continuamente 73 con ellos, y pasaba mucho tiempo en la soledad, dedicándose a la meditación y a la oración. Así esperaba ante el Señor, buscando un conocimiento más claro de su voluntad a fin de cumplirla. Para él la oración era el aliento del alma. Vivía en la misma atmósfera del cielo.
Por medio de santos ángeles, Dios reveló a Enoc su propósito de destruir al mundo mediante un diluvio, y también le hizo más manifiesto el plan de la redención. Mediante el espíritu de profecía lo llevó a través de las generaciones que vivirían después del diluvio, y le mostró los grandes eventos relacionados con la segunda venida de Cristo y el fin del mundo.
Enoc había estado preocupado acerca de los muertos. Le había parecido que los justos y los impíos se convertirían igualmente en polvo, y que ése sería su fin. No podía concebir que los justos vivieran más allá de la tumba. En visión profética se le instruyó concerniente a la muerte de Cristo y se le mostró su venida en gloria, acompañado de todos los santos ángeles, para rescatar a su pueblo de la tumba. También vio la corrupción que habría en el mundo cuando Cristo viniera por segunda vez, y habría una generación presumida, jactanciosa y empecinada, que negaría al único Dios y al Señor Jesucristo, pisoteando la ley y despreciando la redención. Vio a los justos coronados de gloria y honor, y a los impíos desechados de la presencia del Señor, y destruidos por el fuego.
Enoc se convirtió en el predicador de la justicia e hizo saber al pueblo lo que Dios le había revelado. Los que temían al Señor buscaban a este hombre santo, para compartir su instrucción y sus oraciones. También trabajó públicamente, dando los mensajes de Dios a todos los que querían oír las palabras de advertencia. Su obra no se limitaba a los descendientes de Set. En la tierra adonde Caín había tratado de huir de la divina presencia, el profeta de Dios dio a conocer las maravillosas escenas que había presenciado en visión. 74
"He aquí -dijo,- el Señor es venido con sus santos millares, a hacer juicio contra todos, y a convencer a todos los impíos de entre ellos tocante a todas sus obras de impiedad que han hecho impíamente." (Judas 14, 15.)
Enoc condenaba intrépidamente el pecado. Mientras predicaba el amor de Dios en Cristo a la gente de aquel entonces, y les rogaba que abandonaran sus malos caminos, reprobaba la prevaleciente iniquidad, y amonestaba a los hombres de su generación manifestándoles que vendría el juicio sobre los transgresores. El Espíritu de Cristo habló por medio de Enoc, y se manifestaba no sólo en expresiones de amor, compasión y súplica; pues los santos hombres no hablan sólo palabras halagadoras, Dios pone en el corazón y en los labios de sus mensajeros las verdades que han de expresar a la gente, verdades agudas y cortantes como una espada de dos filos.
El poder de Dios que obraba con su siervo se hacía sentir entre los que le oían. Algunos prestaban oídos a la amonestación, y renunciaban a su vida de pecado; pero las multitudes se mofaban del solemne mensaje, y seguían más osadamente en sus malos caminos. En los últimos días los siervos de Dios han de dar al mundo un mensaje parecido, que será recibido también con incredulidad y burla. El mundo antediluviano rechazó las palabras de amonestación del que anduvo con Dios. E igualmente la última generación no prestará atención a las advertencias de los mensajeros del Señor.
En medio de una vida de activa labor, Enoc mantenía fielmente su comunión con Dios. Cuanto más intensas y urgentes eran sus labores, tanto más constantes y fervorosas eran sus oraciones. Seguía apartándose, durante ciertos lapsos, de todo trato humano. Después de permanecer algún tiempo entre la gente, trabajando para beneficiarla mediante la instrucción y el ejemplo, se retiraba con el fin de estar solo, para satisfacer su sed y hambre de aquella divina sabiduría que sólo Dios puede dar. Manteniéndose así en comunión con Dios; Enoc llegó a reflejar más y más la imagen divina. 75
Tenía el rostro radiante de una santa luz, semejante a la que resplandece del rostro de Jesús. Cuando regresaba de estar en comunión con Dios, hasta los impíos miraban con reverencia ese sello del cielo en su semblante.
La iniquidad de los hombres había llegado a tal grado que su destrucción quedó decretada. A medida que los años pasaban, crecía más la ola de la culpabilidad humana, y se volvían más obscuras las nubes del juicio divino. Con todo, Enoc, el testigo de la fe, perseveró en su camino, amonestando, suplicando, implorando, tratando de rechazar la ola de culpabilidad y detener los dardos de la venganza. Aunque sus amonestaciones eran menospreciadas por el pueblo pecaminoso y amante del placer, tenía el testimonio de la aprobación de Dios, y continuó fielmente la lucha contra la iniquidad reinante, hasta que Dios lo trasladó de un mundo de pecado al gozo puro del cielo.
Los hombres de aquel entonces se burlaron de la insensatez del que no procuraba acumular oro o plata, ni adquirir bienes terrenales. Pero el corazón de Enoc estaba puesto en los tesoros eternos, Había contemplado la ciudad celestial. Había visto al Rey en su gloria en medio de Sión. Su mente, su corazón y su conversación se concentraban en el cielo. Cuanto mayor era la iniquidad prevaleciente, tanto más intensa era su nostalgia del hogar de Dios. Mientras estaba aún en la tierra, vivió por la fe en el reino de luz.
"Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios." (Mat. 5:8.) Durante trescientos años Enoc buscó la pureza del alma, para estar en armonía con el Cielo. Durante tres siglos anduvo con Dios. Día tras día anheló una unión más íntima; esa comunión se hizo más y más estrecha, hasta que Dios lo llevó consigo. Había llegado al umbral del mundo eterno, a un paso de la tierra de los bienaventurados; se le abrieron los portales, y continuando su andar con Dios, tanto tiempo proseguido en la tierra, entró por las puertas de la santa ciudad. Fue el primero de los hombres que llegó allí. 76
La desaparición de Enoc se sintió en la tierra. La voz de instrucción y amonestación que se había escuchado día tras día se echó de menos. Hubo algunos, entre los justos y los impíos, que presenciaron su partida; y con la esperanza de que se le hubiese llevado a uno de sus lugares de retiro, los que le amaban hicieron una diligente búsqueda, así como más tarde los hijos de los profetas buscaron a Elías; pero fue sin resultado. Informaron que no estaba en ninguna parte, porque Dios lo había llevado consigo.
Mediante la traslación de Enoc, el Señor quiso dar una importante lección. Había peligro de que los hombres cedieran al desaliento, debido a los temibles resultados del pecado de Adán. Muchos estaban dispuestos a exclamar: " ¿De qué nos sirve haber temido al Señor y guardado sus ordenanzas, ya que una terrible maldición pesa sobre la humanidad, y a todos nos espera la muerte?" Pero las instrucciones que Dios dio a Adán, repetidas por Set y practicadas por Enoc, despejaron las tinieblas y la tristeza e infundieron al hombre la esperanza de que, como por Adán vino la muerte, por el Redentor prometido vendría la vida y la inmortalidad.
Satanás procuraba inculcar a los hombres la creencia de que no había premio para los justos ni castigo para los impíos, y que era imposible para el hombre obedecer los estatutos divinos. Pero en el caso de Enoc, Dios declara de si mismo que "existe y que es remunerador de los que le buscan." (Heb. 11 : 6, Torres Amat.) Revela lo que hará en bien de los que guardan sus mandamientos. A los hombres se les demostró que se puede obedecer la ley de Dios; que aun viviendo entre pecadores corruptos, podían, mediante la gracia de Dios, resistir la tentación y llegar a ser puros y santos. Vieron en su ejemplo la bienaventuranza de esa vida; y su traslación fue una evidencia de la veracidad de su profecía acerca del porvenir que traerá un galardón de felicidad, gloria y vida eterna para los obedientes, y de condenación, pesar y muerte para el transgresor. 77
"Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, ... y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios." (Vers. 5.) En medio de un mundo condenado a la destrucción por su iniquidad, Enoc pasó su vida en tan íntima comunión con Dios, que no se le permitió caer bajo el poder de la muerte. El piadoso carácter de este profeta representa el estado de santidad que deben alcanzar todos los que serán "comprados de entre los de la tierra" (Apoc. 14:3) en el tiempo de la segunda venida de Cristo. En ese entonces, así como en el mundo antediluviano, prevalecerá la iniquidad. Siguiendo los impulsos de su corrupto corazón y las enseñanzas de una filosofía engañosa, el hombre se rebelará contra la autoridad del Cielo. Pero, así como Enoc, el pueblo de Dios buscará la pureza de corazón y la conformidad con la voluntad de su Señor, hasta que refleje la imagen de Cristo. Tal como lo hizo Enoc, anunciarán al mundo la segunda venida del Señor, y los juicios que merecerá la transgresión; y mediante su conversación y ejemplo santos condenarán los pecados de los impíos.
Así como Enoc fue trasladado al cielo antes de la destrucción del mundo por el diluvio, así también los justos vivos serán traspuestos de la tierra antes de la destrucción por el fuego. Dice el apóstol: "Todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta." "Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo." "Porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados." "Los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, consolaos los unos a los otros en estas palabras." (1 Cor. 15:51, 52; 1 Tes, 4:16-18.) 78

4. El Plan de Redención

LA CAIDA del hombre llenó todo el cielo de tristeza. El mundo que Dios había hecho quedaba mancillado por la maldición del pecado, y habitado por seres condenados a la miseria y a la muerte. Parecía no existir escapatoria para aquellos que habían quebrantado la ley. Los ángeles suspendieron sus himnos de alabanza. Por todos los ámbitos de los atrios celestiales, había lamentos por la ruina que el pecado había causado.
El Hijo de Dios, el glorioso Soberano del cielo, se conmovió de compasión por la raza caída. Una infinita misericordia conmovió su corazón al evocar las desgracias de un mundo perdido. Pero el amor divino había concebido un plan mediante el cual el hombre podría ser redimido. La quebrantada ley de Dios exigía la vida del pecador. En todo el universo sólo existía uno que podía satisfacer sus exigencias en lugar del hombre. Puesto que la ley divina es tan sagrada como el mismo Dios, sólo uno igual a Dios podría expiar su transgresión. Ninguno sino Cristo podía salvar al hombre de la maldición de la ley, y colocarlo otra vez en armonía con el Cielo. Cristo cargaría con la culpa y la vergüenza del pecado, que era algo tan abominable a los ojos de Dios que iba a separar al Padre y su Hijo. Cristo descendería a la profundidad de la desgracia para rescatar la raza caída.
Cristo intercedió ante el Padre en favor del pecador, mientras la hueste celestial esperaba los resultados con tan intenso interés que la palabra no puede expresarlo. Mucho tiempo duró aquella misteriosa conversación, el "consejo de paz" (Zac. 6: 13.) en favor del hombre caído. El plan de la salvación había sido concebido antes de la creación del 49 mundo; pues Cristo es "el Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo." (Apoc. 13: 8.) Sin embargo, fue una lucha, aun para el mismo Rey del universo, entregar a su Hijo a la muerte por la raza culpable. Pero, "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." (Juan 3: 16.) ¡Oh, el misterio de la redención! ¡El amor de Dios hacia un mundo que no le amaba! ¿Quién puede comprender la profundidad de ese amor "que excede a todo conocimiento"? Al través de los siglos sin fin, las mentes inmortales, tratando de entender el misterio de ese incomprensible amor, se maravillarán y adorarán a Dios.
Dios se iba a manifestar en Cristo, "reconciliando el mundo a sí." (2 Cor. 5: 19.) El hombre se había envilecido tanto por el pecado que le era imposible por si mismo ponerse en armonía con Aquel cuya naturaleza es bondad y pureza. Pero después de haber redimido al mundo de la condenación de la ley, Cristo podría impartir poder divino al esfuerzo humano. Así, mediante el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo, los caídos hijos de Adán podrían convertirse nuevamente en "hijos de Dios." (1 Juan 3: 2.)
El único plan que podía asegurar la salvación del hombre afectaba a todo el cielo en su infinito sacrificio. Los ángeles no podían regocijarse mientras Cristo les explicaba el plan de redención pues veían que la salvación del hombre iba a costar indecible angustia a su amado Jefe. Llenos de asombro y pesar, le escucharon cuando les dijo que debería bajar de la pureza, paz, gozo, gloria y vida inmortal del cielo, a la degradación de la tierra, para soportar dolor, vergüenza y muerte. Se interpondría entre el pecador y la pena del pecado, pero pocos le recibirían como el Hijo de Dios. Dejaría su elevada posición de Soberano del cielo para presentarse en la tierra, y humillándose como hombre, conocería por su propia experiencia las tristezas y tentaciones que el hombre habría de sufrir. Todo esto era necesario para que pudiese socorrer a 50 los que iban a ser tentados. (Heb. 2: 18.) Cuando hubiese terminado su misión como maestro, sería entregado en manos de los impíos y sometido a todo insulto y tormento que Satanás pudiera inspirarles. Sufriría la más cruel de las muertes, levantado en alto entre la tierra y el cielo como un pecador culpable. Pasaría largas horas de tan terrible agonía, que los ángeles se habrían de velar el rostro para no ver semejante escena. Mientras la culpa de la transgresión y la carga de los pecados del mundo pesaran sobre él, tendría que sufrir angustia del alma y hasta su Padre ocultaría de él su rostro.
Los ángeles se postraron de hinojos ante su Soberano y se ofrecieron ellos mismos como sacrificio por el hombre. Pero la vida de un ángel no podía satisfacer la deuda; solamente Aquel que había creado al hombre tenía poder para redimirlo. No obstante, los ángeles iban a tener una parte que desempeñar en el plan de redención. Cristo iba a ser hecho "un poco . . . inferior a los ángeles, para que . . . gustase la muerte." (Heb. 2:9, V. M.) Cuando adoptara la naturaleza humana, su poder no sería semejante al de los ángeles, y ellos habrían de servirle, fortalecerle y mitigar su profundo sufrimiento. Asimismo, los ángeles habrían de ser espíritus auxiliadores, enviados para ayudar a los que fuesen herederos de la salvación. (Heb. 1:14.) Guardarían a los súbditos de la gracia del poder de los malos ángeles y de las tinieblas que Satanás esparciría constantemente alrededor de ellos.
Cuando los ángeles presenciaran la agonía y humillación de su Señor, se llenarían de dolor e indignación, y desearían librarlo de sus verdugos; mas no debían interponerse para evitar lo que vieran. Era parte del plan de la redención que Cristo sufriese el escarnio y el abuso de los impíos; y él mismo consintió en todo esto al convertirse en Redentor del hombre.
Cristo aseguró a los ángeles que mediante su muerte iba a rescatar a muchos, destruyendo al que tenía el imperio de la muerte. Iba a recuperar el reino que el hombre había perdido 51 por su transgresión, y que los redimidos habrían de heredar juntamente con él, para morar eternamente allí. El pecado y los pecadores iban a ser exterminados, para nunca más perturbar la paz del cielo y de la tierra. Pidió a la hueste angélica que concordase con el plan que su Padre había aceptado, y que se regocijasen en que mediante su muerte el hombre caído podría reconciliarse con Dios.
Entonces un indecible regocijo llenó el cielo. La gloria y la bendición de un mundo redimido excedió a la misma angustia y al sacrificio del Príncipe de la vida. Por todos los atrios celestiales repercutieron los acordes de aquella dulce canción que más tarde habría de oírse sobre las colinas de Belén: "Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres." (Luc. 2: 14.) Ahora con una felicidad más profunda que la producida por el deleite y entusiasmo de la nueva creación, "las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios." (Job 38:7.)
La primera indicación que el hombre tuvo acerca de su redención la oyó en la sentencia pronunciada contra Satanás; en el huerto. El Señor declaró: "Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Gén. 3: 15.) Esta sentencia, pronunciada en presencia de nuestros primeros padres, fue una promesa para ellos. Mientras predecía la lucha entre el hombre y Satanás, declaraba que el poder del gran adversario sería finalmente destruido. Adán y Eva estaban como criminales ante el justo Juez, y aguardaban la sentencia que merecía su transgresión; pero antes de oír hablar de la vida de trabajo y angustia que seria su destino, o del decreto que determinaba que volverían al polvo, escucharon palabras que no podían menos que infundirles esperanza. Aunque habrían de padecer por efecto del poder de su gran enemigo, podrían esperar una victoria final.
Cuando Satanás supo que existiría enemistad entre él y la 52 mujer, y entre su simiente y la simiente de ella, se dio cuenta de que su obra de depravación de la naturaleza humana seria interrumpida; que de alguna manera el hombre seria capacitado para resistir su poder. Sin embargo, cuando el plan de redención se dio a conocer, Satanás se regocijó con sus ángeles al pensar que por haber causado la caída del hombre, podía ahora hacer descender al Hijo de Dios de su elevada posición. Satanás declaró que hasta la fecha sus planes habían tenido éxito en la tierra, y que cuando Cristo tomase la naturaleza humana, él también podría ser vencido, y así se evitaría la redención de la raza caída.
Los ángeles celestiales explicaron más completamente a nuestros primeros padres el plan que había sido concebido para si su redención. Se les aseguró a Adán y a su compañera que a pesar de su gran pecado, no se les abandonaría a merced de Satanás. El Hijo de Dios había ofrecido expiar, con su propia vida, la transgresión de ellos. Se les otorgaría un tiempo de gracia y, mediante el arrepentimiento y la fe en Cristo, podrían llegar a ser de nuevo hijos de Dios.
El sacrificio exigido por su transgresión reveló a Adán y a Eva el carácter sagrado de la ley de Dios; y comprendieron mejor que nunca la culpa del pecado y sus horrorosos resultados. En medio de su remordimiento y angustia pidieron que la pena no cayese sobre Aquel cuyo amor había sido la fuente de todo su regocijo; que más bien cayera sobre ellos y su descendencia.
Se les dijo que, como la ley de Jehová es el fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra, ni aun la vida de un ángel podría aceptarse como sacrificio por la transgresión de ellos. Ninguno de sus preceptos podía abolirse o cambiarse para ajustarse al hombre en su condición caída; pero el Hijo de Dios, que había creado al hombre, podía expiar su falta. Así como la transgresión de Adán había traído desgracia y muerte, el sacrificio de Cristo traería vida e inmortalidad.
No sólo el hombre sino también la tierra había caído por el 53 pecado bajo el dominio del maligno, y había de ser restaurada mediante el plan de la redención. Al ser creado, Adán recibió el señorío de la tierra. Pero al ceder a la tentación, cayó bajo el poder de Satanás. Y "el que es de alguno vencido, es sujeto a la servidumbre del que lo venció." (2 Ped. 2: 19.) Cuando el hombre cayó bajo el cautiverio de Satanás, el dominio que antes ejercía pasó a manos de su conquistador. De esa manera Satanás llegó a ser "el dios de este siglo." (2 Cor. 4:4.) El había usurpado el dominio que originalmente fue otorgado a Adán. Pero Cristo, mediante su sacrificio, al pagar la pena del pecado, no sólo redimiría al hombre, sino que también recuperaría el dominio que éste había perdido. Todo lo que perdió el primer Adán será recuperado por el segundo. El profeta dijo: "Oh torre del rebaño, la fortaleza de la hija de Sión vendrá hasta ti: y el señorío primero." (Miq. 4: 8) Y el apóstol Pablo dirige nuestras miradas hacia "la redención de la posesión adquirida." (Efe. 1:14.) Dios creó la tierra para que fuese la morada de seres santos y felices. El Señor "que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la crió en vano, para que fuese habitada la crió." (Isa. 45:18.) Ese propósito será cumplido, cuando sea renovada mediante el poder de Dios y libertada del pecado y el dolor; entonces se convertirá en la morada eterna de los redimidos. "Los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella."(Sal. 37: 29.) "Y no habrá más maldición; sino que el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán." (Apoc. 22:3.)
Mientras fuera inocente, Adán había gozado de abierta comunión con su Hacedor; pero el pecado produjo separación entre Dios y el hombre, y sólo la expiación de Cristo podía salvar el abismo, y hacer posible la transmisión de las bendiciones de la salvación entre el cielo y la tierra. El hombre tenía vedada la comunicación directa con su Creador, pero Dios se comunicaría con él por medio de Cristo y de los ángeles. 54
En esa forma se revelaron a Adán importantes acontecimientos que se producirían en la historia humana, desde el tiempo en que fue pronunciada la sentencia divina en el Edén hasta el diluvio, y desde allí hasta el primer advenimiento del Hijo de Dios. Se le mostró que si bien el sacrificio de Cristo tendría suficiente valor para salvar a todo el mundo, muchos escogerían una vida de pecado más bien que de arrepentimiento y obediencia. Los crímenes aumentarían en las generaciones sucesivas, y la maldición del pecado pesaría cada vez más sobre la raza humana, las bestias y la tierra. La vida del hombre seria acortada por su propio pecado; disminuirían su estatura y resistencia física, así como su poder intelectual y moral, hasta que el mundo se llenase de toda clase de miserias. Mediante la complacencia del apetito y las pasiones, los hombres se incapacitarían para apreciar las grandes verdades del plan de redención. No obstante, fiel al propósito por el cual dejó el cielo, Cristo mantendría su interés en los hombres, y seguiría invitándolos a ocultar sus debilidades y deficiencias en él. Supliría las necesidades de todos los que fuesen a él con fe. Y siempre habría unos pocos que conservarían el conocimiento de Dios, y se guardarían incólumes en medio de la prevaleciente iniquidad.
El sacrificio de animales fue ordenado por Dios para que fuese para el hombre un recuerdo perpetuo, un penitente reconocimiento de su pecado y una confesión de su fe en el Redentor prometido. Tenía por objeto manifestar a la raza caída la solemne verdad de que el pecado era lo que causaba la muerte. Para Adán el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa. Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios podía dar. Por primera vez iba a presenciar la muerte, y sabía que si hubiese sido obediente a Dios no la habrían conocido el hombre ni las bestias. Mientras mataba a la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios. Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de 55 la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar. Y se admiró de la infinita bondad que daba semejante rescate para salvar a los culpables. Una estrella de esperanza iluminaba el tenebroso y horrible futuro, y le libraba de una completa desesperación.
Pero el plan de redención tenía un propósito todavía más amplio y profundo que el de salvar al hombre. Cristo no vino a la tierra sólo por este motivo; no vino meramente para que los habitantes de este pequeño mundo acatasen la ley de Dios como debe ser acatada; sino que vino para vindicar el carácter de Dios ante el universo. A este resultado de su gran sacrificio, a su influencia sobre los seres de otros mundos, así como sobre el hombre, se refirió el Salvador cuando poco antes de su crucifixión dijo: "Ahora es el juicio de este mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo." (Juan 12: 31, 32.) El acto de Cristo de morir por la salvación del hombre, no sólo haría accesible el cielo para los hombres, sino que ante todo el universo justificaría a Dios y a su Hijo en su trato con la rebelión de Satanás. Demostraría la perpetuidad de la ley de Dios, y revelaría la naturaleza y las consecuencias del pecado.
Desde el principio, el gran conflicto giró en derredor de la ley de Dios. Satanás había procurado probar que Dios era injusto, que su ley era defectuosa, y que el bien del universo, requería que fuese cambiada. Al atacar la ley, procuró derribar la autoridad de su Autor. En el curso del conflicto habría de demostrarse si los estatutos divinos eran defectuosos y sujetos a cambio, o perfectos e inmutables.
Cuando Satanás fue expulsado del cielo, decidió hacer de la tierra su reino. Cuando sedujo y venció a Adán y a Eva, pensó que había conquistado la posesión de este mundo; "porque me han escogido como su soberano," dijo él, Alegaba que era imposible que se otorgase perdón al pecador; que por lo tanto los miembros del género humano caído eran 56 legítimamente sus súbditos y el mundo era suyo. Pero Dios dio a su propio amado Hijo, que era igual a él, para que sufriese la pena de la transgresión y proveyó así un camino mediante el cual ellos pudiesen ser devueltos a su favor y a su hogar edénico. Cristo emprendió la tarea de redimir al hombre y de rescatar al mundo de las garras de Satanás. El gran conflicto que principió en el cielo iba a ser decidido en el mismo mundo, en el terreno que Satanás reclamaba como suyo.
El universo entero se maravilló al ver que Cristo debía humillarse a sí mismo para salvar al hombre caído. El hecho de que Aquel que había pasado de una estrella a otra, de un mundo a otro, dirigiéndolo todo, satisfaciendo, mediante su providencia, las necesidades de todo orden de seres de su enorme creación, consintiese en dejar su gloria para tomar sobre si la naturaleza humana, era un misterio que todas las inmaculadas inteligencias de los otros mundos deseaban entender.
Cuando Cristo vino a nuestro mundo en forma humana todos estaban interesados en seguirle mientras recorría paso a paso su sendero salpicado de sangre desde el pesebre hasta el Calvario. El cielo notó las afrentas y las burlas que él recibía, y supo que todo era instigado por Satanás. Presenció la obra de dos fuerzas contrarias: Satanás arrojando constantemente tinieblas, angustia y sufrimientos sobre la raza humana, y Cristo oponiéndosele. Observó la batalla entre la luz y las tinieblas a medida que se reñía con más ardor. Cuando Cristo exclamó en la cruz en su expirante agonía: "Consumado es," un grito de triunfo resonó a través de todos los mundos, y a través del mismo cielo.
Finalmente se había decidido la gran contienda que tanto había durado en este mundo, y Cristo era el vencedor. Su muerte había contestado la pregunta de si el Padre y el Hijo tenían suficiente amor hacia el hombre para obrar con tal abnegación y espíritu de sacrificio. Satanás había revelado su 57 verdadero carácter de mentiroso y asesino. Se vio que si se le hubiese permitido dominar a los habitantes del cielo hubiera manifestado el mismo espíritu con el cual había gobernado a los hijos de los hombres que estuvieron bajo su potestad. Como con una sola voz, el universo leal se unió para ensalzar la administración divina.
Si se hubiera podido cambiar la ley, el hombre habría sido salvado sin necesidad del sacrificio de Cristo; pero el hecho de que fuese necesario que Cristo diera su vida por la raza caída prueba que la ley de Dios no exonerará al pecador de sus demandas. Está demostrado que la paga del pecado es la muerte. Cuando murió Cristo, quedó asegurada la destrucción de Satanás. Pero si la ley hubiera sido abolida en la cruz, como muchos aseveran, entonces el amado Hijo de Dios hubiera sufrido la agonía y la muerte sólo para dar a Satanás lo que pedía; entonces el príncipe del mal habría triunfado; y sus acusaciones contra el gobierno divino hubieran quedado probadas. Pero el mismo hecho de que Cristo sufrió la pena de la transgresión del hombre, es para todos los seres creados un poderoso argumento en prueba de que la ley es inmutable; que Dios es justo, misericordioso y abnegado; y que la justicia y la misericordia más infinitas se entrelazan en la administración de su gobierno. 58

5. Caín y Abel Probados

CAÍN y Abel, los hijos de Adán, eran muy distintos en carácter. Abel poseía un espíritu de lealtad hacia Dios; veía justicia y misericordia en el trato del Creador hacia la raza caída, y aceptaba agradecido la esperanza de la redención. Pero Caín abrigaba sentimientos de rebelión y murmuraba contra Dios, a causa de la maldición pronunciada sobre la tierra y sobre la raza humana por el pecado de Adán. Permitió que su mente se encauzara en la misma dirección que los pensamientos que hicieron caer a Satanás, quien había alentado el deseo de ensalzarse y puesto en tela de juicio la justicia y autoridad divinas.
Estos hermanos fueron probados, como lo había sido Adán antes que ellos, para comprobar si habrían de creer y obedecer las palabras de Dios. Conocían el medio provisto para salvar al hombre, y entendían el sistema de ofrendas que Dios había ordenado. Sabían que mediante esas ofrendas podían expresar su fe en el Salvador a quien éstas representaban, y al mismo tiempo reconocer su completa dependencia de él para obtener perdón; y sabían que sometiéndose así al plan divino para su redención, demostraban su obediencia a la voluntad de Dios. Sin derramamiento de sangre no podía haber perdón del pecado; y ellos habían de mostrar su fe en la sangre de Cristo como la expiación prometida ofreciendo en sacrificio las primicias del ganado. Además de esto, debían presentar al Señor los primeros frutos de la tierra, como ofrenda de agradecimiento.
Los dos hermanos levantaron altares semejantes, y cada uno de ellos trajo una ofrenda. Abel presentó un sacrificio de su ganado, conforme a las instrucciones del Señor. "Y miró 59 Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda."(Gén. 4: 4.) Descendió fuego del cielo y consumió la víctima. Pero Caín, desobedeciendo el directo y expreso mandamiento del Señor, presentó sólo una ofrenda de frutos. No hubo señal del cielo de que este sacrificio fuera aceptado. Abel rogó a su hermano que se acercase a Dios en la forma que él había ordenado; pero sus súplicas crearon en Caín mayor obstinación para seguir su propia voluntad. Como era el mayor, no le parecía propio que le amonestase su hermano, y desdeñó su consejo.
Caín se presentó a Dios con murmuración e incredulidad en el corazón tocante al sacrificio prometido y a la necesidad de las ofrendas expiatorias. Su ofrenda no expresó arrepentimiento del pecado. Creía, como muchos creen ahora, que seguir exactamente el plan indicado por Dios y confiar enteramente en el sacrificio del Salvador prometido para obtener salvación, sería una muestra de debilidad. Prefirió depender de si mismo. Se presentó confiando en sus propios méritos. No traería el cordero para mezclar su sangre con su ofrenda, sino que presentaría sus frutos, el producto de su trabajo. Presentó su ofrenda como un favor que hacía a Dios, para conseguir la aprobación divina. Caín obedeció al construir el altar, obedeció al traer una ofrenda; pero rindió una obediencia sólo parcial. Omitió lo esencial, el reconocimiento de que necesitaba un Salvador.
En lo que se refiere al nacimiento y a la educación religiosa, estos hermanos eran iguales. Ambos eran pecadores, y ambos reconocían que Dios demandaba reverencia y adoración. En su apariencia exterior, su religión era la misma hasta cierto punto; pero más allá de esto, la diferencia entre los dos era grande.
"Por la fe Abel ofreció a Dios mayor sacrificio que Caín." (Heb. 11: 4.) Abel comprendía los grandes principios de la redención. Veía que era pecador, y que el pecado y su pena de muerte se interponían entre su alma y la comunión con Dios. Trajo la víctima inmolada, la vida sacrificada, y así 60 reconoció las demandas de la ley que había sido quebrantada. En la sangre derramada contempló el futuro sacrificio, a Cristo muriendo en la cruz del Calvario; y al confiar en la expiación que iba a realizarse allí, obtuvo testimonio de que era justo, y de que su ofrenda había sido aceptada.
Caín tuvo la misma oportunidad que Abel para aprender y aceptar estas verdades. No fue víctima de un propósito arbitrario. No fue elegido un hermano para ser aceptado y el otro para ser desechado. Abel eligió la fe y la obediencia; Caín, en cambio, escogió la incredulidad y la rebelión. Todo dependió de esta elección.
Caín y Abel representan dos clases de personas que existirán en el mundo hasta el fin del tiempo. Una clase se acoge al sacrificio indicado; la otra se aventura a depender de sus propios méritos; el sacrificio de éstos no posee la virtud de la divina intervención y, por lo tanto, no puede llevar al hombre al favor de Dios. Sólo por los méritos de Jesús son perdonadas nuestras transgresiones. Los que creen que no necesitan la sangre de Cristo, y que pueden obtener el favor de Dios por sus propias obras sin que medie la divina gracia, están cometiendo el mismo error que Caín. Si no aceptan la sangre purificadora, están bajo condenación. No hay otro medio por el cual puedan ser librados del dominio del pecado.
La clase de adoradores que sigue el ejemplo de Caín abarca la mayor parte del mundo; pues casi todas las religiones falsas se basan en el mismo principio, a saber que el hombre puede depender de sus propios esfuerzos para salvarse. Afirman algunos que la humanidad no necesita redención, sino desarrollo, y que ella puede refinarse, elevarse y regenerarse por sí misma. Como Caín pensó lograr el favor divino mediante una ofrenda que carecía de la sangre del sacrificio, así obran los que esperan elevar a la humanidad a la altura del ideal divino sin valerse del sacrificio expiatorio. La historia de Caín demuestra cuál será el resultado de esta teoría. Demuestra lo que será el hombre sin Cristo. La humanidad no tiene 61 poder para regenerarse a sí misma. No tiende a subir hacia lo divino, sino a descender hacia lo satánico. Cristo es nuestra única esperanza. "En ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos." (Hech. 4: 12).
La verdadera fe, que descansa plenamente en Cristo, se manifestará mediante la obediencia a todos los requerimientos de Dios. Desde los días de Adán hasta el presente, el motivo del gran conflicto ha sido la obediencia a la ley de Dios. En todo tiempo hubo individuos que pretendían el favor de Dios, aun cuando menospreciaban algunos de sus mandamientos. Pero las Escrituras declaran "que la fe fue perfecta por las obras," y que sin las obras de la obediencia, la fe "es muerta." "El que dice, Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él." (Sant. 2: 22, 17; 1 Juan 2:4.)
Cuando Caín vio que su ofrenda era desechada, se enfureció contra el Señor y contra Abel; se disgustó porque Dios no aceptaba el sacrificio con que el hombre substituía al que había sido ordenado divinamente, y se disgustó con su hermano porque éste había decidido obedecer a Dios en vez de unírsele en la rebelión contra él. A pesar de que Caín despreció el divino mandamiento, Dios no le abandonó a sus propias fuerzas; sino que condescendió en razonar con el hombre que se había mostrado tan obstinado. Y el Señor dijo a Caín"¿Por qué te has ensañado, y por qué se ha inmutado tu rostro?" Por medio de un ángel se le hizo llegar la divina amonestación: "Si bien hicieres, ¿no serás ensalzado? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta." (Gén, 4: 6, 7.) Tocaba a Caín escoger. Si confiaba en los méritos del Salvador prometido, y obedecía los requerimientos de Dios, gozaría su favor. Pero si persistía en su incredulidad y transgresión, no tendría fundamento para quejarse al ser rechazado por el Señor.
Pero en lugar de reconocer su pecado, Caín siguió quejándose 62 de la injusticia de Dios, y abrigando envidia y odio contra Abel. Censuró violentamente a su hermano y trató de arrastrarlo a una disputa acerca del trato de Dios con ellos. Con mansedumbre, pero valiente y firmemente, Abel defendió la justicia y la bondad de Dios. Indicó a Caín su error, y trató de convencerle de que el mal estaba en él. Le recordó la infinita misericordia de Dios al perdonar la vida a sus padres cuando pudo haberlos castigado con la muerte instantánea, e insistió en que Dios realmente los amaba, pues de otra manera no entregaría a su Hijo, santo e inocente, para que sufriera el castigo que ellos merecían. Todo esto aumentó la ira de Caín. La razón y la conciencia le decían que Abel estaba en lo cierto; pero se enfurecía al ver que quien solía aceptar su consejo osaba ahora disentir con él, y al ver que no lograba despertar simpatía hacia su rebelión. En la furia de su pasión, dio muerte a su hermano.
Caín odio y mató a su hermano, no porque Abel le hubiese causado algún mal, sino "porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas." (1 Juan 3: 12.) Asimismo odiaron los impíos en todo tiempo a los que eran mejores que ellos. La vida de obediencia de Abel y su fe pronta para responder eran un perpetuo reproche para Caín. "Todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, porque sus obras no sean redargüídas." (Juan 3: 20.) Cuanto más clara sea la luz celestial reflejada por el carácter de los fieles siervos de Dios, tanto más a lo vivo quedan revelados los pecados de los impíos, y tanto más firmes serán los esfuerzos que harán por destruir a los que turban su paz.
La muerte de Abel fue el primer ejemplo de la enemistad que Dios predijo que existiría entre la serpiente y la simiente de la mujer; entre Satanás y sus súbditos, y Cristo y sus seguidores. Mediante el pecado del hombre, Satanás había obtenido el dominio de la raza humana, pero Cristo habilitaría al hombre para librarse de su yugo. Siempre que por la fe en el Cordero de Dios, un alma renuncie a servir al 63 pecado, se enciende la ira de Satanás. La vida santa de Abel desmentía el aserto de Satanás de que es imposible para el hombre guardar la ley de Dios.
Cuando Caín, movido por el espíritu malo, vio que no podía dominar a Abel, se enfureció tanto que le quitó la vida. Y dondequiera haya quienes se levanten para vindicar la justicia de la ley de Dios, el mismo espíritu se manifestará contra ellos. Es el espíritu que a través de las edades ha levantado la estaca y encendido la hoguera para los discípulos de Cristo. Pero las crueldades perpetradas contra ellos son instigadas por Satanás y su hueste porque no pueden obligarlos a que se sometan a su dominio. Es la ira de un enemigo vencido. Todo mártir de Jesús murió vencedor. El profeta dice: "Ellos le han vencido ["la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás"] por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio; y no han amado sus vidas hasta la muerte."(Apoc. 12: 11, 9.)
El fratricida Caín tuvo pronto que rendir cuenta por su delito. "Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé; ¿soy yo guarda de mi hermano?" Caín se había envilecido tanto en el pecado que había perdido la noción de la continua presencia de Dios y de su grandeza y omnisciencia. Así, recurrió a la mentira para ocultar su culpa.
Nuevamente el Señor dijo a Caín: "¿Que has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra." Dios había dado a Caín una oportunidad para que confesara su pecado. Había tenido tiempo para reflexionar. Conocía la enormidad de la acción que había cometido y de la mentira de que se había valido para esconder su crimen; pero seguía aún en su rebeldía, y la sentencia no se hizo esperar. La voz divina que antes se había oído en tono de súplica y amonestación pronunció las terribles palabras: "Ahora pues, maldito seas tú de la tierra que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano de tu mano: Cuando labrares la tierra, no te 64 volverá a dar su fuerza: errante y extranjero serás en la tierra." (Gén. 4: 9- 12.)
Aunque Caín merecía la sentencia de muerte por sus crímenes, el misericordioso Creador le perdonó la vida y le dio oportunidad para arrepentirse. Pero Caín vivió sólo para endurecer su corazón, para alentar la rebelión contra la divina autoridad, y para convertirse en jefe de un linaje de osados y réprobos pecadores. Este apóstata, dirigido por Satanás, llegó a ser un tentador para otros; y su ejemplo e influencia hicieron sentir su fuerza desmoralizadora, hasta que la tierra llegó a estar tan corrompida y llena de violencia que fue necesario destruirla.
Al perdonar la vida al primer asesino, Dios dio al universo entero una lección concerniente al gran conflicto. La sombría historia de Caín y sus descendientes demostró cuál hubiera sido el resultado si se hubiera permitido que el pecador viviera para siempre, y continuara en su rebelión contra Dios. La paciencia de Dios sólo inducía a los impíos a ser mas osados y provocadores en su iniquidad.
Quince siglos después de dictarse la sentencia contra Caín el universo vio cómo fructificaban su influencia y su ejemplo en el crimen y la corrupción que inundaron la tierra. Se puso en claro que la sentencia de muerte pronunciada contra la raza caída por la transgresión de la ley de Dios, era a la vez justa y misericordioso. Cuanto más tiempo vivían los hombres en el pecado, tanto más réprobos se tornaban. La sentencia divina que acortaba una carrera de iniquidad desenfrenada, y que libertaba al mundo de la influencia de los que se habían endurecido en la rebelión, fue una bendición más bien que una maldición.
Satanás obra constantemente, con intensa energía y bajo miles de disfraces, para desfigurar el carácter y el gobierno de Dios. Con planes abarcantes y bien organizados y con maravilloso poder, trabaja por mantener engañados a los habitantes del mundo. Dios, el Ser infinito y omnisciente, se ve 65 el fin desde el principio, y al hacer frente al mal trazó planes extensos y de gran alcance. Se propuso no sólo aplastar la rebelión, sino también demostrar a todo el universo la naturaleza de ésta. El plan de Dios se iba desarrollando y a la vez que revelaba su justicia y su misericordia, vindicaba plenamente su sabiduría y equidad en su trato con el mal.
Los santos habitantes de los otros mundos observaban con profundo interés los acontecimientos que ocurrían en la tierra. En las condiciones que prevalecieron en el mundo antediluviano vieron ilustradas las consecuencias de la administración que Lucifer había tratado de establecer en el cielo, al rechazar la autoridad de Cristo y al desechar la ley de Dios. En aquellos despóticos pecadores antediluvianos veían los súbditos sobre los cuales Satanás ejercía dominio. "Todo designio de los pensamientos del corazón de ello! era de continuo solamente el mal." (Gén. 6:5). Toda emoción, todo impulso y toda imaginación estaban en pugna con los divinos principios de pureza, paz y amor. Era un ejemplo de la terrible depravación resultante del procedimiento seguido por Satanás para quitar a las criaturas de Dios la restricción de su santa ley.
Mediante el desarrollo del gran conflicto, Dios demostrará los principios de su gobierno, los cuales han sido falseados por Satanás y por todos los que él ha engañado. La justicia de Dios será finalmente reconocida por todo el mundo, aunque tal reconocimiento se hará demasiado tarde para salvar a los rebeldes. Dios tiene la simpatía y la aprobación del universo entero a medida que paso a paso su plan progresa hacia su pleno cumplimiento. El lo cumplirá hasta la final extirpación de la rebelión. Se verá que todos los que desecharon los divinos preceptos se colocaron del lado de Satanás en guerra contra Cristo. Cuando el príncipe de este mundo sea juzgado, y todos los que se unieron con él compartan su destino, el universo entero testificará así acerca de la sentencia: "Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos." (Apoc. 15: 3.) 66